La resurrección de la carne (I)

A través de las meditaciones sobre la Resurrección de Cristo durante la Octava de Pascua, nos hemos adentrado en este maravilloso tiempo litúrgico, esos cuarenta días en los que el Señor Resucitado preparó a sus discípulos para la misión que les encomendaría. Aún se respira el asombro de los discípulos ante lo ocurrido, cuya realidad fueron asimilando solo poco a poco.

En lo que respecta a las meditaciones diarias posteriores, he optado por basarme en las lecturas según el rito romano tradicional. Como ya he escrito muchas meditaciones siguiendo las lecturas del nuevo calendario litúrgico, al final de cada texto se podrán encontrar uno o varios enlaces para quienes prefieran seguir ese ritmo.

Pero antes de retomar las meditaciones diarias basadas en las lecturas, nos queda un tema importante que tratar. Como aún estamos muy cerca de la Fiesta de la Resurrección de Cristo, me gustaría meditar sobre la resurrección de la carne, en la que nosotros mismos participaremos al final de los tiempos. Esto resulta aún más oportuno si tenemos en cuenta que la catequesis sobre las verdades de fe se está desvaneciendo en la Iglesia y que las enseñanzas básicas sobre las así llamadas «postrimerías» (las realidades últimas del hombre) están siendo relegadas a un segundo plano. En el peor de los casos, incluso se ponen en duda o se niegan. Al mismo tiempo, cobran fuerza las enseñanzas erróneas de otras religiones (como el hinduismo, el budismo o ciertas corrientes esotéricas) sobre la reencarnación o la transmigración del alma.

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DOMINGO IN ALBIS: “La paz del Resucitado”

¿Qué es la verdadera paz? Es aquella que procede de Dios, que brota de su corazón. Así había dicho Jesús a sus discípulos en la Última Cena: «La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo. No se turbe vuestro corazón ni se acobarde» (Jn 14,27).

Asimismo, las primeras palabras que el Resucitado dirigió a sus discípulos, expresando en ellas lo que está previsto para todos los hombres, fueron: «La paz esté con vosotros» (Jn 20,19).

¡Qué distinto es cuando el Hijo de Dios mismo se dirige a los hombres y les asegura la paz que viene de Dios! Cuando se la acoge, esta paz atraviesa las tinieblas de la ignorancia, toca y abre los corazones cerrados y los miedos empiezan a ceder. Es la paz que el mundo no puede dar (Jn 14,27); la paz que surge al vivir en conformidad con la verdad y el amor, la paz que Dios ofrece a los hombres como don infinito de su bondad y que les da la verdadera vida. Jesús viene a los suyos como Resucitado. Viene como vencedor, porque ha derrotado a Satanás, ha triunfado sobre la muerte y ha pagado el precio de rescate por los hombres en la cruz: «La paz esté con vosotros». ¡Es su paz!

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SÁBADO DE LA OCTAVA DE PASCUA: “Juan vio y creyó”

Los relatos del Evangelio lo confirman una y otra vez: ¡Cristo ha resucitado de entre los muertos! ¡Verdaderamente ha resucitado! ¡Aleluya! Este grito de júbilo resuena en toda la cristiandad y le da esperanza, esperanza aun en tiempos sombríos, cuando ésta parece desvanecerse, pues la Resurrección de Cristo es el signo visible de su victoria sobre el infierno y la muerte:

«¿Dónde está, muerte, tu victoria? ¿Dónde está, infierno, tu aguijón?» (1 Cor 15,55).

Este clamor no debe enmudecer jamás, sino que ha de infundir ánimo a los corazones abatidos y atravesar todas las tinieblas. ¡El Señor ha resucitado!

El Evangelio que se proclama hoy siguiendo el leccionario tradicional (Jn 20,1-9) nos conduce de vuelta donde los discípulos en la mañana del primer día de la semana. Todavía tenían que recorrer un camino hasta comprender lo sucedido en aquella noche de Resurrección. Todavía estaban a oscuras, consternados y de luto por la muerte de su Señor. ¿Qué pasará ahora después de su muerte? Jesús yacía en el sepulcro, al menos eso creían.

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VIERNES DE LA OCTAVA DE PASCUA: “El mandato del Resucitado”

«Se me ha dado toda potestad en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándoles en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo cuanto os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,18-20).

Estas son las palabras que Tú, amado Señor, dirigiste a los once discípulos en Galilea tras tu Resurrección, y permanecen vigentes para siempre.

Fueron esas santas palabras las que impulsaron a los misioneros a viajar hasta los confines de la Tierra y a servir con alegría en esta gran misión, aun en medio de las mayores penurias y sufrimientos.

Son aquellas palabras que el Espíritu Santo trae siempre a nuestra memoria para que nunca se extingan y tus discípulos no olviden jamás la misión que les encomendaste.

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JUEVES DE LA OCTAVA DE PASCUA: “Vuestra tristeza se convertirá en alegría”

Amada Magdalena, con cuánta prisa te dirigiste muy de mañana al sepulcro del Señor para llorar por él, sin poder imaginar lo que allí encontrarías. Tu corazón estaba embargado por el dolor: ¡te habían arrebatado a tu amado Señor y lo habían matado con tal crueldad! ¿Quién podía consolarte?

Te quedaste junto a la tumba y diste rienda suelta a tus lágrimas. Al inclinarte hacia el sepulcro, viste a dos ángeles vestidos de blanco, sentados uno a la cabecera y otro a los pies, donde había sido colocado el cuerpo de Jesús (Jn 20,12). Como relata el Evangelio, ellos te preguntaron: «Mujer, ¿por qué lloras?» (v. 13).

Quedaste aún más sorprendida. ¿Dónde estaría tu Señor? ¿Y quiénes eran esos dos ángeles vestidos de blanco? ¿Sabrían ellos decirte dónde estaba el Señor? ¿Por qué ya no estaba allí, en el sitio donde lo habían colocado?

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MIÉRCOLES DE LA OCTAVA DE PASCUA: “¡Es el Señor!”

«Muchachos, ¿tenéis algo de comer?» (Jn 21,5).

Así se dirigió Jesús a sus discípulos cuando se les apareció por tercera vez a orillas del mar de Tiberíades. Una vez más, no lo reconocieron de inmediato, pero, en esta ocasión, Jesús encontró una nueva forma de revelarse para que pudieran entenderlo fácilmente. De hecho, la mayoría de los apóstoles eran pescadores a quienes Jesús había elegido para que se convirtieran en pescadores de hombres (Mt 4,18-20).

Pero primero debían asimilar que su Señor verdaderamente había resucitado de entre los muertos. Esa nueva realidad debía calar hondo en ellos, pues posteriormente tendrían que portar al mundo entero el mensaje de su Resurrección. No podía quedarles ninguna duda y sus ojos debían abrirse por completo.

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MARTES DE LA OCTAVA DE PASCUA: “Soy yo, ¡no temáis!”

«La paz esté con vosotros (…).  ¿Por qué os asustáis? (…) Soy yo mismo» (Lc 24,36.38-39).

Así se dirigió el Señor Resucitado a sus discípulos cuando se apareció en medio de ellos. Estos aún no acababan de creerlo y estaban llenos de espanto y miedo (Lc 24,37). ¿Quién era aquel que les hablaba? Aún no se les habían abierto los ojos; no podían reconocer al Resucitado.

¿Era acaso un espíritu? No, ¡era el Señor! Era el mismo con quien habían estado de camino y a quien habían seguido durante tres años, con quien habían comido y bebido; aquel que había realizado milagros ante sus ojos y los había instruido con la plenitud de la sabiduría. Sin embargo, ahora no podían reconocerlo. ¿Sería acaso un fantasma?

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LUNES DE LA OCTAVA DE PASCUA: “Con tu muerte, derrotaste a la muerte”

NOTA: A lo largo de la Octava Pascual, las reflexiones diarias tendrán un carácter más meditativo, para adentrarnos en el gran acontecimiento de nuestra fe: la Resurrección del Señor. Los “3 Minutos para Abbá” seguirán como de costumbre (https://es.elijamission.net/category/3-minutos-para-abba/).

Tal y como habías predicho, amado Jesús, sucedió. ¡Verdaderamente has resucitado!

Te levantaste de entre los muertos y la buena nueva ha llegado hasta nosotros. Los primeros en anunciarlo fueron los ángeles junto al sepulcro: «¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo? No está aquí, ha resucitado» (Lc 24,5-6). Luego fue María Magdalena; ella tuvo la gracia de verte primero, después los apóstoles… ¡No cabe duda! Ni siquiera los judíos hostiles y los soldados sobornados pudieron ocultar la verdad. ¡Aleluya!

La muerte no pudo retenerte en la tumba. ¿Cómo podría, si Tú mismo eres la vida? Tú resucitaste a los muertos cuando nos anunciaste el Evangelio. Tú infundes nueva vida en todo: al que está muerto por el pecado le ofreces el remedio, al que ha tropezado lo vuelves a levantar, al que está abatido le das nuevas fuerzas, al extraviado le muestras el camino…

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Domingo de Pascua: “El sepulcro vacío”

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María Magdalena, queriendo mostrarle su amor al Señor aun en la muerte, corre al sepulcro antes de que el día amanezca.

“Se han llevado al Señor del sepulcro y no sabemos dónde lo han puesto” (Jn 20,2) –exclama con dolor, al descubrir que la piedra del sepulcro había sido removida. ¿Es que ni siquiera se deja en paz a los difuntos? ¿Dónde está su Señor?

Y entonces el Señor mismo se le aparece. Al principio María no lo reconoce, pero cuando Jesús la llama por su nombre, “ella, volviéndose, exclamó: ¡Rabbuni!” (Jn 20,16). Jesús aún no le permite tocarlo, pero la convierte en primera mensajera de la Resurrección.

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Sábado Santo: “Duelo por el Señor”

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Duelo por el Señor; dolor por los hombres, que no han reconocido a su Redentor y lo han crucificado… Duelo de la Madre por el Hijo amado; luto y desconcierto entre los discípulos, que se dicen confundidos: “Nosotros esperábamos que él sería quien redimiera a Israel” (Lc 24,21).

Pero el Señor descendió a los infiernos, donde aquellos que aún estaban a la espera de la Redención, y también a ellos los colmó con su amor.

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