“LA MUERTE PIERDE SU ESPANTO”   

«La muerte no infunde terror a un sincero servidor de Cristo, que se esfuerza por guiar a las almas hacia el conocimiento de la verdad» (Beato Ramón Llull).

A medida que nos acercamos a la gran meta de encontrarnos con el Señor en la hora de nuestra muerte, resulta muy reconfortante saber que hemos intentado sinceramente cumplir con nuestro trabajo en la viña del Señor. Apenas hay algo más importante que podamos hacer en la Tierra que ayudar a las personas a conocer a Dios y seguir sus caminos. Si lo hemos hecho, puede surgir en nosotros esa seguridad que se aprecia en san Pablo cuando afirma que le «está reservada la merecida corona» de la victoria (2Tim 4,8).

Entonces, la muerte deja de ser ese «gran desconocido» al que hay que temer y, por el contrario, se convierte en la puerta de entrada hacia la gloria y en una valiosa amonestación para que no decaigamos en nuestros esfuerzos por la salvación de las almas. Porque ¿quién, salvo Dios mismo, sabe cuánto tiempo nos queda aún en la Tierra?

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La salvación en la Cruz

Lc 9,43b-45

En aquel tiempo, todos estaban maravillados de las cosas que Jesús hacía. Dijo entonces a sus discípulos: “Escuchad atentamente estas palabras: el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres.” Pero ellos no entendían sus palabras; les estaba velado su significado, de modo que no las comprendían. Además tenían miedo de preguntarle acerca de este asunto.

A los discípulos les resultaba difícil entender lo que Jesús quería decir cuando hablaba de que será “entregado en manos de los hombres”. También hoy sigue siendo una de las difíciles lecciones espirituales comprender los motivos de Dios para permitir que su Hijo fuera entregado a la crueldad de los hombres.

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