Amado Espíritu Santo, Tú quieres que vivamos en fidelidad, y eso en una época en que la infidelidad parece haberse convertido en un estilo de vida. Será un arduo trabajo que tendrás que realizar, porque muchas personas ya no comprenden el sentido de la fidelidad, sea en el matrimonio, en las promesas hechas o incluso en los votos religiosos… A menudo tenemos que volver a aprender lo que significa la fidelidad, la responsabilidad, la constancia, la estabilidad…
Pero ante nuestros ojos tenemos un ejemplo sin igual: Es la fidelidad de Dios. ¡Dios es fiel y jamás abandona su fidelidad! Todo el Antiguo Testamento da testimonio de ello, en contraste con la frecuente infidelidad del pueblo de Israel.
Si nos fijamos en el tiempo en que vivimos, constataremos que lamentablemente son cada vez más las personas que se apartan de la fe y son infieles a Dios. En consecuencia, también resultará más difícil guardar fidelidad en las relaciones humanas.
La situación se pone particularmente difícil, oh Espíritu Santo, cuando en la misma Iglesia tenemos que confrontarnos a la infidelidad. Todos los católicos, desde el más sencillo de los fieles hasta el Papa mismo, estamos llamados a permanecer fieles al Evangelio y al Magisterio de la Iglesia.
