“NO PRESUMAS DE SABIO” 

«No presumas de sabio, teme al Señor y evita el mal» (Prov 3,7).

¡Qué insensatez presumir de los propios dones y creerse superior a los demás a causa de ellos! ¿Acaso hay algo que no hayamos recibido de nuestro Padre? Incluso si hemos contribuido a desarrollar los dones mediante nuestro esfuerzo y el estudio, al fin y al cabo, todo nos ha sido dado por Dios.

Se trata de una constatación sencilla, pero decisiva para la actitud básica de nuestra vida. Si sabemos que todo se lo debemos a Dios y se lo atribuimos como corresponde, entonces la sabiduría divina encuentra cabida en nuestra alma. La gloria y la alabanza de Dios han de ocupar el primer lugar. Por ello, evitaremos cuidadosamente ponernos a nosotros mismos en primer plano y mirarnos con vanidad.

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Si queremos conocer qué clase de obras heroicas puede llevar a cabo una persona impulsada por la gracia de Dios, basta con profundizar en la vida de los santos. Una y otra vez descubriremos que el amor de Dios los hizo capaces de amar de una manera que supera con creces nuestra capacidad humana.

Nos encontramos con un fuego de amor a Dios y al prójimo que sigue ardiendo hasta hoy y que permanece vivo en la memoria de la Iglesia. Aquellas personas que, en su lucha por la santidad, han ardido tanto como el santo que celebramos hoy, siempre están dispuestas a ayudarnos a recorrer nuestro camino de seguimiento de Cristo de la mejor manera posible. Su fervor y su espíritu de sacrificio, que a veces pueden hacernos sentir avergonzados, llaman a la puerta de nuestro corazón y nos llevan a cuestionarnos si estamos dispuestos a imitar lo suficiente al Señor para convertirnos nosotros mismos en testigos de su amor inefable, cada uno según la vocación que Dios le ha confiado.

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