La luz del Hijo de Dios

Después de expresar mi pesar, junto con san Pablo, por el hecho de que tantos judíos no hayan reconocido a Jesús como el Señor, ni en el tiempo en que Él estuvo en la Tierra en medio de ellos, ni cuando los apóstoles dieron testimonio de su Resurrección, ni hasta el día de hoy, quisiera dejar que sea el propio Señor quien hable sobre sí mismo en el Evangelio de hoy. En el testimonio del rabino Eugenio Zolli, conocimos a un judío que reconoció a Jesús como el Mesías. En San Agustín nos encontramos con una persona en busca de la verdad que se dejó tocar por la Palabra de Dios y alineó toda su vida con el Señor. ¡Ojalá muchas más personas se encuentren con la «Luz del mundo» y el «Verbo de Dios», que es Jesús mismo!

Jn 12, 44-50

En aquel tiempo, Jesús gritó diciendo: “El que cree en mí, no cree en mí, sino en aquel que me ha enviado; y el que me ve a mí, ve a aquel que me ha enviado. Yo, la luz, he venido al mundo para que todo el que crea en mí no siga entre tinieblas. Si alguno oye mis palabras y no es capaz de guardarlas, yo no le juzgo, pues no he venido a juzgar al mundo, sino a salvar al mundo. El que me rechaza y no acoge mis palabras, ya tiene quien le juzgue: la palabra que yo he pronunciado lo juzgará el último día; porque yo no he hablado por mi cuenta, sino que el Padre que me ha enviado me ha mandado lo que tengo que decir y hablar, y yo sé que su mandato es vida eterna. Por eso, lo que yo hablo es lo que el Padre me ha dicho a mí.”

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Nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti

Antes de retomar nuestras reflexiones sobre la Iglesia en este Tiempo Pascual, para apreciar aún mejor su belleza y la misión que el Señor le ha encomendado, permitidme que dedique un momento a hablaros de nuestra comunidad Agnus Dei. Estoy escribiendo esta meditación el 24 de abril, fecha en la que se cumple el cuadragésimo sexto aniversario de su fundación.

Puesto que Dios tiene en cuenta todos los detalles y cada día le pertenece, cada fecha tiene una historia valiosa. Por tanto, merece la pena descubrir qué otros acontecimientos han tenido lugar a lo largo de la historia en las fechas que son importantes en nuestra vida. Dado que la Comunidad Agnus Dei es una comunidad religiosa de católicos, veamos primero qué otros sucesos conmemora la Iglesia en el día de su fundación, el 24 de abril.

Dentro de la Orden de San Agustín, ese día se celebra la fiesta de la conversión de san Agustín. De hecho, este santo contribuyó de diversos modos al surgimiento de nuestra comunidad, por lo que le rendimos un homenaje especial cada 24 de abril. Conocemos todo lo que surgió a raíz de su conversión, que ciertamente se debió en gran medida a la intercesión de su madre, santa Mónica. Hasta el día de hoy, la influencia de san Agustín es inestimable tanto para la Iglesia como para las personas que buscan la verdad.

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La iluminación del Pueblo de Israel

En las dos últimas meditaciones, hemos podido constatar con dolor que, en su mayoría, el pueblo judío aún no ha reconocido a Jesús como el Mesías. En los apóstoles y discípulos del Señor vemos que una transición —o, mejor dicho, el cumplimiento y la plenitud del camino por el que Dios los había guiado hasta entonces— no solo era posible, sino que de hecho se produjo, al menos en un «remanente de Israel». Podemos verlo claramente en el caso de san Pablo, que procedía de los círculos más eruditos del judaísmo y que experimentó su conversión e iluminación como una gracia indecible. Dios actuaba con poder y acreditaba el testimonio de su Hijo Jesucristo mediante signos y prodigios. Sin embargo, como la mayor parte del pueblo no lo reconoció, se produjo una brecha cada vez mayor entre judíos y cristianos, y ya no fue posible un camino en común. La consecuencia fue la expulsión de las sinagogas de quienes profesaban la fe en el Mesías, así como la reorganización del judaísmo tras la destrucción del Templo en el año 70 d. C.

Por muy triste que sea esta separación, sin duda era inevitable, pues la aceptación de Jesús como el Mesías era y seguirá siendo el punto decisivo que abre las puertas de la gracia para la humanidad. La decisión de seguir al Hijo de Dios es el momento crucial para que esta gracia que Él nos alcanzó pueda llegar a las personas.

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El dolor de San Pablo por sus hermanos y la expulsión de los judeocristianos de la sinagoga

En la meditación de ayer, nos centramos en la Iglesia y pudimos ver cómo, a pesar de todas las adversidades, se extendió por el mundo entero. Escuchamos los elogios de san Ireneo, quien destacó la unidad en la doctrina y subrayó que a la Iglesia Dios le había confiado la luz que debía iluminar a todos los pueblos. El pasaje citado de su obra concluía con estas hermosas palabras:

«En todas partes la Iglesia predica la verdad, y es el candelabro de las siete lámparas (Ex 25,31.37) que porta la luz de Cristo.»

Al final de la meditación de ayer, reflexionamos brevemente sobre los judíos y, en ese contexto, expresé la esperanza de que, tras el terrible sufrimiento que han experimentado a lo largo de su historia, lleguen finalmente a reconocer al Mesías. ¡Qué bendición supondría para toda la humanidad! Esta afirmación, con la que concluimos la meditación de ayer, hace alusión a las siguientes palabras de san Pablo, que debemos tener presentes una y otra vez:

«Os digo la verdad en Cristo, no miento, y mi conciencia me lo atestigua en el Espíritu Santo: siento una pena muy grande y un continuo dolor en mi corazón. Pues le pediría a Dios ser yo mismo anatema de Cristo en favor de mis hermanos, los que son de mi mismo linaje según la carne. Son israelitas: a ellos pertenece la adopción filial, la gloria, la alianza, la legislación, el culto y las promesas, de ellos son los patriarcas y de ellos procede Cristo según la carne, el cual está por encima de todas las cosas Dios bendito por los siglos. Amén» (Rom 9,1-5).

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La Iglesia: Maestra de las naciones

A nivel litúrgico, seguimos en el tiempo en el que el Señor Resucitado se manifiesta una y otra vez a sus discípulos para fortalecer su fe en la Resurrección y prepararlos para la venida del Espíritu Santo en Pentecostés. Podemos considerar el acontecimiento de Pentecostés como el día de fundación de la Iglesia, que, según nos enseña la fe, es el Cuerpo Místico de Cristo, edificada sobre el fundamento de los profetas y los apóstoles (Ef 2,20). La Iglesia es el «nuevo Israel» que ha creído en el Mesías prometido, que vino a redimir a su pueblo. Todos aquellos que reconocieron el tiempo de la salvación y aprovecharon la hora de la gracia se pusieron al servicio del Redentor y se convirtieron así en testigos de Cristo.

A partir de hoy nos quedan treinta días para llegar a la Solemnidad de Pentecostés y, durante este tiempo, me gustaría insertar algunas reflexiones sobre la Iglesia, que es Una, Santa, Católica y Apostólica, conformada por judíos y gentiles, y que, a lo largo de los siglos, ha sido llamada a llevar la gracia de la Redención de Cristo a los hombres como «Maestra de las naciones».

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Aplicación actual de la historia de San Jorge

En la meditación de ayer, conocimos la historia de san Jorge basándonos en la Leyenda Dorada. Con la fuerza de Cristo, logró salvar a la princesa que iba a ser sacrificada al dragón. A raíz de ello, la población pagana de aquella ciudad se convirtió a la fe cristiana. La meditación concluyó con el siguiente planteamiento:

«Esta historia nos lleva a cuestionarnos qué está sucediendo hoy en día en este mundo que se aleja cada vez más de Cristo: ¿será que el dragón está volviendo a ejercer su dominio sobre la humanidad de diversas maneras?»

En la meditación de hoy, conviene que nos detengamos en esta cuestión. Quien tenga ojos para ver, no podrá pasar por alto el hecho de que, en la actualidad, el mundo se halla bajo una fuerte influencia del mal y, por tanto, está sometido al dominio del dragón. En la historia de San Jorge, este dominio fue quebrantado por la fuerza de Cristo.

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San Jorge: el vencedor del dragón y mártir

Probablemente, hay pocos santos tan conocidos y rodeados de tantas historias y leyendas como san Jorge, cuya fiesta se conmemora hoy en la Santa Misa. Por lo general, se le representa como el matador del dragón y es muy venerado en todo el mundo cristiano, tanto en Oriente como en Occidente. En torno a la matanza del dragón surgió la siguiente historia, que citaré de forma resumida de la Leyenda Dorada de Santiago de la Vorágine:

El caballero Jorge, del linaje de los capadocios, llegó un día a la ciudad de Silca, en la tierra de Libia. Cerca de la ciudad había un enorme lago en el que habitaba un dragón venenoso que, en más de una ocasión, había obligado a todo el pueblo a huir cuando intentaba enfrentarse a él armado. Entonces se acercaba a las murallas de la ciudad y lo contaminaba todo con su aliento venenoso. Los habitantes de la ciudad, que aún eran paganos, le sacrificaban dos ovejas cada día. A medida que el número de ovejas iba disminuyendo, la población se vio obligada a sacrificar a sus propios habitantes, elegidos por sorteo. Así, le llegó también el turno a la hija del rey. Su padre, aunque profundamente dolido, no logró salvarla, pues el pueblo amenazaba con quemarlo a él y a su casa si no acataba la ley que él mismo había promulgado.

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Relación confiada con Dios ­– Reflexiones sobre San Conrado

Sin duda, nos maravillamos ante el testimonio de San Conrado, cuya vida fue tan fecunda en el humilde y agotador servicio de fraile portero, que desempeñó durante cuarenta y un años, hasta tres días antes de su muerte. A través de fray Conrado, los peregrinos que llegaban al santuario de Altötting podían experimentar la presencia de Dios de una forma muy cercana. Él mismo nos reveló algo del «secreto» de su amor, que lo mantenía tan íntimamente unido al Señor.

Por un lado, hemos de admirar una vida así y alabar al Señor por la obra que realizó en él y a través de él. Por otro lado, también debemos agradecer al santo por haber seguido tan atentamente la guía de nuestro Padre celestial y por haberle servido incansablemente a Él y a los hombres. También conviene pedir su intercesión para nuestro propio camino de seguimiento de Cristo. Pero podemos ir un paso más allá y preguntarnos: ¿cómo podemos sacar el mayor provecho posible de la vida de este santo?

Se trata de que también nosotros encontremos la fuente de la que el hermano Conrado bebió en abundancia, de modo que brotaron de su interior ríos de agua viva hacia el mundo (cf. Jn 7,38). Con su habitual sencillez y bondad, nuestro santo nos mostró cómo deberíamos vivir:

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San Conrado de Parzham: apóstol de la santidad

Tras las meditaciones sobre la Resurrección del Señor y las realidades últimas del hombre, me gustaría retomar algo que empecé el año pasado: tratar con frecuencia la vida de los santos del día. No necesariamente serán siempre los santos cuya memoria se celebra en la liturgia del día, sino que también hablaré de aquellos que quizá sean menos conocidos o que solo se veneran a nivel local, pero que también figuran en los santorales.

Todos los santos son verdaderos testigos del Evangelio, tanto si realizaron obras extraordinarias a la vista de todos como si su amor a Dios floreció más bien en lo oculto. Son un don inestimable para la Iglesia y, por tanto, para toda la humanidad. Solo Dios sabe cuántas gracias se han derramado sobre la humanidad gracias a sus vidas.

Hoy pondremos nuestra mirada en san Conrado de Parzham, un santo alemán de quien procede esta memorable afirmación:

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El purgatorio: la purificación tras la muerte

Para completar esta serie de meditaciones sobre las «postrimerías», solo nos queda abordar el tema del purgatorio, que es muy importante, aunque a menudo se malinterpreta. A pesar de su seriedad, la doctrina del purgatorio resulta muy reconfortante.

Debemos asumir que, después de la muerte, la mayoría de las personas aún no están en condición de alcanzar inmediatamente la unión plena con Dios, ya que para ello es preciso estar completamente purificados. Al mismo tiempo, esperamos que el menor número posible de almas —ojalá ninguna— se condenen en el infierno. Esto, por supuesto, queda sometido exclusivamente al Juicio misericordioso y justo de Dios. Desde este trasfondo, podemos comprender el profundo sentido de la doctrina del purgatorio. El lugar de purificación brota de la sabiduría de Dios y constituye un acto de su misericordia. Así, para aquellas personas que durante su vida terrenal no respondieron suficientemente al amor de Dios, aún existe la posibilidad de ser purificados después de la muerte.

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