Día 5: “Aprovechar la gracia y resistir a las tentaciones”

«Os exhortamos a que no recibáis en vano la gracia de Dios. Porque dice: ‘En el tiempo favorable te escuché.’ ‘Y en el día de la salvación te ayudé’. Mirad, ahora es el tiempo favorable, ahora es el día de la salvación» (2Cor 6,1-2).

Con esta exhortación, san Pablo nos introduce en el primer domingo de Cuaresma y nos ofrece una pauta esencial para avanzar en el camino emprendido en este tiempo de gracia. Antiguamente, la Cuaresma comenzaba precisamente este domingo. Se consideraba una «segunda puerta de entrada» a este gran tiempo de penitencia, después de haber atravesado la primera puerta del Miércoles de Ceniza. Si partimos de la concepción de la «segunda puerta», entonces leeríamos con letras de oro la siguiente inscripción sobre ella: «Aprovecha el tiempo de la gracia».

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Día 4: “La fe desata la obra de Dios”

Hoy, en el cuarto día de nuestro itinerario cuaresmal, el Señor, por medio del profeta Isaías, insiste una vez más en la importancia de actuar justamente con el prójimo y de cumplir sus mandamientos. Si lo hacemos, la verdadera paz podrá entrar en nuestra alma y sucederá tal y como nos asegura la lectura:

«Serás como huerto bien regado y como manantial perenne cuyas aguas jamás faltarán (…). Entonces tendrás tus delicias en el Señor y yo te elevaré sobre toda terrena altura» (Is 58,11b.14a).

En efecto, solo la recta conducta y el cumplimiento de los mandamientos de Dios traen la verdadera paz al hombre y le capacitan para convertirse, a su vez, en «instrumento de paz». Si vivimos en la gracia de Dios —o, en palabras del profeta Isaías, si somos un «huerto bien regado»—, entonces también daremos buenos frutos. En cambio, ¿cómo podría haber paz si, a causa del pecado, vivimos en contradicción interior y en oposición a Dios? Por eso, el llamado a la conversión siempre es prioritario, ya sea que nos hayamos desviado totalmente del camino, que no conozcamos a Dios o que hayamos descuidado el seguimiento de Cristo y no hayamos respondido lo suficiente a la gracia que se nos ha confiado.

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Día 3: “Los beneficios del ayuno”

Hoy, en el tercer día de nuestro itinerario cuaresmal, las lecturas nos introducen en los temas del ayuno y del amor a los enemigos.

El ayuno —y con ello nos referimos, en primer lugar, al ayuno corporal, que era muy común en la Iglesia en tiempos pasados— es una práctica muy buena y provechosa para nuestra vida espiritual en el seguimiento de Cristo. Sin duda, es un sacrificio grato a los ojos de Dios si va acompañado de la lucha por la santidad en general. La lectura, tomada del Libro de Isaías, señala los frecuentes abusos que desagradaban a Dios en el ayuno practicado por su pueblo. Se entiende fácilmente que esta práctica solo puede resultar grata a sus ojos cuando se realiza con un corazón sincero.

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Día 2: “En la escuela de la oración”

Tras haber atravesado la puerta del Miércoles de Ceniza, la liturgia tradicional nos presenta hoy un relato del profeta Isaías. Este fue enviado para transmitir una triste noticia al rey Ezequías, que estaba enfermo de muerte: «Esto dice el Señor: Haz testamento, porque vas a morir; no vivirás» (Is 38,1b).

El rey se conmovió profundamente con este mensaje, pues evidentemente no estaba aún preparado para morir. Quizá recordaba las promesas de una larga y dichosa vida para quienes guardaban la alianza. Su dolor debió de ser aún mayor al saber que tendría que morir sin dejar un heredero al trono. Así continúa el relato:

«Ezequías volvió su rostro a la pared y oró al Señor. Dijo: ‘¡Oh, Señor! Dígnate recordar que me he conducido en tu presencia con fidelidad y corazón perfecto, haciendo lo que es recto a tus ojos.’ Y Ezequías estalló en un copioso llanto» (vv. 2-3).

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Día 1: “Un camino de conversión, penitencia y oración”

Reflexiones introductorias

Dentro del año litúrgico, la Cuaresma ocupa un lugar muy importante. Comienza hoy con el Miércoles de Ceniza y termina el Sábado Santo. Durante cuarenta días y cuarenta noches, los fieles emprenden un camino de profunda conversión con el fin de prepararse para la celebración de la Santa Pascua.

Cuarenta días y cuarenta noches duró el diluvio, cuarenta años tardó la travesía de Israel por el desierto antes de entrar en la tierra prometida, cuarenta días ayunó Moisés antes de recibir la Ley para su pueblo, cuarenta días peregrinó el profeta Elías hacia el monte Horeb y cuarenta días y cuarenta noches ayunó Nuestro Señor Jesucristo en el desierto antes de iniciar su ministerio público y darse a conocer como el Hijo de Dios.

A nivel litúrgico, este tiempo nos insta enfáticamente a meditar sobre la Pasión del Señor, la gracia del Santo Bautismo y la penitencia. Las obras clásicas que deben acompañar la Cuaresma son el ayuno, la oración y la limosna. También se suele recomendar vivirla como un tiempo de retiro, es decir, alejarse de las distracciones del mundo, evitar celebraciones y festejos innecesarios y, sobre todo, dedicar tiempo a la oración y al diálogo íntimo con Dios.

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“Algunos aspectos sobre la pobreza voluntaria”

Hoy quiero concluir esta pequeña serie en la que hemos abordado algunos aspectos sobre los tres consejos evangélicos y su aplicación por parte de los discípulos del Señor que viven en el mundo. En lo que respecta al tercero de ellos, no es tan sencillo aplicarlo en el mundo, ya que la pobreza voluntaria por causa del Señor puede adoptar rasgos muy radicales, como vemos tanto en el Nuevo Testamento como en muchos ejemplos a lo largo de la historia de la Iglesia.

Basta con pensar en la comunidad de bienes de la Iglesia primitiva, tal y como nos la presenta el libro de los Hechos de los Apóstoles (cf. Hch 2,44-45). También podemos recordar a los ermitaños y a tantas comunidades monásticas que hicieron realidad este ideal, abandonándolo todo para seguir a Cristo y donando sus posesiones a los pobres. Hasta el día de hoy, este sigue siendo un llamado inmensamente valioso. ¡Ojalá Dios conceda que muchos respondan a él y que sigan habiendo comunidades que lo hagan realidad!

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REFLEXIÓN SOBRE LA OBEDIENCIA: “Un camino regio para seguir a Cristo”  

Tras haber dedicado dos meditaciones previas a reflexionar sobre el consejo evangélico de la castidad, me gustaría abordar hoy algunos aspectos generales de la obediencia espiritual, tan importante para todos en la imitación de Cristo. Espero que esta reflexión ayude a apreciar un poco más la obediencia espiritual.

La palabra latina oboedire, de la que se deriva «obedecer», incluye el verbo audire, que significa «escuchar». Por tanto, la obediencia se relaciona con una escucha atenta, es decir, con oír correctamente, prestando toda nuestra atención a quien nos habla.

Cuando Dios comunicó sus mandamientos al Pueblo de Israel por medio de Moisés, empezó diciendo: «Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es el único Señor» (Dt 6,4).

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Santos Faustino y Jovita, mártires

Hb 10,32-38

Acordaos de los días primeros, cuando, recién iluminados, tuvisteis que sostener una lucha grande y dolorosa: unas veces sometidos públicamente a calumnias y vejaciones, otras estrechamente unidos a los que así eran tratados, porque compartisteis los sufrimientos de los encarcelados y recibisteis con alegría el robo de vuestros bienes, sabiendo que poseéis un patrimonio mejor y más duradero. No perdáis, por tanto, vuestra confianza, que tiene una gran recompensa: porque necesitáis paciencia para conseguir los bienes prometidos cumpliendo la voluntad de Dios. En efecto, todavía un poco de tiempo, muy poco, y el que va a venir llegará y no tardará; pero mi justo vivirá de fe; y si se volviera atrás, mi alma no se complacerá en él.

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REFLEXIÓN SOBRE LA CASTIDAD: “La castidad: guardiana de la belleza del alma”  

Retomamos hoy las reflexiones sobre la virtud de la castidad que iniciamos ayer.

En una época marcada por la constante estimulación de la sensualidad, se debe prestar la máxima atención para proteger esta virtud. Esto se aplica tanto a las provocaciones que vienen del exterior como a las que surgen en nuestro interior.

La Sagrada Escritura nos recuerda que nuestro cuerpo es el templo del Espíritu Santo:

«Huid de la fornicación. Todo pecado que un hombre comete queda fuera de su cuerpo; pero el que fornica peca contra su propio cuerpo. ¿O no sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, que está en vosotros y habéis recibido de Dios, y que no os pertenecéis? Habéis sido comprados mediante un precio. Glorificad, por tanto, a Dios en vuestro cuerpo» (1Cor 6,18-20).

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