Os conviene que me vaya

NOTA: Meditaremos hoy el evangelio siguiendo el calendario tradicional.

Jn 16,5-14

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: “Ahora voy a quien me envió y ninguno de vosotros me pregunta: ‘¿Adónde vas?’ Pero porque os he dicho esto, vuestro corazón se ha llenado de tristeza; pero yo os digo la verdad: os conviene que me vaya, porque si no me voy, el Paráclito no vendrá a vosotros. En cambio, si yo me voy, os lo enviaré. Y cuando venga Él, acusará al mundo de pecado, de justicia y de juicio: de pecado, porque no creen en mí; de justicia, porque me voy al Padre y ya no me veréis; de juicio, porque el príncipe de este mundo ya está juzgado. Todavía tengo que deciros muchas cosas, pero no podéis sobrellevarlas ahora. Cuando venga Aquél, el Espíritu de la verdad, os guiará hacia toda la verdad, pues no hablará por sí mismo, sino que dirá todo lo que oiga y os anunciará lo que va a venir. Él me glorificará porque recibirá de lo mío y os lo anunciará.”

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Permanecer en la alegría

Hch 13,44-52

El sábado siguiente se congregó casi toda la ciudad para oír la palabra del Señor. Cuando los judíos vieron la muchedumbre se llenaron de envidia y contradecían con injurias las afirmaciones de Pablo. Entonces Pablo y Bernabé dijeron con valentía: “Era necesario anunciaros en primer lugar a vosotros la palabra de Dios, pero ya que la rechazáis y os juzgáis indignos de la vida eterna, nos volvemos a los gentiles. Pues así nos lo mandó el Señor: ‘Te he puesto como luz de los gentiles, para que lleves la salvación hasta los confines de la tierra’.” Al oír esto los gentiles se alegraban y glorificaban la palabra del Señor, y creyeron todos los que estaban destinados a la vida eterna. Y la palabra del Señor se propagaba por toda la región. Pero los judíos incitaron a mujeres piadosas y distinguidas y a los principales de la ciudad, promovieron una persecución contra Pablo y Bernabé y los expulsaron de su territorio. Éstos se sacudieron el polvo de los pies contra ellos y se dirigieron a Iconio. Los discípulos quedaron llenos de alegría y del Espíritu Santo. leer más

El plan del Señor subsiste por siempre

Debido a ciertas circunstancias, en los próximos días recurriré a meditaciones que escribí en años anteriores. Pero el tema encaja «como anillo al dedo» en nuestras reflexiones sobre la misión de la Iglesia, ya que veremos cómo san Pablo anuncia una y otra vez la Buena Nueva, primero a los judíos en las sinagogas y después a los gentiles.

Hch 13,26-33

En aquellos días, cuando llegó Pablo a Antioquía de Pisidia, decía en la sinagoga: “Hermanos, hijos de la raza de Abrahán, y cuantos entre vosotros teméis a Dios: a vosotros ha sido enviada esta palabra de salvación. Los habitantes de Jerusalén y sus jefes no reconocieron a Jesús ni entendieron las palabras de los profetas que se leen los sábados, pero las cumplieron al condenarlo. Aunque no hallaron en él ningún motivo de condena, pidieron a Pilato que le hiciera morir. Y cuando hubieron cumplido todo lo que estaba escrito respecto a él, lo bajaron del madero y lo pusieron en el sepulcro. Pero Dios lo resucitó de entre los muertos. Él se apareció durante muchos días a los que habían subido con él de Galilea a Jerusalén, y que ahora son testigos suyos ante el pueblo. También os anunciamos la Buena Nueva de que la Promesa que Dios hizo a los antepasados la ha cumplido en nosotros, los hijos, al resucitar a Jesús, como está escrito en los salmos: ‘Hijo mío eres tú; yo te he engendrado hoy’.”

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El valor de la Tradición

En la lectura y meditación de hoy veremos cómo, antes de la expulsión de los creyentes en el Mesías, el apóstol Pablo seguía mostrando a los judíos en las sinagogas la obra salvífica de Dios, con la intención de conducirlos hacia Jesús.

Hch 13,13-25

Pablo y sus compañeros se hicieron a la mar en Pafos y llegaron a Perge de Panfilia. Pero Juan se separó de ellos y se volvió a Jerusalén, mientras que ellos, partiendo de Perge, llegaron a Antioquía de Pisidia. El sábado entraron en la sinagoga y tomaron asiento. Después de la lectura de la Ley y de los Profetas, los jefes de la sinagoga les mandaron a decir: “Hermanos, si tenéis alguna palabra de exhortación para el pueblo, hablad.” Pablo se levantó, hizo señal con la mano y dijo: “Israelitas y cuantos teméis a Dios, escuchad: El Dios de este pueblo, Israel, eligió a nuestros antepasados, engrandeció al pueblo durante su permanencia en el país de Egipto y los sacó de allí con su poderoso brazo. Durante unos cuarenta años los rodeó de cuidados en el desierto; después, tras exterminar a siete naciones en la tierra de Canaán, les dio en herencia su tierra, por unos cuatrocientos cincuenta años. Después de esto les dio jueces hasta el profeta Samuel. Luego pidieron un rey, y Dios les dio a Saúl, hijo de Cis, de la tribu de Benjamín, durante cuarenta años. Depuso a éste y les suscitó por rey a David, de quien precisamente dio este testimonio: He encontrado a David, el hijo de Jesé, un hombre según mi corazón, que realizará todo lo que yo quiera. De su descendencia, Dios, según la Promesa, ha suscitado para Israel un Salvador, Jesús. Juan predicó como precursor, antes de su venida, un bautismo de conversión a todo el pueblo de Israel. Al final de su carrera, Juan decía: ‘Yo no soy el que vosotros os pensáis; sabed que viene detrás de mí uno a quien no soy digno de desatar las sandalias de los pies’.” leer más

La luz del Hijo de Dios

Después de expresar mi pesar, junto con san Pablo, por el hecho de que tantos judíos no hayan reconocido a Jesús como el Señor, ni en el tiempo en que Él estuvo en la Tierra en medio de ellos, ni cuando los apóstoles dieron testimonio de su Resurrección, ni hasta el día de hoy, quisiera dejar que sea el propio Señor quien hable sobre sí mismo en el Evangelio de hoy. En el testimonio del rabino Eugenio Zolli, conocimos a un judío que reconoció a Jesús como el Mesías. En San Agustín nos encontramos con una persona en busca de la verdad que se dejó tocar por la Palabra de Dios y alineó toda su vida con el Señor. ¡Ojalá muchas más personas se encuentren con la «Luz del mundo» y el «Verbo de Dios», que es Jesús mismo!

Jn 12, 44-50

En aquel tiempo, Jesús gritó diciendo: “El que cree en mí, no cree en mí, sino en aquel que me ha enviado; y el que me ve a mí, ve a aquel que me ha enviado. Yo, la luz, he venido al mundo para que todo el que crea en mí no siga entre tinieblas. Si alguno oye mis palabras y no es capaz de guardarlas, yo no le juzgo, pues no he venido a juzgar al mundo, sino a salvar al mundo. El que me rechaza y no acoge mis palabras, ya tiene quien le juzgue: la palabra que yo he pronunciado lo juzgará el último día; porque yo no he hablado por mi cuenta, sino que el Padre que me ha enviado me ha mandado lo que tengo que decir y hablar, y yo sé que su mandato es vida eterna. Por eso, lo que yo hablo es lo que el Padre me ha dicho a mí.”

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Nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti

Antes de retomar nuestras reflexiones sobre la Iglesia en este Tiempo Pascual, para apreciar aún mejor su belleza y la misión que el Señor le ha encomendado, permitidme que dedique un momento a hablaros de nuestra comunidad Agnus Dei. Estoy escribiendo esta meditación el 24 de abril, fecha en la que se cumple el cuadragésimo sexto aniversario de su fundación.

Puesto que Dios tiene en cuenta todos los detalles y cada día le pertenece, cada fecha tiene una historia valiosa. Por tanto, merece la pena descubrir qué otros acontecimientos han tenido lugar a lo largo de la historia en las fechas que son importantes en nuestra vida. Dado que la Comunidad Agnus Dei es una comunidad religiosa de católicos, veamos primero qué otros sucesos conmemora la Iglesia en el día de su fundación, el 24 de abril.

Dentro de la Orden de San Agustín, ese día se celebra la fiesta de la conversión de san Agustín. De hecho, este santo contribuyó de diversos modos al surgimiento de nuestra comunidad, por lo que le rendimos un homenaje especial cada 24 de abril. Conocemos todo lo que surgió a raíz de su conversión, que ciertamente se debió en gran medida a la intercesión de su madre, santa Mónica. Hasta el día de hoy, la influencia de san Agustín es inestimable tanto para la Iglesia como para las personas que buscan la verdad.

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La iluminación del Pueblo de Israel

En las dos últimas meditaciones, hemos podido constatar con dolor que, en su mayoría, el pueblo judío aún no ha reconocido a Jesús como el Mesías. En los apóstoles y discípulos del Señor vemos que una transición —o, mejor dicho, el cumplimiento y la plenitud del camino por el que Dios los había guiado hasta entonces— no solo era posible, sino que de hecho se produjo, al menos en un «remanente de Israel». Podemos verlo claramente en el caso de san Pablo, que procedía de los círculos más eruditos del judaísmo y que experimentó su conversión e iluminación como una gracia indecible. Dios actuaba con poder y acreditaba el testimonio de su Hijo Jesucristo mediante signos y prodigios. Sin embargo, como la mayor parte del pueblo no lo reconoció, se produjo una brecha cada vez mayor entre judíos y cristianos, y ya no fue posible un camino en común. La consecuencia fue la expulsión de las sinagogas de quienes profesaban la fe en el Mesías, así como la reorganización del judaísmo tras la destrucción del Templo en el año 70 d. C.

Por muy triste que sea esta separación, sin duda era inevitable, pues la aceptación de Jesús como el Mesías era y seguirá siendo el punto decisivo que abre las puertas de la gracia para la humanidad. La decisión de seguir al Hijo de Dios es el momento crucial para que esta gracia que Él nos alcanzó pueda llegar a las personas.

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El dolor de San Pablo por sus hermanos y la expulsión de los judeocristianos de la sinagoga

En la meditación de ayer, nos centramos en la Iglesia y pudimos ver cómo, a pesar de todas las adversidades, se extendió por el mundo entero. Escuchamos los elogios de san Ireneo, quien destacó la unidad en la doctrina y subrayó que a la Iglesia Dios le había confiado la luz que debía iluminar a todos los pueblos. El pasaje citado de su obra concluía con estas hermosas palabras:

«En todas partes la Iglesia predica la verdad, y es el candelabro de las siete lámparas (Ex 25,31.37) que porta la luz de Cristo.»

Al final de la meditación de ayer, reflexionamos brevemente sobre los judíos y, en ese contexto, expresé la esperanza de que, tras el terrible sufrimiento que han experimentado a lo largo de su historia, lleguen finalmente a reconocer al Mesías. ¡Qué bendición supondría para toda la humanidad! Esta afirmación, con la que concluimos la meditación de ayer, hace alusión a las siguientes palabras de san Pablo, que debemos tener presentes una y otra vez:

«Os digo la verdad en Cristo, no miento, y mi conciencia me lo atestigua en el Espíritu Santo: siento una pena muy grande y un continuo dolor en mi corazón. Pues le pediría a Dios ser yo mismo anatema de Cristo en favor de mis hermanos, los que son de mi mismo linaje según la carne. Son israelitas: a ellos pertenece la adopción filial, la gloria, la alianza, la legislación, el culto y las promesas, de ellos son los patriarcas y de ellos procede Cristo según la carne, el cual está por encima de todas las cosas Dios bendito por los siglos. Amén» (Rom 9,1-5).

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La Iglesia: Maestra de las naciones

A nivel litúrgico, seguimos en el tiempo en el que el Señor Resucitado se manifiesta una y otra vez a sus discípulos para fortalecer su fe en la Resurrección y prepararlos para la venida del Espíritu Santo en Pentecostés. Podemos considerar el acontecimiento de Pentecostés como el día de fundación de la Iglesia, que, según nos enseña la fe, es el Cuerpo Místico de Cristo, edificada sobre el fundamento de los profetas y los apóstoles (Ef 2,20). La Iglesia es el «nuevo Israel» que ha creído en el Mesías prometido, que vino a redimir a su pueblo. Todos aquellos que reconocieron el tiempo de la salvación y aprovecharon la hora de la gracia se pusieron al servicio del Redentor y se convirtieron así en testigos de Cristo.

A partir de hoy nos quedan treinta días para llegar a la Solemnidad de Pentecostés y, durante este tiempo, me gustaría insertar algunas reflexiones sobre la Iglesia, que es Una, Santa, Católica y Apostólica, conformada por judíos y gentiles, y que, a lo largo de los siglos, ha sido llamada a llevar la gracia de la Redención de Cristo a los hombres como «Maestra de las naciones».

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Aplicación actual de la historia de San Jorge

En la meditación de ayer, conocimos la historia de san Jorge basándonos en la Leyenda Dorada. Con la fuerza de Cristo, logró salvar a la princesa que iba a ser sacrificada al dragón. A raíz de ello, la población pagana de aquella ciudad se convirtió a la fe cristiana. La meditación concluyó con el siguiente planteamiento:

«Esta historia nos lleva a cuestionarnos qué está sucediendo hoy en día en este mundo que se aleja cada vez más de Cristo: ¿será que el dragón está volviendo a ejercer su dominio sobre la humanidad de diversas maneras?»

En la meditación de hoy, conviene que nos detengamos en esta cuestión. Quien tenga ojos para ver, no podrá pasar por alto el hecho de que, en la actualidad, el mundo se halla bajo una fuerte influencia del mal y, por tanto, está sometido al dominio del dragón. En la historia de San Jorge, este dominio fue quebrantado por la fuerza de Cristo.

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