LA SITUACIÓN ACTUAL DE LA IGLESIA: ¿QUÉ HACER?

Mi nombre es Elías. Durante algunas décadas estuve a cargo de la Comunidad Agnus Dei (que hasta el día de hoy sigo asesorando). Desde hace algunos años, llevo una vida más retirada, pero sigo acompañando como consejero a una familia espiritual que se vuelve cada vez más numerosa.  Puesto que mi gran deseo es ayudar a los fieles a profundizar su relación con Dios y a aquellos que aún están en busca de Dios a reconocer al Salvador, he producido a lo largo de los años una serie de conferencias, meditaciones bíblicas y otras reflexiones, tanto orales como escritas. En el apéndice de esta conferencia, señalaré los enlaces correspondientes.

En todos mis pronunciamientos, me baso en el gran tesoro de la auténtica doctrina de la Iglesia, que es una guía segura, también para la interpretación correcta de la Sagrada Escritura. Esta conferencia se dirige primordialmente a los fieles católicos, y presupone un cierto conocimiento sobre la situación actual de la Iglesia.

Me han pedido dar una charla a un grupo de fieles sobre cómo afrontar estos tiempos difíciles, que podemos llamar apocalípticos.

 

La situación dolorosa de la Iglesia Católica en estos tiempos

La situación que está atravesando actualmente nuestra Iglesia es sumamente difícil. No es que en épocas anteriores todo haya sido color de rosa. No pocos capítulos en la historia de la Iglesia estuvieron marcados por tragedias, discordias, divisiones y contradicciones. Hubo Papas indignos, clérigos infieles, etc. Pero una y otra vez Dios suscitó santos, que se opusieron a la mundanización que veían en la Iglesia. De esta manera, el Señor ha preservado a su Iglesia hasta el día de hoy. Así será también en el futuro, porque Jesús mismo nos aseguró que “las puertas del infierno no prevalecerán contra la Iglesia” (Mt 16,18). Podemos cimentar nuestra seguridad sobre esta promesa, pues la palabra del Señor no falla: “El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán.” (Mt 24,35).

Por eso, es importante que nosotros, los fieles, interioricemos la frecuente exhortación de Jesús: “No tengáis miedo” (cf. Jn 6,20). En efecto, el miedo es un mal consejero. Se deja impactar demasiado por las amenazas del mal y se olvida de que Dios está presente en toda situación, siendo el Señor de la historia. Nunca debemos olvidar que Dios se vale de todo para el bien de los que lo aman (cf. Rom 8,28).

Sin embargo, por muy importante que sea refrenar y superar el miedo, es aún más importante permanecer vigilantes. Cualquier relativización de la gravedad de la situación actual de la Iglesia, comparándola con épocas pasadas, es igual de engañosa que aquellas posturas que quieren llevarnos a la desesperación y al pánico.

El hecho de que el Señor proteja a su Iglesia no significa que las “puertas del infierno” y Satanás mismo no intenten penetrar en ella.

Entonces, ¿qué es lo que, con justa razón, preocupa a los fieles? ¿Qué hay de grave en la situación actual de la Iglesia?

La gran preocupación de los fieles –que es justificada– es el estado de la actual jerarquía eclesiástica. El rumbo emprendido desde el año 2013 por el actual Pontífice, Francisco, contradice de forma muy significativa el camino precedente de la Iglesia, su Tradición. Al creer él que está siguiendo la guía del Espíritu Santo, evidentemente no se da cuenta de que un “espíritu distinto” está influyendo en la Iglesia y, por tanto, también en él mismo.

Las consecuencias son devastadoras: la Iglesia está siendo debilitada desde dentro, los sacrilegios están proliferando, el Evangelio a menudo no está siendo anunciado con autoridad, el celo por las almas está disminuyendo. En pocas palabras, la Iglesia se está adaptando cada vez más al espíritu del mundo. Y resulta que en el mundo están difundiéndose cada vez más las tendencias anticristianas. Por tanto, al adaptarse al mundo, la Iglesia está permitiendo que penetren en ella estas tendencias anticristianas. Esto es lo que, por desgracia, ha sucedido ya.

Así, queda claro dónde radica principalmente el problema: en lugar de que aquellos que fueron designados por Dios como pastores de la Iglesia hagan translucir la guía del Espíritu Santo, dando orientación a los fieles y conduciéndolos por el camino seguro, surge confusión, desorientación e incluso elementos destructivos. Los fieles están siendo guiados por el camino equivocado. Y esto no puede ser fruto del Espíritu Santo, sino un indicio de Lucifer, que, con su espíritu de engaño, hace pasar las tinieblas por luz y la luz por tinieblas.

Las cinco heridas de la Iglesia

Cinco heridas profundas le han sido infligidas a la Iglesia. Las señalaré brevemente a continuación, pero les invito a escuchar la serie de conferencias en la que abarqué con mayor detenimiento cada una de estas heridas (https://spiritustv.com/watch/conferencia-2-primera-herida-amoris-laetita_EaSfOKhSekEn3Yr.html):

  1. Amoris Laetitia.– Abrió las puertas para que también personas que no viven en estado de gracia puedan recibir la Santa Comunión. Además, esta exhortación postsinodal desvalorizó los sacramentos del matrimonio y de la penitencia.
  2. Declaración de Abu Dabi.– Pone al cristianismo con la unicidad de su mensaje divino y la salvación en Cristo a un mismo nivel con las otras religiones. Éste es un ataque central al mandato misionero que Jesús encomendó a la Iglesia.
  3. Culto a la Pachamama en los Jardines Vaticanos.– Una transgresión pública del Primer Mandamiento.
  4. La lucha contra la Tradición en el Motu Proprio “Traditionis Custodes”.– Éste representa un desprecio a la santa Tradición de la Iglesia y un ataque contra los católicos tradicionales, que son tachados de retrógrados. Al mismo tiempo, es una anulación de los esfuerzos del Papa Benedicto XVI en pro de una reconciliación en el ámbito litúrgico. Este Motu Proprio impuso drásticas restricciones a los sacerdotes para celebrar la Misa Tradicional.
  5. Cooperación servil con los gobiernos.– Durante la crisis del Covid, gran parte de la jerarquía dio una justificación religiosa a las medidas gubernamentales que privaban de su libertad a los ciudadanos e intervenían en su vida y salud. Se promocionó una inyección muy cuestionable a nivel moral, injustificable para algunos fieles; una “vacuna” que a menudo fue perjudicial para la salud y que no había sido suficientemente examinada.

Estas cinco heridas no abarcan todos los puntos críticos del actual Pontificado. Por desgracia, podrían enumerarse muchos más.

Así, pues, los fieles se ven cada vez más confrontados a una decisión: o bien seguir el rumbo del Pontificado actual, o bien permanecer fieles a la Tradición. Es una decisión difícil pero ineludible, porque el rumbo equivocado emprendido por la jerarquía no está siendo corregido. Antes bien, parece ser que el cisma, que es ya una realidad en el interior de la Iglesia, se volverá aún más visible y tangible con el Sínodo de la Sinodalidad, que comenzará en Roma el próximo 4 de octubre.

Para los católicos es difícil dejar de obedecer las directrices del Papa y de los obispos. Sin embargo, la obediencia a la verdad está por encima de esta lealtad. San Pablo escribe a los Gálatas: “Aunque nosotros mismos o un ángel del cielo os anunciásemos un evangelio diferente del que os hemos predicado, ¡sea anatema!” (Gal 1,8).

Por tanto, si hemos llegado a la conclusión de que la cabeza de la Iglesia ha emprendido un camino equivocado y la mayoría de obispos y sacerdotes, así como muchos laicos, le siguen, nos encontramos de repente en una situación de lo más precaria. La obediencia se convertiría en complicidad y se vería despojada de su sentido más profundo. Por tanto, hay que buscar otros caminos.

Gracias a Dios, se han alzado algunas voces fidedignas dentro de la jerarquía eclesiástica para advertir del próximo Sínodo. En los últimos meses, fue sobre todo el obispo Joseph Strickland de Taylor (Texas) quien se posicionó claramente y fortaleció a los fieles al decirles que, si uno permanece fiel a la doctrina de la Iglesia, no es cismático. También el obispo auxiliar Athanasius Schneider de Astaná (Kazajistán) se ha ganado muchos méritos al advertir una y otra vez contra las falsas doctrinas. El Cardenal Müller, ex Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, habló de este Sínodo como una “toma de poder hostil”, y el recientemente fallecido Cardenal Pell lo llamó una “pesadilla tóxica”.

Si la jerarquía eclesiástica no da orientación, ¿quién lo hará?

Se plantea ahora la cuestión de qué deben hacer los fieles y cómo pueden equiparse para afrontar de manera adecuada los tiempos venideros, sin estar simplemente indefensos, a merced de los acontecimientos.

Lo trágico en esta situación es que no se puede esperar recibir orientación de las cabezas de la Iglesia sobre cómo hacer frente al espíritu anticristiano que se extiende en el mundo. ¡Todo lo contrario! Puesto que se ha perdido el espíritu de discernimiento, no se pueden dar las advertencias oportunas ni las orientaciones necesarias.

El peligro de la proliferación descontrolada de “mensajes proféticos”

En esta situación, existe el peligro de que, en nuestra búsqueda de orientación, recibamos de aquí y de allá todo tipo de pautas y advertencias sobre lo que aún sucederá en estos tiempos difíciles. Lamentablemente no hay una autoridad objetiva que discierna lo que hay de realista en estos mensajes, lo que viene de Dios, lo que está mezclado con elementos humanos, lo que es especulación, adivinación, fantasías de la persona en cuestión o incluso lo que procede del diablo.

En todo caso, hay algunos criterios básicos que pueden ayudarnos a discernir:

No debemos dejarnos dominar por todo tipo de temores. Esta es la forma en que el diablo y los dictadores ejercen su poder. Fácilmente podemos caer en esta actitud de ansiedad cuando escuchamos una noticia negativa tras otra, una profecía difícil tras otra, cuando nos imaginamos lo peor que podría suceder, cuando nos vemos envueltos por nubes oscuras, por así decir, y ya no podemos ver la luz del Señor. En tales circunstancias, tampoco seremos capaces de dar la respuesta adecuada a la situación de amenaza.

Sin duda vivimos en tiempos apocalípticos. Pero debemos aprender a afrontarlos con sobriedad y con la confianza puesta en Dios. Recordemos lo que Jesús dijo a sus discípulos tras haberles advertido de todo lo que acontecería al Final de los Tiempos: “Cuando comiencen a suceder estas cosas, erguíos y levantad la cabeza porque se aproxima vuestra redención” (Lc 21,28).

Caemos en confusión espiritual cuando nos sumergimos demasiado en imágenes de horror y noticias negativas. Si son mensajes auténticos, tienen sobre todo el objetivo de advertirnos para que estemos debidamente preparados y tomemos las medidas espirituales adecuadas.

Dios siempre mostrará una salida y fortalecerá a los suyos. Por tanto, es importante, ante todo, confiar en Dios y en su guía.

Otro criterio que hay que tener en cuenta en relación con los mensajes proféticos: aunque éstos sean veraces, los acontecimientos que predicen no necesariamente tienen que cumplirse exactamente como fueron anunciados. Esto se debe al hecho de que, gracias a la oración y la penitencia de los fieles, Dios puede exonerar a la humanidad de la calamidad anunciada, o al menos mitigarla. En las apariciones auténticas, se suele hacer énfasis en este aspecto. Esto muestra que no se trata de una especie de ley histórico-natural, que inevitablemente tiene que cumplirse; sino de una advertencia que nos llama a dar la respuesta correcta.

Sería un error limitarse a esperar pasivamente el cumplimiento de una profecía y, en caso de que anuncie un acontecimiento negativo, quedar paralizados por el temor. Si los hombres se convierten o si hacemos penitencia en representación por los pecados de otros, puede suceder algo similar a lo que ocurrió con la ciudad de Nínive.

La dimensión espiritual del combate

Hay que insistir en que la grave crisis actual es, ante todo, un combate espiritual. Si Lucifer es el maquinador detrás de las tendencias anticristianas en el mundo y en la Iglesia, si es él quien inspira y engaña a los que detentan el poder político y económico, si logra penetrar en la estructura jerárquica de nuestra Santa Iglesia, entonces hay que centrarse sobre todo en la dimensión del combate espiritual.

En el capítulo 6 de la Carta a los Efesios, San Pablo señala claramente que nos enfrentamos a principados y potestades; es decir, a los espíritus malignos, que hay que combatir con las armas correspondientes. Esto no significa que debamos “conocer las profundidades de Satanás” (Ap 2,24) para saber a detalle qué es lo que está tramando. Es relativamente fácil identificar los planes del maligno, porque siempre están cimentados en la perversión, la destrucción, la mentira y el engaño. Basta con saber lo esencial, pero nuestro enfoque debe estar puesto en Dios.

Por tanto, en estos tiempos de gran tribulación –que llegaron a más tardar con la crisis del Covid y la manera de afrontarlo a nivel global–, debemos profundizar nuestra fe con la mirada fija en Dios.

Para ello, serán provechosos los siguientes aspectos:

  • Oración y ayuno
  • Lectura frecuente de la Sagrada Escritura
  • El rezo del Santo Rosario
  • La adhesión firme a la doctrina auténtica de la Iglesia.
  • La recepción de los sacramentos (de ser posible, la participación en el Santo Sacrificio en el rito tradicional o, en caso de ser el Novus Ordo, que sea dignamente celebrado).
  • La oración del corazón
  • El anuncio de la fe
  • Formar grupos que quieran permanecer fieles a la Iglesia y se distancien claramente del Pontificado de Francisco.

Sin pasar por alto los peligros reales que nos acechan y la situación desoladora de la Iglesia, debemos afrontarlos con mucha serenidad y con fe.

Si nosotros, los fieles, no conservamos la calma, ¿cómo podremos ayudar y dar orientación a las personas en el mundo cuando lleguen nuevas plagas y la gente sea presa del pánico? Será entonces cuando nosotros tengamos que tenderles una mano y conducirles a nuestro Padre Celestial.

No hay duda de que estamos en una guerra, y esto puede generar miedo. Pero no debemos dejarnos dominar por el miedo; sino por la confianza en Aquél que tiene todo en sus manos y saldrá victorioso: Es el Cordero de Dios, a cuyo ejército estamos llamados a unirnos.

Lo importante es que comprendamos los puntos esenciales, que intentaré resumir a continuación como conclusión de esta conferencia:

  • Dios permite las plagas y la confusión en el mundo y en la Iglesia, a causa de los pecados de la humanidad.
  • Sólo mediante la conversión y la penitencia podrá cambiar la situación.
  • Nosotros, como cristianos, estamos llamados a ocupar el lugar que nos corresponde y luchar de forma correcta, con la confianza puesta en Dios.
  • Los aparentes triunfos del mal no son sino victorias pírricas, que, no obstante, traen mucho sufrimiento al mundo.
  • Gran parte de la jerarquía actual está desorientada. El Sumo Pontífice se deja guiar por una falsa luz y, por tanto, induce a error a la Iglesia y al mundo. De esta manera, se convierte en un falso profeta, al que no podemos seguir, así como tampoco a aquellos que cooperan con él y no se distancian claramente de su rumbo.
  • Corremos el peligro de que se establezca un gobierno global anticristiano, con la cooperación de una Iglesia apóstata.
  • Bajo falsos pretextos, se pretenderá ejercer un control cada vez mayor sobre la población mundial. Los “peligros para la salud”, el cambio climático y otros factores similares serán usados como pretextos para introducir un control global.

Nosotros, como fieles católicos, hemos de afrontar todo esto con la confianza firme en Dios y con la disposición a confesar nuestra fe y a actuar en esta situación según lo que ella nos pide.

Está surgiendo una “Iglesia en el desierto” (Ap 12), en la que los fieles deben refugiarse durante un tiempo bajo la protección de la Virgen María, para huir del “veneno del dragón” y permanecer fieles a la fe.

Dios seguirá guiándonos. Si no puede hacerlo a través de la jerarquía, encontrará otras maneras. ¡Él nunca abandona a su pueblo!

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Hno. Elías

13 de septiembre de 2023

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