La humildad: preciosa flor en el jardín de Dios

Meditaremos hoy la lectura del XVII Domingo después de Pentecostés, según el calendario tradicional.

Ef 4,1-6

Hermanos: Yo, prisionero por el Señor, os exhorto a que viváis de una manera digna de la llamada que habéis recibido: con toda humildad, mansedumbre y paciencia, soportándoos unos a otros por amor, poniendo empeño en conservar la unidad del Espíritu mediante el vínculo de la paz. Pues uno solo es el cuerpo y uno solo el Espíritu, como una es la esperanza a que habéis sido llamados. Hay un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos, que está sobre todos, actúa por todos y está en todos.

Desde su prisión, que el Apóstol de los Gentiles sufre por causa de Cristo, exhorta a la Comunidad a vivir conforme a la dignidad de su vocación. Ésta es una exhortación muy profunda, que nos exige examinar una y otra vez nuestra vida ante Dios. Así, evitaremos toda ligereza y frivolidad, en las que podríamos caer si olvidamos esta advertencia.

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“VIVIR COMO HIJOS DEL PADRE”

«Yo seré para vosotros Padre, y vosotros seréis para mí hijos e hijas, dice el Señor Todopoderoso» (2Cor 6,18).

En el Mensaje a la Madre Eugenia Ravasio, Dios Padre nos recuerda estas palabras del Nuevo Testamento: «Os he revestido con el verdadero espíritu de la nueva Ley». Con ello alude a la nueva alianza que ha sellado con los suyos a través de su Hijo: «Porque la Ley fue dada por Moisés; la gracia y la verdad vinieron por Jesucristo» (Jn 1,17).

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