El autoengaño (II)       

A partir de ayer, estamos reflexionando sobre un tema importante para la vida espiritual que nos ayudará a despertar por completo a la verdad, para que nuestro seguimiento de Cristo esté libre de ilusiones y nuestro testimonio brille con mayor intensidad en el mundo. No solo es importante poner en práctica estas enseñanzas para protegernos de los engaños relacionados con nosotros mismos, sino también para poder identificar y superar todo tipo de engaños con mayor facilidad.

El salmista exclama: «¿Quién se da cuenta de sus propios yerros? De las faltas ocultas límpiame.» (Sal 19,13). En varios pasajes del Nuevo Testamento, Jesús señala la ceguera de los fariseos y de los escribas (cf. Mt 23,13). Dios conoce el corazón del hombre y nada está escondido ante Él.

Para el seguimiento de Cristo, es sumamente importante estar dispuesto a conocerse a sí mismo a la luz de Dios y así entablar una relación más realista y sincera con Él. Ciertamente, a menudo evitamos la confrontación con nuestra realidad e incluso podemos tener miedo de reconocerla, pues tememos perder nuestra buena imagen y quedar en vergüenza. Pero estos miedos deben ser superados, pues Aquel ante quien nos encontramos es un Padre amoroso que no nos desprecia por nuestros errores y pecados, sino que quiere levantarnos e invitarnos a abandonarnos del todo a su misericordia.

Por tanto, no debemos tener miedo de reconocernos tal y como somos. ¡Al contrario! Lo que sí debe preocuparnos es que podamos vivir todavía en alguna forma de ceguera y autoengaño, y que no estemos dispuestos a dejar a un lado las ilusiones que hemos creado acerca de nuestra persona.

A continuación, escucharemos algunas palabras del P. Sladek, OSA:

«La gracia de Dios solo puede obrar con su poder sanador cuando el corazón se abre ante Él con sinceridad y confianza, confesándole toda la verdad sobre su propia pecaminosidad. Por eso, el amor misericordioso de Dios no puede desplegar su eficacia mientras el hombre minimice o justifique su culpa y pecaminosidad, aunque lo haga de forma inconsciente.

La verdadera conversión a Dios no se produce hasta que el hombre le entrega su corazón con todos sus anhelos y deseos, y hasta las profundidades inconscientes de su alma. Y aquí radica el inicio de la santificación.

Los santos, que han llevado la conversión hasta las profundidades de su alma y están bien conscientes de ello, glorifican a Dios en todo, pues saben que todo cuanto hay de bueno en ellos es un regalo de su bondad divina; mientras que sus debilidades y pecados, sean grandes o pequeños, indican lo que son y tienen por sí mismos. Así es como Santa Margarita María Alacoque pudo reconocer: “De mi maldad todo lo temo; pero de tu amor todo lo espero”. A la luz de estas verdades, vemos que la superación del autoengaño, que a su vez es el fundamento de la autojustificación, será el requisito previo para que nuestra vida y ministerio sean fecundos».

Para evitar el peligro del autoengaño y superarlo en caso de ya haber caído en él, es esencial tener una imagen auténtica de Dios, un humilde conocimiento de nosotros mismos y superar los respetos humanos.

En lo que se refiere a Dios, nunca me cansaré de insistir en que podemos acudir a Él con plena confianza y sin miedo alguno. Dios quiere y puede perdonar incluso nuestros pecados más repugnantes, si tan solo se los confesamos con sinceridad. Sin duda, es terrible que le ofendamos con nuestros pecados y que hundamos nuestra alma en las tinieblas. No pretendemos minimizar la gravedad del pecado en modo alguno. Sin embargo, el amor de Dios es aún mayor y, precisamente al reconocer conscientemente esta verdad, llegamos a amarle más. La Sagrada Escritura está llena de pasajes que dan fe de que Dios quiere echar todos nuestros pecados a sus espaldas (cf. Is 38,17) y no recordarlos más (Is 43,25), y que nos mira con ojos de amor. La consciencia de este amor que nos ofrece a través de su Palabra, en los sacramentos y de muchas otras maneras, debe ayudarnos a no cerrar nunca nuestro corazón a Dios y a confiar plenamente en su misericordia. Incluso Judas podría haber acudido a Jesús después de haberlo traicionado.

En lo que respecta al conocimiento de uno mismo, este ocupa el segundo lugar en importancia. Aquí es donde entra en juego lo que hemos escuchado del P. Sladek. Si no nos conocemos realmente a nosotros mismos, es decir, si no reconocemos a la luz de Dios nuestras debilidades, nuestro amor propio, nuestra soberbia y toda la oscuridad que anida en el corazón humano, entonces nos sumimos cada vez más en el autoengaño. Relegamos al inconsciente todo aquello que nos separa objetivamente de Dios, y allí lo mantenemos. Aunque no se trate de una decisión consciente, es la voluntad que actúa en el inconsciente la que lo provoca. Como consecuencia, adoptamos actitudes que crean una imagen ilusoria y perfecta de nosotros mismos. Y es difícil despertar de este autoengaño. Por otro lado, cuesta mucho esfuerzo estar a la altura de esa imagen artificial que hemos creado de nosotros mismos. También las personas que nos rodean acabarán sufriendo las consecuencias. Lo trágico es que la relación con Dios no puede desplegarse de forma orgánica y confiada porque se le ha bloqueado el acceso al corazón del hombre.

Quedaría aún por abordar el tema de los respetos humanos, que también pueden impedir que nos veamos tal y como somos realmente ante Dios, ya que hemos construido una cierta imagen de nosotros mismos ante los demás y no queremos que ésta se derrumbe.

Mañana continuaremos con el tema.

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Meditación sobre el evangelio del día: https://es.elijamission.net/el-yugo-de-jesus-3/

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