“FIJAR LA MIRADA EN DIOS”

«No te fijes tanto en tus debilidades y limitaciones; sino en mí, que te he llamado y te sostengo, pase lo que pase» (Palabra interior).

En nuestro camino de seguimiento, esta frase constituye una orientación significativa. A veces puede suceder que nos desanimemos cuando nos enfrentamos a nuestras debilidades y limitaciones. En efecto, no es fácil soportar nuestra propia incapacidad. En esos momentos, difícilmente podemos sacar fuerzas de nosotros mismos y puede que incluso nos sintamos paralizados.

Pero es entonces cuando debemos fijar la mirada en nuestro Padre Celestial, teniendo presente que es Él quien nos ha llamado y que hará todo lo necesario para conducirnos a salvo por el camino hacia la eternidad. Esta certeza nos sostiene cuando nos sentimos profundamente insatisfechos con nosotros mismos. Al mismo tiempo, nos ayuda a reorientar el enfoque de nuestra vida, ya que tanto la seguridad excesiva en nosotros mismos como la inseguridad terminan atándonos a nuestra propia persona.

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Fiesta de San Mateo, apóstol y evangelista: “La paciencia”  

Ef 4,1-7.11-13

Hermanos: Yo, prisionero por el Señor, os exhorto a que viváis de una manera digna de la llamada que habéis recibido: con toda humildad, mansedumbre y paciencia, soportándoos unos a otros por amor, poniendo empeño en conservar la unidad del Espíritu mediante el vínculo de la paz. Pues uno solo es el cuerpo y uno solo el Espíritu, como es una la esperanza a que habéis sido llamados. Hay un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos, que está sobre todos, actúa por todos y está en todos.  A cada uno de nosotros le ha sido concedida la gracia a la medida de los dones de Cristo. Él mismo dispuso que unos fueran apóstoles; otros, profetas; otros, evangelizadores; otros, pastores y maestros, para organizar adecuadamente a los santos en las funciones del ministerio. Y todo orientado a la edificación del cuerpo de Cristo, hasta que lleguemos todos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, al estado de hombre perfecto, a la plena madurez de Cristo.

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