Tras el pasaje de la Epístola a los Filipenses que meditamos ayer, el Apóstol Pablo pasa a hablar con gran afecto de su colaborador Timoteo, a quien considera como un hijo en Cristo y a quien desea enviar a la comunidad de Filipos. Llama la atención la calidez de estos versículos (Fil 2,19-22), en los que se nos revela mucho del corazón del Apóstol. También tiene la intención de enviar a Epafrodito, que estuvo a punto de morir por el Evangelio. Sin embargo, se recuperó para alegría y consuelo de todos (vv. 25-27). En varios pasajes de la Epístola se percibe el anhelo de Pablo de visitar personalmente a la comunidad de Filipos (Fil 1,27; 4,1). «Confío en el Señor, que yo mismo pueda ir pronto» (Fil 2,24).
A continuación, el Apóstol vuelve a abordar algunos puntos para ayudar a la joven comunidad en su camino. En esta ocasión, se trata, en primer lugar, de una advertencia:
