Día 26: “El reinado de Cristo”

Ya hemos atravesado más de la mitad de nuestro itinerario cuaresmal y nos acercamos cada vez más a la Semana Santa. El cuarto domingo de Cuaresma es un domingo de alegría (Laetare, en latín). El sacerdote puede utilizar paramentos color rosa para destacar el carácter alegre de este día.

El evangelio de hoy (Jn 6, 1-15) nos presenta la conocida historia de la multiplicación milagrosa de los panes y los peces. La multitud había escuchado la predicación de Jesús y, al final, Él quiso alimentarlos y mostrarles la providencia y la gloria de Dios mediante este signo. Así sucedió, y no solo se saciaron todos, sino que además sobraron doce cestos. El Evangelio testifica que eran cinco mil hombres (v. 10).

Este milagro fue motivo para que la gente alabara a Jesús como el profeta esperado: «Este es verdaderamente el Profeta que viene al mundo» (v. 14). Sin embargo, sacaron una conclusión errónea, como sugiere la Escritura: «Jesús, conociendo que estaban dispuestos a llevárselo para hacerle rey, se retiró otra vez al monte él solo» (v. 15).

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Día 25: “Jesús y la mujer pecadora”  

La extensa lectura de hoy (Dan 13, 1-9.15-17.19-30.33-62) narra la historia de Susana, esposa de Joaquín, a quien Dios libró de las manos de dos malvados jueces que la acusaron falsamente de un grave delito moral. El evangelio (Jn 8,1-11), en el que nos detendremos hoy, relata un acontecimiento lleno de enseñanzas.

¿Cómo se enfrenta Jesús a la culpa de alguien que ha cometido adulterio? Los escribas y fariseos le presentaron a una mujer en estas circunstancias y le dijeron: «Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. Moisés en la Ley nos mandó lapidar a mujeres así; ¿tú qué dices?» (vv. 4-5).

Evidentemente, los acusadores no querían saber lo que Jesús pensaba al respecto, sino tenderle una trampa para encontrar un motivo de acusación (v. 6). En un primer momento, Jesús no les da ninguna respuesta. Sin embargo, ante su insistencia, pronuncia aquella frase decisiva que debe calar hondo en nosotros y marcar toda nuestra vida y nuestra manera de afrontar situaciones similares: «Aquel de vosotros que esté sin pecado, que le arroje la primera piedra» (v. 7). Se lo decía a aquellos fariseos y escribas que esperaban con impaciencia y exigían una respuesta. Al oír estas palabras, comenzaron a marcharse, uno tras otro, empezando por los más viejos (v. 9). ¡Ninguno se atrevió a lanzar una piedra!

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Día 24: “Aceptar con gratitud la guía de Dios y dar testimonio del agua viva”  

La lectura de hoy (Num 20,1-3.6-13) nos relata una rebelión de los hijos de Israel contra Moisés y Aarón en el desierto de Sin. Llevaban casi cuarenta años de travesía y estaban descontentos con las circunstancias. Murmuraron contra Moisés y Aarón y protestaron por el lugar miserable donde se habían instalado en Cades, donde no había trigo, ni higuera, ni viña, ni granado. Evidentemente, habían perdido la confianza y ahora exigían a sus líderes que, al menos, les dieran agua. Entonces, Moisés y Aarón se postraron ante el Señor y le rogaron: «Oh, Señor Dios, escucha el clamor de este pueblo y ábreles tu tesoro, la fuente de agua viva, para que, al saciarse, cesen sus murmuraciones» (v. 6, traducido de la Biblia Vulgata Latina).

«El Señor habló con Moisés y le dijo: “Toma la vara y reúne a la comunidad, y que te acompañe tu hermano Aarón. Hablad luego a la peña en presencia de ellos, y ella dará sus aguas. Harás brotar para ellos agua de la peña y darás de beber a la comunidad y a sus ganados.” Tomó Moisés la vara de la presencia de Yahveh como se lo había mandado. Convocaron Moisés y Aarón la asamblea ante la peña y él les dijo: “Escuchadme, rebeldes. ¿Haremos brotar de esta peña agua para vosotros?” Y Moisés alzó la mano y golpeó la peña con su vara dos veces. El agua brotó en abundancia, y bebió la comunidad y su ganado» (vv.7-11).

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Día 23: “No dejar hablar a los demonios”  

Hoy es el vigésimo tercer día de nuestro itinerario cuaresmal. Antes de entrar en el tema, terminemos la «exposición floral» que empezamos ayer, recordando cada una de las «flores» recogidas desde el día 12 hasta el 22.

Día 12: Manejar el don de la sexualidad según lo que Dios ha dispuesto en nuestro estado de vida y evitar toda forma de impureza.

Día 13: Recorrer el camino de la santidad como expiación por los incontables pecados y ofensas contra Dios, la incredulidad y las injusticias cometidas contra las personas.

Día 14: Confiar en Dios en todas las situaciones, dándole el primer lugar en nuestra vida, permanecer fieles a la recta doctrina de la Iglesia y vivir conforme a ella, y superar las tentaciones de la soberbia sirviendo a Dios y al prójimo.

Día 15: Una flor de paz, que cree en la Omnipotencia de Dios, capaz de cambiarlo todo.

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Día 22: “El temor de Dios”

Hoy hemos llegado al día 22 de nuestro itinerario cuaresmal. Quizá alguno de vosotros haya recogido un «ramo espiritual» con las flores que he ido proponiendo al final de cada meditación. De hecho, ya hemos formado un ramo bastante grande y cada una de sus flores nos ayudará a encontrar el hilo conductor que nos guía a lo largo de la Cuaresma.

Permítidme recordaros que este año he decidido basarme en las lecturas del día según el calendario litúrgico tradicional. Probablemente la mayoría de vosotros estéis habituados a la «forma ordinaria del rito romano». Por eso, os indicamos siempre la cita de la lectura y el Evangelio del día para que podáis leerlos íntegramente, mientras que en las meditaciones suelo citar solo ciertos extractos.

Una breve «exposición floral» nos ayudará a recordar los propósitos que hemos tomado en esta primera mitad de Cuaresma. Hoy enumeraremos las flores de los primeros 11 días y mañana continuaremos con las de los siguientes 11.

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Día 21: “Disposición a perdonar”

Tras la pequeña serie sobre la transformación del corazón, volvemos a las lecturas del día. Este año, estamos siguiendo en nuestro itinerario cuaresmal el leccionario tradicional. Pero, antes de entrar en materia, me gustaría compartir con vosotros una intención que llevo en el corazón. Se trata de una oración que he escrito con el fin de pedir al Señor la verdadera paz que viene de Él. Les agradecería que muchas de las personas que escuchan mis meditaciones diarias se unieran a nosotros en esta sencilla oración:

«Amado Padre, te pedimos la paz que emana de tu Corazón para que toque y transforme los corazones de los hombres, y así tu Reino se extienda por toda la Tierra. ¡Te lo pedimos por Jesucristo, nuestro Señor! Amén».

De los textos bíblicos de hoy, me gustaría detenerme en un pasaje breve pero muy significativo del Evangelio (Mt 18,15-35). Dice así:

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 Día 20: “La transformación del corazón” (Parte III)

Esta pequeña serie, que pretende mostrarnos la importancia de la conversión del corazón, también debe entenderse en una dimensión suprapersonal. Esto significa que nuestros esfuerzos por alcanzar un corazón puro no solo sirven para nuestra santificación personal, sino que también son un arma en el combate espiritual. San Pablo nos deja claro que nuestra lucha es «contra los principados, las potestades (…) y contra los espíritus malignos que están en los aires» (Ef 6,12). Estos se aprovechan de nuestras malas inclinaciones humanas y las refuerzan. Una vez que nuestro corazón se ha oscurecido, les resulta más fácil involucrarnos en su rebelión contra Dios o, al menos, debilitarnos o incapacitarnos para la verdadera lucha contra estos espíritus.

En cambio, un corazón que, gracias al influjo del Espíritu Santo, se vuelve cada vez más puro y en el que fluye la gracia de Dios, les resulta insoportable. Basta con pensar en el corazón purísimo de la Virgen María, del que tienen que huir. A esto se suma que un corazón así se inflama cada vez más de amor por Dios y por los hombres y se pone completamente al servicio del Padre celestial. Por tanto, luchará contra todo aquello que pretenda empañar la gloria de Dios y llevará el mensaje del Evangelio a otras personas. Esto, a su vez, debilita el poder del Maligno, por lo que cada corazón puro se convierte en una amenaza para él, no solo porque no se deja llevar por sus maquinaciones, sino porque las combate activamente con la fuerza del Señor. Así, podemos asumir nuestro lugar en el ejército del Cordero, cooperando con nuestra oración y nuestra lucha por la santidad para que la paz de Cristo llegue a los hombres y el poder de su amor ahuyente las tinieblas.

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Día 19: “La transformación del corazón” (Parte II)

En la meditación de ayer, iniciamos una pequeña serie sobre el tema de la conversión del corazón. Me ha parecido oportuno abordarlo en el marco de nuestro itinerario cuaresmal por dos motivos. En primer lugar, porque, en la imitación de Cristo, siempre es necesario profundizar nuestra conversión, para que nuestras vidas sean lo más fructíferas posibles en el servicio a nuestro amado Padre y para que nunca nos detengamos en el camino de seguimiento de su Hijo. En segundo lugar, porque la conversión más profunda de nuestro corazón es un arma espiritual en el combate contra la discordia y las guerras. Posteriormente, explicaré con más detalle este aspecto, porque de esta manera podemos hacer frente a los “espíritus malignos que están en los aires” (Ef 6,12), que siempre están prestos a aprovecharse de las malas inclinaciones del hombre para sus planes inicuos.

En este sentido, sigamos hoy con el tema de la conversión de nuestro corazón.

Al estar dispuestos a percibir nuestras sombras ante un Dios amoroso, surge un doble realismo: por un lado, uno reconoce el “lado oscuro” dentro de sí mismo; y, al mismo tiempo, uno se encuentra con la misericordia de Dios. Empezamos a entender que Dios no nos rechaza ni castiga a causa de la impureza que procede de nuestro corazón; sino que, en su amor, Él se ha propuesto traer luz a las tinieblas.

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Día 18: “La transformación del corazón” (Parte I)

Como anuncié al final de la última meditación, me gustaría incluir en nuestro itinerario cuaresmal una pequeña serie sobre la transformación del corazón. Por un lado, es un tema que se desprende una y otra vez de los textos bíblicos de la Cuaresma, que describen cómo el corazón humano se aleja de Dios y señalan claramente los abismos que hay en él. Por otro lado, también es oportuno profundizar en este tema ante las guerras que están teniendo lugar en el mundo y que, por desgracia, vuelven a afectar a la población de Oriente Medio. La guerra que acaba de estallar afecta de manera muy significativa a Israel, aquella tierra en la que Jesús consumó la obra de la Redención.

En el marco de nuestro «retiro de Cuaresma», no considero que sea mi tarea explicar en detalle los antecedentes políticos, sociales y religiosos del conflicto entre Israel e Irán. Más bien, me mueve la pregunta de qué podemos hacer nosotros, como discípulos del Señor, para contribuir a la verdadera paz que viene de Dios.

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Día 17: “Los abismos del corazón humano”

Los textos bíblicos de hoy nos confrontan de manera muy concreta con los abismos del corazón humano y con la maldad que puede brotar de él. En la primera lectura, escuchamos una parte de la historia de José y sus hermanos (Gen 37,6-22). Estos se dieron cuenta de que su padre, Jacob, amaba a José más que a sus otros hijos. Fue él quien había informado a Jacob de las maldades que sus hermanos cometían mientras pastoreaban las ovejas (v. 2). Estos “llegaron a aborrecerle hasta el punto de no poder ni siquiera saludarle” (v. 4).

Sus corazones se oscurecieron cada vez más y, cuando José les contó inocentemente dos sueños proféticos que sugerían que un día todos ellos se inclinarían ante él, su envidia creció aún más. Cuando se les presentó una oportunidad propicia, decidieron matarlo. Solo Rubén, el hermano mayor, quiso salvarlo y devolverlo a su padre. Logró convencerlos de que, en lugar de derramar su sangre, lo arrojaran a un pozo vacío (v. 22).

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