A través de las meditaciones sobre la Resurrección de Cristo durante la Octava de Pascua, nos hemos adentrado en este maravilloso tiempo litúrgico, esos cuarenta días en los que el Señor Resucitado preparó a sus discípulos para la misión que les encomendaría. Aún se respira el asombro de los discípulos ante lo ocurrido, cuya realidad fueron asimilando solo poco a poco.
En lo que respecta a las meditaciones diarias posteriores, he optado por basarme en las lecturas según el rito romano tradicional. Como ya he escrito muchas meditaciones siguiendo las lecturas del nuevo calendario litúrgico, al final de cada texto se podrán encontrar uno o varios enlaces para quienes prefieran seguir ese ritmo.
Pero antes de retomar las meditaciones diarias basadas en las lecturas, nos queda un tema importante que tratar. Como aún estamos muy cerca de la Fiesta de la Resurrección de Cristo, me gustaría meditar sobre la resurrección de la carne, en la que nosotros mismos participaremos al final de los tiempos. Esto resulta aún más oportuno si tenemos en cuenta que la catequesis sobre las verdades de fe se está desvaneciendo en la Iglesia y que las enseñanzas básicas sobre las así llamadas «postrimerías» (las realidades últimas del hombre) están siendo relegadas a un segundo plano. En el peor de los casos, incluso se ponen en duda o se niegan. Al mismo tiempo, cobran fuerza las enseñanzas erróneas de otras religiones (como el hinduismo, el budismo o ciertas corrientes esotéricas) sobre la reencarnación o la transmigración del alma.
