La sencillez del discípulo

Lc 9,1-6

En aquel tiempo, Jesús convocó a los Doce y les dio autoridad y poder sobre todos los demonios, así como para curar dolencias. Después los envió a proclamar el Reino de Dios y a curar, pero antes les dijo: “No toméis nada para el camino: ni bastón, ni alforja, ni pan, ni plata; ni tengáis dos túnicas cada uno. Cuando entréis en una casa, quedaos en ella hasta que os marchéis de allí. Y si algunos no os acogen, salid de aquel pueblo y sacudid el polvo de vuestros pies como testimonio contra ellos.” Partieron, pues, y recorrieron los pueblos anunciando la Buena Nueva y curando por todas partes.

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“¡NO DESPRECIÉIS MI AMOR!”

«¡Convertíos antes de que sea demasiado tarde! ¡No despreciéis mi amor! Éste retiene mi ira» (Palabra interior).

Es cierto que, al meditar sobre el amor de nuestro Padre, podemos descubrir su misericordia en tal medida que nos resulte difícil imaginar que haya personas que no se dejen atrapar por la red de amor que el Hijo de Dios ha extendido sobre la Tierra. Sin embargo, esta certeza no debe llevarnos a una actitud frívola o ligera en nuestra relación con Dios.

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