Sufrimientos y luchas del Apóstol

Al final de la reflexión de ayer, mencioné que hoy me gustaría detenerme en una afirmación de san Pablo para profundizar en ella, pues se trata de una declaración muy importante que el Apóstol de los Gentiles confía a la comunidad de Colosas. Me refiero a esta frase:

«Ahora me alegro de mis padecimientos por vosotros, y completo en mi carne lo que falta a los sufrimientos de Cristo en beneficio de su cuerpo, que es la Iglesia. De ella he sido yo constituido servidor por disposición divina» (Col 1,24-25a).

San Pablo es el gran Apóstol de los Gentiles, y sabemos bien que experimentó una profunda conversión cuando, de camino a Damasco, donde se disponía a encarcelar a los cristianos, se encontró con el Señor Jesús.

Así lo relatan los Hechos de los Apóstoles: «Mientras se dirigía allí, al acercarse a Damasco, de repente le envolvió de resplandor una luz del cielo. Cayó al suelo y oyó una voz que le decía: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?” Respondió: “¿Quién eres tú, Señor?” Y él: “Yo soy Jesús, a quien tú persigues”» (Hch 9,3-5).

El Señor le dejó claro a Saulo, que aún se encontraba sumido en la ignorancia y la ceguera de un falso celo, que al perseguir a los cristianos lo estaba persiguiendo a Él mismo, al Mesías, al Hijo de Dios, tal y como Saulo reconoció a la luz del Espíritu Santo. Y es totalmente cierto, pues Cristo vive en sus fieles y todo lo que estos hacen lo hacen en su nombre.

Seguidamente, el Señor envió a Ananías para que le impusiera las manos a Saulo y le devolviera la vista, y le comunicó: «Vete, porque éste es mi instrumento elegido para llevar mi nombre ante los gentiles, los reyes y los hijos de Israel. Yo le mostraré lo que deberá sufrir a causa de mi nombre» (Hch 9,15-16).

En este contexto, recordemos una de las bienaventuranzas que Jesús pronunció en el Sermón del Monte: «Bienaventurados cuando os injurien, os persigan y, mintiendo, digan contra vosotros todo tipo de maldad por mi causa» (Mt 5,11).

Si interiorizamos estas afirmaciones bíblicas, se nos revelará el sentido de la frase que san Pablo dirige a los colosenses. Él actúa por encargo divino. Todo lo que hace está marcado por ello. El Señor mismo actúa en y a través de Él, tal y como en la Antigua Alianza Dios había obrado a través de los profetas.

«Con Cristo estoy crucificado: (…) ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí» (Gal 2,19b-20).

Ahora, el Apóstol recibe el honor de soportar sus sufrimientos por la comunidad que Dios le confió. Y lo hace con alegría, tal y como él mismo atestigua. Así como Pablo necesita la luz de Dios para anunciar el Evangelio en la verdad, también necesita su fuerza para soportar y sobrellevar todas las cargas que conlleva la misión que le fue encomendada. Basta con recordar la lista de padecimientos que nos describe en la Segunda Carta a los Corintios (11,23-29) para hacernos una idea de todo lo que soportó por Cristo. El sufrimiento del Señor se hace presente en su apóstol y, puesto que Pablo está dispuesto a sobrellevarlo, se le permite cooperar para que la Pasión del Señor siga obrando y dando fruto en sus siervos para la edificación de la Iglesia.

Tras esta importante declaración, san Pablo vuelve a animar a la comunidad, antes de pasar a abordar la peligrosa herejía que le causa gran preocupación. Al inicio del segundo capítulo de la Carta a los Colosenses, ya la menciona indirectamente:

«Quiero que sepáis qué dura lucha sostengo por vosotros, y por los de Laodicea, y por cuantos no me han visto personalmente, para que sean consolados sus corazones, unidos en la caridad, y alcancen en toda su riqueza la perfecta inteligencia y conocimiento del misterio de Dios, de Cristo, en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia. Digo esto para que nadie os engañe con discursos capciosos» (Col 2,1-4).

Pablo no tiene reparos en hablar a la comunidad de las luchas que sostiene por los fieles. De ningún modo lo hace para resaltar de forma especial su propia contribución, sino para consolarlos y poner de manifiesto el profundo vínculo que le une a ellos. Esto les ayudará a crecer en el amor mutuo y, gracias a esta comunión en la caridad, a comprender mejor el gran misterio de Cristo. A continuación, Pablo vuelve a destacar la singularidad de Cristo, y lo hace también para contrarrestar a los falsos maestros: en Cristo «están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia».

Si se interioriza, esta sola frase servirá como criterio de discernimiento para la comunidad de Colosas, pero también para nosotros en la actualidad. Si la aplicamos, podremos examinar si las filosofías que se nos presentan o las ideas que se nos pretenden transmitir concuerdan con la doctrina de Cristo. ¡Esa es la medida! Si constatamos que son contrarias a su enseñanza, no tiene sentido prestarles atención. Incluso podemos ir más allá y notar que pueden resultarnos perjudiciales y desviarnos del camino de Dios. De ahí la expresa advertencia del apóstol de que nadie de la comunidad se deje engañar con discursos capciosos.

El aferrarse firmemente a Cristo y rechazar las falsas doctrinas no son en absoluto signos de cerrazón o rigidez, sino que corresponden a una pureza espiritual necesaria para separar lo verdadero de lo falso.

En la meditación de mañana tendremos que seguir abordando el tema de las falsas doctrinas.
______________________________________________________

Meditación sobre la lectura del día:

Fuentes de la verdadera alegría

Meditación sobre el evangelio del día:

Sólo el Señor

 

Al final de la reflexión de ayer, mencioné que hoy me gustaría detenerme en una afirmación de san Pablo para profundizar en ella, pues se trata de una declaración muy importante que el Apóstol de los Gentiles confía a la comunidad de Colosas. Me refiero a esta frase:

«Ahora me alegro de mis padecimientos por vosotros, y completo en mi carne lo que falta a los sufrimientos de Cristo en beneficio de su cuerpo, que es la Iglesia. De ella he sido yo constituido servidor por disposición divina» (Col 1,24-25a).

San Pablo es el gran Apóstol de los Gentiles, y sabemos bien que experimentó una profunda conversión cuando, de camino a Damasco, donde se disponía a encarcelar a los cristianos, se encontró con el Señor Jesús.

Así lo relatan los Hechos de los Apóstoles: «Mientras se dirigía allí, al acercarse a Damasco, de repente le envolvió de resplandor una luz del cielo. Cayó al suelo y oyó una voz que le decía: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?” Respondió: “¿Quién eres tú, Señor?” Y él: “Yo soy Jesús, a quien tú persigues”» (Hch 9,3-5).

El Señor le dejó claro a Saulo, que aún se encontraba sumido en la ignorancia y la ceguera de un falso celo, que al perseguir a los cristianos lo estaba persiguiendo a Él mismo, al Mesías, al Hijo de Dios, tal y como Saulo reconoció a la luz del Espíritu Santo. Y es totalmente cierto, pues Cristo vive en sus fieles y todo lo que estos hacen lo hacen en su nombre.

Seguidamente, el Señor envió a Ananías para que le impusiera las manos a Saulo y le devolviera la vista, y le comunicó: «Vete, porque éste es mi instrumento elegido para llevar mi nombre ante los gentiles, los reyes y los hijos de Israel. Yo le mostraré lo que deberá sufrir a causa de mi nombre» (Hch 9,15-16).

En este contexto, recordemos una de las bienaventuranzas que Jesús pronunció en el Sermón del Monte: «Bienaventurados cuando os injurien, os persigan y, mintiendo, digan contra vosotros todo tipo de maldad por mi causa» (Mt 5,11).

Si interiorizamos estas afirmaciones bíblicas, se nos revelará el sentido de la frase que san Pablo dirige a los colosenses. Él actúa por encargo divino. Todo lo que hace está marcado por ello. El Señor mismo actúa en y a través de Él, tal y como en la Antigua Alianza Dios había obrado a través de los profetas.

«Con Cristo estoy crucificado: (…) ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí» (Gal 2,19b-20).

Ahora, el Apóstol recibe el honor de soportar sus sufrimientos por la comunidad que Dios le confió. Y lo hace con alegría, tal y como él mismo atestigua. Así como Pablo necesita la luz de Dios para anunciar el Evangelio en la verdad, también necesita su fuerza para soportar y sobrellevar todas las cargas que conlleva la misión que le fue encomendada. Basta con recordar la lista de padecimientos que nos describe en la Segunda Carta a los Corintios (11,23-29) para hacernos una idea de todo lo que soportó por Cristo. El sufrimiento del Señor se hace presente en su apóstol y, puesto que Pablo está dispuesto a sobrellevarlo, se le permite cooperar para que la Pasión del Señor siga obrando y dando fruto en sus siervos para la edificación de la Iglesia.

Tras esta importante declaración, san Pablo vuelve a animar a la comunidad, antes de pasar a abordar la peligrosa herejía que le causa gran preocupación. Al inicio del segundo capítulo de la Carta a los Colosenses, ya la menciona indirectamente:

«Quiero que sepáis qué dura lucha sostengo por vosotros, y por los de Laodicea, y por cuantos no me han visto personalmente, para que sean consolados sus corazones, unidos en la caridad, y alcancen en toda su riqueza la perfecta inteligencia y conocimiento del misterio de Dios, de Cristo, en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia. Digo esto para que nadie os engañe con discursos capciosos» (Col 2,1-4).

Pablo no tiene reparos en hablar a la comunidad de las luchas que sostiene por los fieles. De ningún modo lo hace para resaltar de forma especial su propia contribución, sino para consolarlos y poner de manifiesto el profundo vínculo que le une a ellos. Esto les ayudará a crecer en el amor mutuo y, gracias a esta comunión en la caridad, a comprender mejor el gran misterio de Cristo. A continuación, Pablo vuelve a destacar la singularidad de Cristo, y lo hace también para contrarrestar a los falsos maestros: en Cristo «están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia».

Si se interioriza, esta sola frase servirá como criterio de discernimiento para la comunidad de Colosas, pero también para nosotros en la actualidad. Si la aplicamos, podremos examinar si las filosofías que se nos presentan o las ideas que se nos pretenden transmitir concuerdan con la doctrina de Cristo. ¡Esa es la medida! Si constatamos que son contrarias a su enseñanza, no tiene sentido prestarles atención. Incluso podemos ir más allá y notar que pueden resultarnos perjudiciales y desviarnos del camino de Dios. De ahí la expresa advertencia del apóstol de que nadie de la comunidad se deje engañar con discursos capciosos.

El aferrarse firmemente a Cristo y rechazar las falsas doctrinas no son en absoluto signos de cerrazón o rigidez, sino que corresponden a una pureza espiritual necesaria para separar lo verdadero de lo falso.

En la meditación de mañana tendremos que seguir abordando el tema de las falsas doctrinas.
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Meditación sobre la lectura del día:

Fuentes de la verdadera alegría

Meditación sobre el evangelio del día:

Sólo el Señor

 

Al final de la reflexión de ayer, mencioné que hoy me gustaría detenerme en una afirmación de san Pablo para profundizar en ella, pues se trata de una declaración muy importante que el Apóstol de los Gentiles confía a la comunidad de Colosas. Me refiero a esta frase:

«Ahora me alegro de mis padecimientos por vosotros, y completo en mi carne lo que falta a los sufrimientos de Cristo en beneficio de su cuerpo, que es la Iglesia. De ella he sido yo constituido servidor por disposición divina» (Col 1,24-25a).

San Pablo es el gran Apóstol de los Gentiles, y sabemos bien que experimentó una profunda conversión cuando, de camino a Damasco, donde se disponía a encarcelar a los cristianos, se encontró con el Señor Jesús.

Así lo relatan los Hechos de los Apóstoles: «Mientras se dirigía allí, al acercarse a Damasco, de repente le envolvió de resplandor una luz del cielo. Cayó al suelo y oyó una voz que le decía: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?” Respondió: “¿Quién eres tú, Señor?” Y él: “Yo soy Jesús, a quien tú persigues”» (Hch 9,3-5).

El Señor le dejó claro a Saulo, que aún se encontraba sumido en la ignorancia y la ceguera de un falso celo, que al perseguir a los cristianos lo estaba persiguiendo a Él mismo, al Mesías, al Hijo de Dios, tal y como Saulo reconoció a la luz del Espíritu Santo. Y es totalmente cierto, pues Cristo vive en sus fieles y todo lo que estos hacen lo hacen en su nombre.

Seguidamente, el Señor envió a Ananías para que le impusiera las manos a Saulo y le devolviera la vista, y le comunicó: «Vete, porque éste es mi instrumento elegido para llevar mi nombre ante los gentiles, los reyes y los hijos de Israel. Yo le mostraré lo que deberá sufrir a causa de mi nombre» (Hch 9,15-16).

En este contexto, recordemos una de las bienaventuranzas que Jesús pronunció en el Sermón del Monte: «Bienaventurados cuando os injurien, os persigan y, mintiendo, digan contra vosotros todo tipo de maldad por mi causa» (Mt 5,11).

Si interiorizamos estas afirmaciones bíblicas, se nos revelará el sentido de la frase que san Pablo dirige a los colosenses. Él actúa por encargo divino. Todo lo que hace está marcado por ello. El Señor mismo actúa en y a través de Él, tal y como en la Antigua Alianza Dios había obrado a través de los profetas.

«Con Cristo estoy crucificado: (…) ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí» (Gal 2,19b-20).

Ahora, el Apóstol recibe el honor de soportar sus sufrimientos por la comunidad que Dios le confió. Y lo hace con alegría, tal y como él mismo atestigua. Así como Pablo necesita la luz de Dios para anunciar el Evangelio en la verdad, también necesita su fuerza para soportar y sobrellevar todas las cargas que conlleva la misión que le fue encomendada. Basta con recordar la lista de padecimientos que nos describe en la Segunda Carta a los Corintios (11,23-29) para hacernos una idea de todo lo que soportó por Cristo. El sufrimiento del Señor se hace presente en su apóstol y, puesto que Pablo está dispuesto a sobrellevarlo, se le permite cooperar para que la Pasión del Señor siga obrando y dando fruto en sus siervos para la edificación de la Iglesia.

Tras esta importante declaración, san Pablo vuelve a animar a la comunidad, antes de pasar a abordar la peligrosa herejía que le causa gran preocupación. Al inicio del segundo capítulo de la Carta a los Colosenses, ya la menciona indirectamente:

«Quiero que sepáis qué dura lucha sostengo por vosotros, y por los de Laodicea, y por cuantos no me han visto personalmente, para que sean consolados sus corazones, unidos en la caridad, y alcancen en toda su riqueza la perfecta inteligencia y conocimiento del misterio de Dios, de Cristo, en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia. Digo esto para que nadie os engañe con discursos capciosos» (Col 2,1-4).

Pablo no tiene reparos en hablar a la comunidad de las luchas que sostiene por los fieles. De ningún modo lo hace para resaltar de forma especial su propia contribución, sino para consolarlos y poner de manifiesto el profundo vínculo que le une a ellos. Esto les ayudará a crecer en el amor mutuo y, gracias a esta comunión en la caridad, a comprender mejor el gran misterio de Cristo. A continuación, Pablo vuelve a destacar la singularidad de Cristo, y lo hace también para contrarrestar a los falsos maestros: en Cristo «están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia».

Si se interioriza, esta sola frase servirá como criterio de discernimiento para la comunidad de Colosas, pero también para nosotros en la actualidad. Si la aplicamos, podremos examinar si las filosofías que se nos presentan o las ideas que se nos pretenden transmitir concuerdan con la doctrina de Cristo. ¡Esa es la medida! Si constatamos que son contrarias a su enseñanza, no tiene sentido prestarles atención. Incluso podemos ir más allá y notar que pueden resultarnos perjudiciales y desviarnos del camino de Dios. De ahí la expresa advertencia del apóstol de que nadie de la comunidad se deje engañar con discursos capciosos.

El aferrarse firmemente a Cristo y rechazar las falsas doctrinas no son en absoluto signos de cerrazón o rigidez, sino que corresponden a una pureza espiritual necesaria para separar lo verdadero de lo falso.

En la meditación de mañana tendremos que seguir abordando el tema de las falsas doctrinas.
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Meditación sobre la lectura del día:

Fuentes de la verdadera alegría

Meditación sobre el evangelio del día:

Sólo el Señor

 

Al final de la reflexión de ayer, mencioné que hoy me gustaría detenerme en una afirmación de san Pablo para profundizar en ella, pues se trata de una declaración muy importante que el Apóstol de los Gentiles confía a la comunidad de Colosas. Me refiero a esta frase:

«Ahora me alegro de mis padecimientos por vosotros, y completo en mi carne lo que falta a los sufrimientos de Cristo en beneficio de su cuerpo, que es la Iglesia. De ella he sido yo constituido servidor por disposición divina» (Col 1,24-25a).

San Pablo es el gran Apóstol de los Gentiles, y sabemos bien que experimentó una profunda conversión cuando, de camino a Damasco, donde se disponía a encarcelar a los cristianos, se encontró con el Señor Jesús.

Así lo relatan los Hechos de los Apóstoles: «Mientras se dirigía allí, al acercarse a Damasco, de repente le envolvió de resplandor una luz del cielo. Cayó al suelo y oyó una voz que le decía: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?” Respondió: “¿Quién eres tú, Señor?” Y él: “Yo soy Jesús, a quien tú persigues”» (Hch 9,3-5).

El Señor le dejó claro a Saulo, que aún se encontraba sumido en la ignorancia y la ceguera de un falso celo, que al perseguir a los cristianos lo estaba persiguiendo a Él mismo, al Mesías, al Hijo de Dios, tal y como Saulo reconoció a la luz del Espíritu Santo. Y es totalmente cierto, pues Cristo vive en sus fieles y todo lo que estos hacen lo hacen en su nombre.

Seguidamente, el Señor envió a Ananías para que le impusiera las manos a Saulo y le devolviera la vista, y le comunicó: «Vete, porque éste es mi instrumento elegido para llevar mi nombre ante los gentiles, los reyes y los hijos de Israel. Yo le mostraré lo que deberá sufrir a causa de mi nombre» (Hch 9,15-16).

En este contexto, recordemos una de las bienaventuranzas que Jesús pronunció en el Sermón del Monte: «Bienaventurados cuando os injurien, os persigan y, mintiendo, digan contra vosotros todo tipo de maldad por mi causa» (Mt 5,11).

Si interiorizamos estas afirmaciones bíblicas, se nos revelará el sentido de la frase que san Pablo dirige a los colosenses. Él actúa por encargo divino. Todo lo que hace está marcado por ello. El Señor mismo actúa en y a través de Él, tal y como en la Antigua Alianza Dios había obrado a través de los profetas.

«Con Cristo estoy crucificado: (…) ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí» (Gal 2,19b-20).

Ahora, el Apóstol recibe el honor de soportar sus sufrimientos por la comunidad que Dios le confió. Y lo hace con alegría, tal y como él mismo atestigua. Así como Pablo necesita la luz de Dios para anunciar el Evangelio en la verdad, también necesita su fuerza para soportar y sobrellevar todas las cargas que conlleva la misión que le fue encomendada. Basta con recordar la lista de padecimientos que nos describe en la Segunda Carta a los Corintios (11,23-29) para hacernos una idea de todo lo que soportó por Cristo. El sufrimiento del Señor se hace presente en su apóstol y, puesto que Pablo está dispuesto a sobrellevarlo, se le permite cooperar para que la Pasión del Señor siga obrando y dando fruto en sus siervos para la edificación de la Iglesia.

Tras esta importante declaración, san Pablo vuelve a animar a la comunidad, antes de pasar a abordar la peligrosa herejía que le causa gran preocupación. Al inicio del segundo capítulo de la Carta a los Colosenses, ya la menciona indirectamente:

«Quiero que sepáis qué dura lucha sostengo por vosotros, y por los de Laodicea, y por cuantos no me han visto personalmente, para que sean consolados sus corazones, unidos en la caridad, y alcancen en toda su riqueza la perfecta inteligencia y conocimiento del misterio de Dios, de Cristo, en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia. Digo esto para que nadie os engañe con discursos capciosos» (Col 2,1-4).

Pablo no tiene reparos en hablar a la comunidad de las luchas que sostiene por los fieles. De ningún modo lo hace para resaltar de forma especial su propia contribución, sino para consolarlos y poner de manifiesto el profundo vínculo que le une a ellos. Esto les ayudará a crecer en el amor mutuo y, gracias a esta comunión en la caridad, a comprender mejor el gran misterio de Cristo. A continuación, Pablo vuelve a destacar la singularidad de Cristo, y lo hace también para contrarrestar a los falsos maestros: en Cristo «están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia».

Si se interioriza, esta sola frase servirá como criterio de discernimiento para la comunidad de Colosas, pero también para nosotros en la actualidad. Si la aplicamos, podremos examinar si las filosofías que se nos presentan o las ideas que se nos pretenden transmitir concuerdan con la doctrina de Cristo. ¡Esa es la medida! Si constatamos que son contrarias a su enseñanza, no tiene sentido prestarles atención. Incluso podemos ir más allá y notar que pueden resultarnos perjudiciales y desviarnos del camino de Dios. De ahí la expresa advertencia del apóstol de que nadie de la comunidad se deje engañar con discursos capciosos.

El aferrarse firmemente a Cristo y rechazar las falsas doctrinas no son en absoluto signos de cerrazón o rigidez, sino que corresponden a una pureza espiritual necesaria para separar lo verdadero de lo falso.

En la meditación de mañana tendremos que seguir abordando el tema de las falsas doctrinas.
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Meditación sobre la lectura del día:

Fuentes de la verdadera alegría

Meditación sobre el evangelio del día:

Sólo el Señor

 

Al final de la reflexión de ayer, mencioné que hoy me gustaría detenerme en una afirmación de san Pablo para profundizar en ella, pues se trata de una declaración muy importante que el Apóstol de los Gentiles confía a la comunidad de Colosas. Me refiero a esta frase:

«Ahora me alegro de mis padecimientos por vosotros, y completo en mi carne lo que falta a los sufrimientos de Cristo en beneficio de su cuerpo, que es la Iglesia. De ella he sido yo constituido servidor por disposición divina» (Col 1,24-25a).

San Pablo es el gran Apóstol de los Gentiles, y sabemos bien que experimentó una profunda conversión cuando, de camino a Damasco, donde se disponía a encarcelar a los cristianos, se encontró con el Señor Jesús.

Así lo relatan los Hechos de los Apóstoles: «Mientras se dirigía allí, al acercarse a Damasco, de repente le envolvió de resplandor una luz del cielo. Cayó al suelo y oyó una voz que le decía: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?” Respondió: “¿Quién eres tú, Señor?” Y él: “Yo soy Jesús, a quien tú persigues”» (Hch 9,3-5).

El Señor le dejó claro a Saulo, que aún se encontraba sumido en la ignorancia y la ceguera de un falso celo, que al perseguir a los cristianos lo estaba persiguiendo a Él mismo, al Mesías, al Hijo de Dios, tal y como Saulo reconoció a la luz del Espíritu Santo. Y es totalmente cierto, pues Cristo vive en sus fieles y todo lo que estos hacen lo hacen en su nombre.

Seguidamente, el Señor envió a Ananías para que le impusiera las manos a Saulo y le devolviera la vista, y le comunicó: «Vete, porque éste es mi instrumento elegido para llevar mi nombre ante los gentiles, los reyes y los hijos de Israel. Yo le mostraré lo que deberá sufrir a causa de mi nombre» (Hch 9,15-16).

En este contexto, recordemos una de las bienaventuranzas que Jesús pronunció en el Sermón del Monte: «Bienaventurados cuando os injurien, os persigan y, mintiendo, digan contra vosotros todo tipo de maldad por mi causa» (Mt 5,11).

Si interiorizamos estas afirmaciones bíblicas, se nos revelará el sentido de la frase que san Pablo dirige a los colosenses. Él actúa por encargo divino. Todo lo que hace está marcado por ello. El Señor mismo actúa en y a través de Él, tal y como en la Antigua Alianza Dios había obrado a través de los profetas.

«Con Cristo estoy crucificado: (…) ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí» (Gal 2,19b-20).

Ahora, el Apóstol recibe el honor de soportar sus sufrimientos por la comunidad que Dios le confió. Y lo hace con alegría, tal y como él mismo atestigua. Así como Pablo necesita la luz de Dios para anunciar el Evangelio en la verdad, también necesita su fuerza para soportar y sobrellevar todas las cargas que conlleva la misión que le fue encomendada. Basta con recordar la lista de padecimientos que nos describe en la Segunda Carta a los Corintios (11,23-29) para hacernos una idea de todo lo que soportó por Cristo. El sufrimiento del Señor se hace presente en su apóstol y, puesto que Pablo está dispuesto a sobrellevarlo, se le permite cooperar para que la Pasión del Señor siga obrando y dando fruto en sus siervos para la edificación de la Iglesia.

Tras esta importante declaración, san Pablo vuelve a animar a la comunidad, antes de pasar a abordar la peligrosa herejía que le causa gran preocupación. Al inicio del segundo capítulo de la Carta a los Colosenses, ya la menciona indirectamente:

«Quiero que sepáis qué dura lucha sostengo por vosotros, y por los de Laodicea, y por cuantos no me han visto personalmente, para que sean consolados sus corazones, unidos en la caridad, y alcancen en toda su riqueza la perfecta inteligencia y conocimiento del misterio de Dios, de Cristo, en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia. Digo esto para que nadie os engañe con discursos capciosos» (Col 2,1-4).

Pablo no tiene reparos en hablar a la comunidad de las luchas que sostiene por los fieles. De ningún modo lo hace para resaltar de forma especial su propia contribución, sino para consolarlos y poner de manifiesto el profundo vínculo que le une a ellos. Esto les ayudará a crecer en el amor mutuo y, gracias a esta comunión en la caridad, a comprender mejor el gran misterio de Cristo. A continuación, Pablo vuelve a destacar la singularidad de Cristo, y lo hace también para contrarrestar a los falsos maestros: en Cristo «están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia».

Si se interioriza, esta sola frase servirá como criterio de discernimiento para la comunidad de Colosas, pero también para nosotros en la actualidad. Si la aplicamos, podremos examinar si las filosofías que se nos presentan o las ideas que se nos pretenden transmitir concuerdan con la doctrina de Cristo. ¡Esa es la medida! Si constatamos que son contrarias a su enseñanza, no tiene sentido prestarles atención. Incluso podemos ir más allá y notar que pueden resultarnos perjudiciales y desviarnos del camino de Dios. De ahí la expresa advertencia del apóstol de que nadie de la comunidad se deje engañar con discursos capciosos.

El aferrarse firmemente a Cristo y rechazar las falsas doctrinas no son en absoluto signos de cerrazón o rigidez, sino que corresponden a una pureza espiritual necesaria para separar lo verdadero de lo falso.

En la meditación de mañana tendremos que seguir abordando el tema de las falsas doctrinas.
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Meditación sobre la lectura del día:

Fuentes de la verdadera alegría

Meditación sobre el evangelio del día:

Sólo el Señor

 

Al final de la reflexión de ayer, mencioné que hoy me gustaría detenerme en una afirmación de san Pablo para profundizar en ella, pues se trata de una declaración muy importante que el Apóstol de los Gentiles confía a la comunidad de Colosas. Me refiero a esta frase:

«Ahora me alegro de mis padecimientos por vosotros, y completo en mi carne lo que falta a los sufrimientos de Cristo en beneficio de su cuerpo, que es la Iglesia. De ella he sido yo constituido servidor por disposición divina» (Col 1,24-25a).

San Pablo es el gran Apóstol de los Gentiles, y sabemos bien que experimentó una profunda conversión cuando, de camino a Damasco, donde se disponía a encarcelar a los cristianos, se encontró con el Señor Jesús.

Así lo relatan los Hechos de los Apóstoles: «Mientras se dirigía allí, al acercarse a Damasco, de repente le envolvió de resplandor una luz del cielo. Cayó al suelo y oyó una voz que le decía: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?” Respondió: “¿Quién eres tú, Señor?” Y él: “Yo soy Jesús, a quien tú persigues”» (Hch 9,3-5).

El Señor le dejó claro a Saulo, que aún se encontraba sumido en la ignorancia y la ceguera de un falso celo, que al perseguir a los cristianos lo estaba persiguiendo a Él mismo, al Mesías, al Hijo de Dios, tal y como Saulo reconoció a la luz del Espíritu Santo. Y es totalmente cierto, pues Cristo vive en sus fieles y todo lo que estos hacen lo hacen en su nombre.

Seguidamente, el Señor envió a Ananías para que le impusiera las manos a Saulo y le devolviera la vista, y le comunicó: «Vete, porque éste es mi instrumento elegido para llevar mi nombre ante los gentiles, los reyes y los hijos de Israel. Yo le mostraré lo que deberá sufrir a causa de mi nombre» (Hch 9,15-16).

En este contexto, recordemos una de las bienaventuranzas que Jesús pronunció en el Sermón del Monte: «Bienaventurados cuando os injurien, os persigan y, mintiendo, digan contra vosotros todo tipo de maldad por mi causa» (Mt 5,11).

Si interiorizamos estas afirmaciones bíblicas, se nos revelará el sentido de la frase que san Pablo dirige a los colosenses. Él actúa por encargo divino. Todo lo que hace está marcado por ello. El Señor mismo actúa en y a través de Él, tal y como en la Antigua Alianza Dios había obrado a través de los profetas.

«Con Cristo estoy crucificado: (…) ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí» (Gal 2,19b-20).

Ahora, el Apóstol recibe el honor de soportar sus sufrimientos por la comunidad que Dios le confió. Y lo hace con alegría, tal y como él mismo atestigua. Así como Pablo necesita la luz de Dios para anunciar el Evangelio en la verdad, también necesita su fuerza para soportar y sobrellevar todas las cargas que conlleva la misión que le fue encomendada. Basta con recordar la lista de padecimientos que nos describe en la Segunda Carta a los Corintios (11,23-29) para hacernos una idea de todo lo que soportó por Cristo. El sufrimiento del Señor se hace presente en su apóstol y, puesto que Pablo está dispuesto a sobrellevarlo, se le permite cooperar para que la Pasión del Señor siga obrando y dando fruto en sus siervos para la edificación de la Iglesia.

Tras esta importante declaración, san Pablo vuelve a animar a la comunidad, antes de pasar a abordar la peligrosa herejía que le causa gran preocupación. Al inicio del segundo capítulo de la Carta a los Colosenses, ya la menciona indirectamente:

«Quiero que sepáis qué dura lucha sostengo por vosotros, y por los de Laodicea, y por cuantos no me han visto personalmente, para que sean consolados sus corazones, unidos en la caridad, y alcancen en toda su riqueza la perfecta inteligencia y conocimiento del misterio de Dios, de Cristo, en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia. Digo esto para que nadie os engañe con discursos capciosos» (Col 2,1-4).

Pablo no tiene reparos en hablar a la comunidad de las luchas que sostiene por los fieles. De ningún modo lo hace para resaltar de forma especial su propia contribución, sino para consolarlos y poner de manifiesto el profundo vínculo que le une a ellos. Esto les ayudará a crecer en el amor mutuo y, gracias a esta comunión en la caridad, a comprender mejor el gran misterio de Cristo. A continuación, Pablo vuelve a destacar la singularidad de Cristo, y lo hace también para contrarrestar a los falsos maestros: en Cristo «están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia».

Si se interioriza, esta sola frase servirá como criterio de discernimiento para la comunidad de Colosas, pero también para nosotros en la actualidad. Si la aplicamos, podremos examinar si las filosofías que se nos presentan o las ideas que se nos pretenden transmitir concuerdan con la doctrina de Cristo. ¡Esa es la medida! Si constatamos que son contrarias a su enseñanza, no tiene sentido prestarles atención. Incluso podemos ir más allá y notar que pueden resultarnos perjudiciales y desviarnos del camino de Dios. De ahí la expresa advertencia del apóstol de que nadie de la comunidad se deje engañar con discursos capciosos.

El aferrarse firmemente a Cristo y rechazar las falsas doctrinas no son en absoluto signos de cerrazón o rigidez, sino que corresponden a una pureza espiritual necesaria para separar lo verdadero de lo falso.

En la meditación de mañana tendremos que seguir abordando el tema de las falsas doctrinas.
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Meditación sobre la lectura del día:

Fuentes de la verdadera alegría

Meditación sobre el evangelio del día:

Sólo el Señor

 

Al final de la reflexión de ayer, mencioné que hoy me gustaría detenerme en una afirmación de san Pablo para profundizar en ella, pues se trata de una declaración muy importante que el Apóstol de los Gentiles confía a la comunidad de Colosas. Me refiero a esta frase:

«Ahora me alegro de mis padecimientos por vosotros, y completo en mi carne lo que falta a los sufrimientos de Cristo en beneficio de su cuerpo, que es la Iglesia. De ella he sido yo constituido servidor por disposición divina» (Col 1,24-25a).

San Pablo es el gran Apóstol de los Gentiles, y sabemos bien que experimentó una profunda conversión cuando, de camino a Damasco, donde se disponía a encarcelar a los cristianos, se encontró con el Señor Jesús.

Así lo relatan los Hechos de los Apóstoles: «Mientras se dirigía allí, al acercarse a Damasco, de repente le envolvió de resplandor una luz del cielo. Cayó al suelo y oyó una voz que le decía: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?” Respondió: “¿Quién eres tú, Señor?” Y él: “Yo soy Jesús, a quien tú persigues”» (Hch 9,3-5).

El Señor le dejó claro a Saulo, que aún se encontraba sumido en la ignorancia y la ceguera de un falso celo, que al perseguir a los cristianos lo estaba persiguiendo a Él mismo, al Mesías, al Hijo de Dios, tal y como Saulo reconoció a la luz del Espíritu Santo. Y es totalmente cierto, pues Cristo vive en sus fieles y todo lo que estos hacen lo hacen en su nombre.

Seguidamente, el Señor envió a Ananías para que le impusiera las manos a Saulo y le devolviera la vista, y le comunicó: «Vete, porque éste es mi instrumento elegido para llevar mi nombre ante los gentiles, los reyes y los hijos de Israel. Yo le mostraré lo que deberá sufrir a causa de mi nombre» (Hch 9,15-16).

En este contexto, recordemos una de las bienaventuranzas que Jesús pronunció en el Sermón del Monte: «Bienaventurados cuando os injurien, os persigan y, mintiendo, digan contra vosotros todo tipo de maldad por mi causa» (Mt 5,11).

Si interiorizamos estas afirmaciones bíblicas, se nos revelará el sentido de la frase que san Pablo dirige a los colosenses. Él actúa por encargo divino. Todo lo que hace está marcado por ello. El Señor mismo actúa en y a través de Él, tal y como en la Antigua Alianza Dios había obrado a través de los profetas.

«Con Cristo estoy crucificado: (…) ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí» (Gal 2,19b-20).

Ahora, el Apóstol recibe el honor de soportar sus sufrimientos por la comunidad que Dios le confió. Y lo hace con alegría, tal y como él mismo atestigua. Así como Pablo necesita la luz de Dios para anunciar el Evangelio en la verdad, también necesita su fuerza para soportar y sobrellevar todas las cargas que conlleva la misión que le fue encomendada. Basta con recordar la lista de padecimientos que nos describe en la Segunda Carta a los Corintios (11,23-29) para hacernos una idea de todo lo que soportó por Cristo. El sufrimiento del Señor se hace presente en su apóstol y, puesto que Pablo está dispuesto a sobrellevarlo, se le permite cooperar para que la Pasión del Señor siga obrando y dando fruto en sus siervos para la edificación de la Iglesia.

Tras esta importante declaración, san Pablo vuelve a animar a la comunidad, antes de pasar a abordar la peligrosa herejía que le causa gran preocupación. Al inicio del segundo capítulo de la Carta a los Colosenses, ya la menciona indirectamente:

«Quiero que sepáis qué dura lucha sostengo por vosotros, y por los de Laodicea, y por cuantos no me han visto personalmente, para que sean consolados sus corazones, unidos en la caridad, y alcancen en toda su riqueza la perfecta inteligencia y conocimiento del misterio de Dios, de Cristo, en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia. Digo esto para que nadie os engañe con discursos capciosos» (Col 2,1-4).

Pablo no tiene reparos en hablar a la comunidad de las luchas que sostiene por los fieles. De ningún modo lo hace para resaltar de forma especial su propia contribución, sino para consolarlos y poner de manifiesto el profundo vínculo que le une a ellos. Esto les ayudará a crecer en el amor mutuo y, gracias a esta comunión en la caridad, a comprender mejor el gran misterio de Cristo. A continuación, Pablo vuelve a destacar la singularidad de Cristo, y lo hace también para contrarrestar a los falsos maestros: en Cristo «están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia».

Si se interioriza, esta sola frase servirá como criterio de discernimiento para la comunidad de Colosas, pero también para nosotros en la actualidad. Si la aplicamos, podremos examinar si las filosofías que se nos presentan o las ideas que se nos pretenden transmitir concuerdan con la doctrina de Cristo. ¡Esa es la medida! Si constatamos que son contrarias a su enseñanza, no tiene sentido prestarles atención. Incluso podemos ir más allá y notar que pueden resultarnos perjudiciales y desviarnos del camino de Dios. De ahí la expresa advertencia del apóstol de que nadie de la comunidad se deje engañar con discursos capciosos.

El aferrarse firmemente a Cristo y rechazar las falsas doctrinas no son en absoluto signos de cerrazón o rigidez, sino que corresponden a una pureza espiritual necesaria para separar lo verdadero de lo falso.

En la meditación de mañana tendremos que seguir abordando el tema de las falsas doctrinas.
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Meditación sobre la lectura del día:

Fuentes de la verdadera alegría

Meditación sobre el evangelio del día:

Sólo el Señor

 

Al final de la reflexión de ayer, mencioné que hoy me gustaría detenerme en una afirmación de san Pablo para profundizar en ella, pues se trata de una declaración muy importante que el Apóstol de los Gentiles confía a la comunidad de Colosas. Me refiero a esta frase:

«Ahora me alegro de mis padecimientos por vosotros, y completo en mi carne lo que falta a los sufrimientos de Cristo en beneficio de su cuerpo, que es la Iglesia. De ella he sido yo constituido servidor por disposición divina» (Col 1,24-25a).

San Pablo es el gran Apóstol de los Gentiles, y sabemos bien que experimentó una profunda conversión cuando, de camino a Damasco, donde se disponía a encarcelar a los cristianos, se encontró con el Señor Jesús.

Así lo relatan los Hechos de los Apóstoles: «Mientras se dirigía allí, al acercarse a Damasco, de repente le envolvió de resplandor una luz del cielo. Cayó al suelo y oyó una voz que le decía: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?” Respondió: “¿Quién eres tú, Señor?” Y él: “Yo soy Jesús, a quien tú persigues”» (Hch 9,3-5).

El Señor le dejó claro a Saulo, que aún se encontraba sumido en la ignorancia y la ceguera de un falso celo, que al perseguir a los cristianos lo estaba persiguiendo a Él mismo, al Mesías, al Hijo de Dios, tal y como Saulo reconoció a la luz del Espíritu Santo. Y es totalmente cierto, pues Cristo vive en sus fieles y todo lo que estos hacen lo hacen en su nombre.

Seguidamente, el Señor envió a Ananías para que le impusiera las manos a Saulo y le devolviera la vista, y le comunicó: «Vete, porque éste es mi instrumento elegido para llevar mi nombre ante los gentiles, los reyes y los hijos de Israel. Yo le mostraré lo que deberá sufrir a causa de mi nombre» (Hch 9,15-16).

En este contexto, recordemos una de las bienaventuranzas que Jesús pronunció en el Sermón del Monte: «Bienaventurados cuando os injurien, os persigan y, mintiendo, digan contra vosotros todo tipo de maldad por mi causa» (Mt 5,11).

Si interiorizamos estas afirmaciones bíblicas, se nos revelará el sentido de la frase que san Pablo dirige a los colosenses. Él actúa por encargo divino. Todo lo que hace está marcado por ello. El Señor mismo actúa en y a través de Él, tal y como en la Antigua Alianza Dios había obrado a través de los profetas.

«Con Cristo estoy crucificado: (…) ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí» (Gal 2,19b-20).

Ahora, el Apóstol recibe el honor de soportar sus sufrimientos por la comunidad que Dios le confió. Y lo hace con alegría, tal y como él mismo atestigua. Así como Pablo necesita la luz de Dios para anunciar el Evangelio en la verdad, también necesita su fuerza para soportar y sobrellevar todas las cargas que conlleva la misión que le fue encomendada. Basta con recordar la lista de padecimientos que nos describe en la Segunda Carta a los Corintios (11,23-29) para hacernos una idea de todo lo que soportó por Cristo. El sufrimiento del Señor se hace presente en su apóstol y, puesto que Pablo está dispuesto a sobrellevarlo, se le permite cooperar para que la Pasión del Señor siga obrando y dando fruto en sus siervos para la edificación de la Iglesia.

Tras esta importante declaración, san Pablo vuelve a animar a la comunidad, antes de pasar a abordar la peligrosa herejía que le causa gran preocupación. Al inicio del segundo capítulo de la Carta a los Colosenses, ya la menciona indirectamente:

«Quiero que sepáis qué dura lucha sostengo por vosotros, y por los de Laodicea, y por cuantos no me han visto personalmente, para que sean consolados sus corazones, unidos en la caridad, y alcancen en toda su riqueza la perfecta inteligencia y conocimiento del misterio de Dios, de Cristo, en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia. Digo esto para que nadie os engañe con discursos capciosos» (Col 2,1-4).

Pablo no tiene reparos en hablar a la comunidad de las luchas que sostiene por los fieles. De ningún modo lo hace para resaltar de forma especial su propia contribución, sino para consolarlos y poner de manifiesto el profundo vínculo que le une a ellos. Esto les ayudará a crecer en el amor mutuo y, gracias a esta comunión en la caridad, a comprender mejor el gran misterio de Cristo. A continuación, Pablo vuelve a destacar la singularidad de Cristo, y lo hace también para contrarrestar a los falsos maestros: en Cristo «están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia».

Si se interioriza, esta sola frase servirá como criterio de discernimiento para la comunidad de Colosas, pero también para nosotros en la actualidad. Si la aplicamos, podremos examinar si las filosofías que se nos presentan o las ideas que se nos pretenden transmitir concuerdan con la doctrina de Cristo. ¡Esa es la medida! Si constatamos que son contrarias a su enseñanza, no tiene sentido prestarles atención. Incluso podemos ir más allá y notar que pueden resultarnos perjudiciales y desviarnos del camino de Dios. De ahí la expresa advertencia del apóstol de que nadie de la comunidad se deje engañar con discursos capciosos.

El aferrarse firmemente a Cristo y rechazar las falsas doctrinas no son en absoluto signos de cerrazón o rigidez, sino que corresponden a una pureza espiritual necesaria para separar lo verdadero de lo falso.

En la meditación de mañana tendremos que seguir abordando el tema de las falsas doctrinas.
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Meditación sobre la lectura del día:

Fuentes de la verdadera alegría

Meditación sobre el evangelio del día:

Sólo el Señor

 

Al final de la reflexión de ayer, mencioné que hoy me gustaría detenerme en una afirmación de san Pablo para profundizar en ella, pues se trata de una declaración muy importante que el Apóstol de los Gentiles confía a la comunidad de Colosas. Me refiero a esta frase:

«Ahora me alegro de mis padecimientos por vosotros, y completo en mi carne lo que falta a los sufrimientos de Cristo en beneficio de su cuerpo, que es la Iglesia. De ella he sido yo constituido servidor por disposición divina» (Col 1,24-25a).

San Pablo es el gran Apóstol de los Gentiles, y sabemos bien que experimentó una profunda conversión cuando, de camino a Damasco, donde se disponía a encarcelar a los cristianos, se encontró con el Señor Jesús.

Así lo relatan los Hechos de los Apóstoles: «Mientras se dirigía allí, al acercarse a Damasco, de repente le envolvió de resplandor una luz del cielo. Cayó al suelo y oyó una voz que le decía: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?” Respondió: “¿Quién eres tú, Señor?” Y él: “Yo soy Jesús, a quien tú persigues”» (Hch 9,3-5).

El Señor le dejó claro a Saulo, que aún se encontraba sumido en la ignorancia y la ceguera de un falso celo, que al perseguir a los cristianos lo estaba persiguiendo a Él mismo, al Mesías, al Hijo de Dios, tal y como Saulo reconoció a la luz del Espíritu Santo. Y es totalmente cierto, pues Cristo vive en sus fieles y todo lo que estos hacen lo hacen en su nombre.

Seguidamente, el Señor envió a Ananías para que le impusiera las manos a Saulo y le devolviera la vista, y le comunicó: «Vete, porque éste es mi instrumento elegido para llevar mi nombre ante los gentiles, los reyes y los hijos de Israel. Yo le mostraré lo que deberá sufrir a causa de mi nombre» (Hch 9,15-16).

En este contexto, recordemos una de las bienaventuranzas que Jesús pronunció en el Sermón del Monte: «Bienaventurados cuando os injurien, os persigan y, mintiendo, digan contra vosotros todo tipo de maldad por mi causa» (Mt 5,11).

Si interiorizamos estas afirmaciones bíblicas, se nos revelará el sentido de la frase que san Pablo dirige a los colosenses. Él actúa por encargo divino. Todo lo que hace está marcado por ello. El Señor mismo actúa en y a través de Él, tal y como en la Antigua Alianza Dios había obrado a través de los profetas.

«Con Cristo estoy crucificado: (…) ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí» (Gal 2,19b-20).

Ahora, el Apóstol recibe el honor de soportar sus sufrimientos por la comunidad que Dios le confió. Y lo hace con alegría, tal y como él mismo atestigua. Así como Pablo necesita la luz de Dios para anunciar el Evangelio en la verdad, también necesita su fuerza para soportar y sobrellevar todas las cargas que conlleva la misión que le fue encomendada. Basta con recordar la lista de padecimientos que nos describe en la Segunda Carta a los Corintios (11,23-29) para hacernos una idea de todo lo que soportó por Cristo. El sufrimiento del Señor se hace presente en su apóstol y, puesto que Pablo está dispuesto a sobrellevarlo, se le permite cooperar para que la Pasión del Señor siga obrando y dando fruto en sus siervos para la edificación de la Iglesia.

Tras esta importante declaración, san Pablo vuelve a animar a la comunidad, antes de pasar a abordar la peligrosa herejía que le causa gran preocupación. Al inicio del segundo capítulo de la Carta a los Colosenses, ya la menciona indirectamente:

«Quiero que sepáis qué dura lucha sostengo por vosotros, y por los de Laodicea, y por cuantos no me han visto personalmente, para que sean consolados sus corazones, unidos en la caridad, y alcancen en toda su riqueza la perfecta inteligencia y conocimiento del misterio de Dios, de Cristo, en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia. Digo esto para que nadie os engañe con discursos capciosos» (Col 2,1-4).

Pablo no tiene reparos en hablar a la comunidad de las luchas que sostiene por los fieles. De ningún modo lo hace para resaltar de forma especial su propia contribución, sino para consolarlos y poner de manifiesto el profundo vínculo que le une a ellos. Esto les ayudará a crecer en el amor mutuo y, gracias a esta comunión en la caridad, a comprender mejor el gran misterio de Cristo. A continuación, Pablo vuelve a destacar la singularidad de Cristo, y lo hace también para contrarrestar a los falsos maestros: en Cristo «están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia».

Si se interioriza, esta sola frase servirá como criterio de discernimiento para la comunidad de Colosas, pero también para nosotros en la actualidad. Si la aplicamos, podremos examinar si las filosofías que se nos presentan o las ideas que se nos pretenden transmitir concuerdan con la doctrina de Cristo. ¡Esa es la medida! Si constatamos que son contrarias a su enseñanza, no tiene sentido prestarles atención. Incluso podemos ir más allá y notar que pueden resultarnos perjudiciales y desviarnos del camino de Dios. De ahí la expresa advertencia del apóstol de que nadie de la comunidad se deje engañar con discursos capciosos.

El aferrarse firmemente a Cristo y rechazar las falsas doctrinas no son en absoluto signos de cerrazón o rigidez, sino que corresponden a una pureza espiritual necesaria para separar lo verdadero de lo falso.

En la meditación de mañana tendremos que seguir abordando el tema de las falsas doctrinas.
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Meditación sobre la lectura del día:

Fuentes de la verdadera alegría

Meditación sobre el evangelio del día:

Sólo el Señor

 

 

Conclusión del himno cristológico y exhortación

Después de haber meditado ayer una gran parte del himno cristológico, que exalta la divinidad de Jesucristo e ilumina su persona de forma incomparable, centrémonos ahora en las últimas palabras de este himno, que nos presentan al Señor como Cabeza de la Iglesia:

«Él es también la cabeza del cuerpo de la Iglesia.
Él es el principio, el primogénito de entre los muertos,
y así es el primero en todo.
Porque en él quiso Dios que residiera toda plenitud.
Y por él quiso reconciliar consigo todas las cosas:
haciendo la paz por la sangre de su cruz
con todos los seres, así del cielo como de la tierra»
(Col 1,18-20).

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Himno cristológico

Tras elogiar la vida cristiana de los colosenses, san Pablo redacta uno de los pasajes más bellos de sus cartas. Se trata del himno cristológico, que comienza con la alabanza a Dios Padre. La glorificación del Padre, que era el gran anhelo del corazón de su Hijo Jesucristo, resuena en primer lugar en este cántico de alabanza. ¿Cómo podríamos comprender las maravillosas obras de Dios si no consideráramos a Jesús como el Enviado del Padre? La comunidad de Colosas debe ser consciente de la gloria del Hijo de Dios para que su fe cristiana esté firmemente arraigada y pueda rechazar cualquier doctrina que pretenda eclipsar la divinidad de Jesús. leer más

EPÍSTOLA A LOS COLOSENSES (I): “Introducción a la Carta a los Colosenses”  

Puesto que llevo en el corazón el gran deseo de anunciar el Evangelio y, con él, todo el testimonio de la Sagrada Escritura, daré inicio a una serie en la que meditaremos sistemáticamente la Epístola a los Colosenses, redactada por el apóstol san Pablo. Quien prefiera seguir las meditaciones sobre la lectura o el evangelio del día, encontrará al final los enlaces respectivos.

Desde mi punto de vista, en la época actual es particularmente importante una sana exégesis de la Sagrada Escritura, ya que se está difundiendo cada vez más una visión modernista de la Biblia que, a menudo, no ofrece un verdadero alimento para el alma. Sin embargo, la Palabra de Dios es tan rica e importante que no deberíamos cansarnos de escucharla. ¡Conservémosla en nuestro corazón como la Virgen María para que produzca abundante fruto!

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El último puesto

Lc 14,1.7-11

Un sábado, Jesús entró a comer en casa de uno de los principales fariseos. Ellos lo observaban atentamente. Al notar cómo los invitados buscaban los primeros puestos, les dijo una parábola: “Cuando alguien te invite a una boda, no te pongas en el primer puesto, no sea que haya invitado a otro más distinguido que tú y, viniendo el que os invitó a él y a ti, te diga: ‘Deja el sitio a éste’, y tengas que ir, avergonzado, a sentarte en el último puesto. Al contrario, cuando te inviten, vete a sentarte en el último puesto, de manera que, cuando venga el que te invitó, te diga: ‘Amigo, siéntate en un lugar más digno’. Y esto será un honor para ti delante de todos los que están contigo a la mesa. Porque todo el que se ensalce será humillado, y el que se humille será ensalzado.”

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El sábado es para el hombre

Lc 14,1-6

Un sábado, entró Jesús en casa de uno de los principales fariseos para comer, y ellos le estaban espiando. Jesús se encontró delante un hombre enfermo de hidropesía y, dirigiéndose a los letrados y fariseos, preguntó: «¿Es lícito curar los sábados, o no?»
Ellos se quedaron callados. Jesús, tocando al enfermo, lo curó y lo despidió.
Y a ellos les dijo: «Si a uno de vosotros se le cae al pozo el burro o el buey, ¿no lo saca en seguida, aunque sea sábado?» Y se quedaron sin respuesta.

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Sobre el Combate Espiritual

Ef 6,10-18

Hermanos, reconfortaos en el Señor y en la fuerza de su poder, revestíos con la armadura de Dios para que podáis resistir las insidias del diablo, porque no es nuestra lucha contra la sangre o la carne, sino contra los principados, las potestades, las dominaciones de este mundo de tinieblas, y contra los espíritus malignos que están en los aires. Por eso, poneos la armadura de Dios para que podáis resistir en el día malo y, tras vencer en todo, permanezcáis firmes. Así pues, estad firmes, ceñidos en la cintura con la verdad, revestidos con la coraza de la justicia y calzados los pies, prontos para proclamar el Evangelio de la paz; tomando en todo momento el escudo de la fe, con el que podáis apagar los dardos encendidos del Maligno. Recibid también el yelmo de la salvación y la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios, mediante oraciones y súplicas, orando en todo tiempo movidos por el Espíritu, vigilando además con toda constancia y súplica por todos los santos. leer más

Fiesta de San Simón y Judas, apóstoles: “Reflexión sobre la Iglesia”

Ef 2,19-22

Hermanos: Vosotros ya no sois extraños ni forasteros, sino conciudadanos de los santos y familiares de Dios, edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas. Y la piedra angular es Cristo mismo, en quien toda edificación bien trabada se eleva hasta formar un templo santo en el Señor, en quien también vosotros con ellos estáis siendo edificados, para ser morada de Dios mediante el Espíritu. leer más

Auténtica sumisión

Ef 5,21-33

Sed sumisos los unos a los otros, por respeto a Cristo: las mujeres a sus maridos, como al Señor, porque el marido es cabeza de la mujer, como Cristo es cabeza de la Iglesia, el salvador del cuerpo. Como la Iglesia está sumisa a Cristo, así también las mujeres deben estarlo a sus maridos en todo. Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, purificándola mediante el baño del agua y la fuerza de la palabra, y presentársela resplandeciente a sí mismo, sin mancha ni arruga ni cosa parecida, sino santa e inmaculada. Así deben amar los maridos a sus mujeres, como a sus propios cuerpos. El que ama a su mujer se ama a sí mismo. Porque nadie aborrece jamás su propia carne; antes bien, la alimenta y la cuida con cariño, lo mismo que Cristo a la Iglesia, pues somos miembros de su cuerpo. Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y los dos se harán una carne. Gran misterio es éste, lo digo respecto a Cristo y la Iglesia. En todo caso, que cada uno de vosotros ame a su mujer como a sí mismo; y la mujer, que respete al marido.

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Hijos de la luz

Ef 4,32–5,8

Sed benévolos unos con otros, compasivos, perdonándoos mutuamente como Dios os perdonó en Cristo. Imitad, por tanto, a Dios, como hijos queridísimos, y caminad en el amor, lo mismo que Cristo nos amó y se entregó por nosotros como oblación y ofrenda de suave olor ante Dios. Como conviene a los santos, la fornicación y toda impureza o avaricia ni se nombren entre vosotros; ni palabras torpes, ni conversaciones vanas o tonterías, que no convienen. Haced más bien acciones de gracias. Porque debéis tener bien claro y aprendido esto: que ningún fornicario o impúdico, o avaro, que es como un adorador de ídolos, puede heredar el Reino de Cristo y de Dios. Que nadie os engañe con palabras vanas, porque por culpa de esto vino la ira de Dios sobre los hijos de la rebeldía. Por tanto, no tengáis parte con ellos. En otro tiempo erais tinieblas, ahora en cambio sois luz en el Señor: vivid como hijos de la luz. leer más