Lc 1,46-55
«Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador, porque ha mirado la humillación de su esclava. Desde ahora me felicitarán todas las generaciones porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí. Su nombre es Santo y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación. Él hace proezas con su brazo, dispersa a los soberbios de corazón. Derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes. A los hambrientos los colma de bienes y a los ricos despide vacíos. Auxilia a Israel su siervo, acordándose de su santa alianza según lo había prometido a nuestros padres en favor de Abrahán y su descendencia por siempre.»
Este maravilloso cántico de alabanza nos fue concedido por el Espíritu Santo a través de los labios de aquella mujer que dio a luz al Redentor de la humanidad. Fue pronunciado por la Virgen cuando visitó a su prima Isabel, quien la recibió con gran amor y reverencia, como reflexionamos en la meditación de ayer.
¿Podría haber una respuesta más hermosa a las palabras que le dirigió Isabel: «Bienaventurada tú, que has creído, porque se cumplirán las cosas que se te han dicho de parte del Señor» (Lc 1,45)?
La alegría y el júbilo de Isabel por la visita de María desembocan en el cántico de alabanza de la Virgen, en el que se expresa todo su regocijo por Dios y su gratitud por haberse fijado en ella y elegirla.
De hecho, comienza el Magnificat expresando su alegría por Dios. Ha hecho obras grandes el Dios todopoderoso y santo. Ha cumplido sus promesas enviando al Salvador de Israel y de toda la humanidad. Ella, que se considera a sí misma como su esclava (Lc 1,38), ha sido elegida para traerlo al mundo.
El camino que Dios escogió para rescatar a los hombres sigue siendo motivo de asombro para María, para los ángeles, para los santos, para todos los fieles… Nadie habría podido imaginar que el Santo mismo vendría a este mundo y se haría hombre, tomando carne en una madre humana. Pero así fue, y la Virgen María predice que será llamada bienaventurada por todas las generaciones.
Su profecía se cumplió: por todo el orbe de la Tierra resuenan las alabanzas a María, y con qué ternura la aman sus incontables hijos. Al pronunciar el nombre de la Madre de Dios con reverencia y amor, se dibuja una sonrisa comprensiva en el rostro de quienes la conocen. Es la Madre de Jesús y de todos aquellos que le siguen.
El Poderoso ha hecho obras grandes por ella; su Nombre es santo y debe ser santificado en toda la tierra. Precisamente su designio para con ella, que hace resplandecer con claridad el tierno amor del Padre celestial hacia sus criaturas, debe invitar a todos los hombres a unirse al cántico de alabanza de María. La misericordia de Dios se ha hecho patente. Nunca se ha extinguido, sino que ha brillado continuamente sobre la vida de los hombres como un sol de esperanza, incluso cuando esta parecía perdida. La venida de Jesús al mundo manifiesta de forma única la clemencia divina.
El cántico de María nos recuerda las grandes obras del Señor y nos muestra una jerarquía santa. No son los soberbios ni los que se creen poderosos quienes son reconocidos ante Dios. Esto se aplica tanto a los ángeles caídos como a las personas de corazón presuntuoso. Estos oscurecen la gloria de Dios y pretenden erigir su propio reino. Sin embargo, no pueden resistir ante el Señor. Todos los hombres están llamados a la conversión. ¡Grande es aquel que ama! ¡Grande es aquel que sirve! ¡Grande es aquel que imita al Hijo de Dios, que se humilló a sí mismo! Así nos lo enseña el propio Jesús (cf. Mt 20,26).
A los humildes, en cambio, Dios los enaltece. Se compadece especialmente de los desfavorecidos y les manifiesta así su bondad paternal. A los hambrientos los colma de bienes. Sin duda, esta afirmación incluye también a quienes tienen hambre y sed del Reino de Dios y de su justicia (cf. Mt 5,6). Si los ricos no comparten ni ayudan a los necesitados, no serán bendecidos por el Señor ni podrán acoger la plenitud de su gracia. La riqueza les ha cegado y su vida puede quedar encerrada como en una prisión. Quizá se crean autosuficientes y, de este modo, corren el peligro de desaprovechar la hora de la gracia.
El cántico de alabanza de María concluye como es propio de la oración de una mujer judía que ha reconocido al Señor. Ella es consciente de que, con el Hijo que lleva en su vientre, se ha cumplido la promesa de Dios al Pueblo de Israel. Es el mismo Dios que se reveló a sus antepasados. Toda la historia salvífica de Israel tenía como punto culminante la venida del Mesías, ¡y ahora estaba ahí, ahora era la hora de la gracia! El tiempo de espera ha llegado a su fin y es hora de anunciarlo a todos los pueblos. El Hijo de María ha venido a su pueblo, que deberá llevar el mensaje de salvación hasta los confines de la tierra. Serán los hijos de su pueblo quienes lo inicien. Y, en efecto, ¡así sucedió!
Pero seguimos esperando y orando para que muchos más hijos de Israel se encuentren con su Señor y Mesías, pues la hora de la gracia sigue vigente para toda la humanidad. Sin duda, este es el mayor deseo de las dos santas mujeres sobre las que hemos meditado ayer y hoy, así como el de todos los que seguimos al Hijo de Dios. ¡Hagamos lo que nos corresponda para que este deseo se haga realidad!
