PARTE III: Intacta en su pureza   

ESCENA 12

PREFECTO MINUCIO RUFO: Hoy abro la última sesión de este proceso, para anunciar pública y solemnemente la sentencia contra la acusada. ¡Levántate, acusada, para escuchar el dictamen de la Suprema Corte de Justicia de Roma! En nombre del Augusto Emperador, de la santa Ciudad de Roma y del pueblo romano. En su duodécimo año de vida, la virgen Inés, hija del patricio Honorio Plácido y su esposa Laurencia, ha sido acusada de alta traición y de blasfemia. Después de haber investigado los hechos y examinado justa e imparcialmente a la persona de la acusada en sus actos y omisiones, ponderando el grado de su responsabilidad y el peso de sus propias declaraciones, dictamos la siguiente sentencia: La acusada es hallada culpable de blasfemia. Aunque la acusada afirme que renunciar a nuestros dioses no necesariamente implica blasfemar contra ellos, es evidente que la fe en los dioses resulta del todo incompatible con la doctrina cristiana. Por tanto, la sentencia contra la virgen Inés, acusada y condenada por blasfemia contra los dioses, es: a perpetuidad el trabajo forzado más despreciable, en un burdel del más bajo nivel.

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“TODO PROCEDE DE NUESTRO PADRE”  

«Cuando el alma contemple algo bello y encantador, que considere cuánto más bello, encantador y bueno es Aquel que lo hizo. Así se dirigirá directamente hacia Aquel que todo lo creó. Si escucha una dulce melodía u otra cosa que la deleite, que diga: ‘¡Oh! Qué adorable debe ser la voz de Aquel que un día te llamará y de quien emana toda la gracia y la armonía de la voz’». (Santa Matilde de Magdeburgo).

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PARTE II: Firme en la tribulación   

ESCENA 7

CLAUDIO (en la Corte Suprema de Justicia): Vengo a poner una denuncia pública contra la virgen Inés, hija del patricio Honorio Plácido y su esposa Laurencia. Los cargos que presento contra ella son blasfemia y alta traición. Para evitar una fuga, solicito inmediata aprehensión de la acusada.

AMBROSIO (en la homilía): Fue así como la pequeña Inés, contando apenas 12 años de vida, fue encadenada y encerrada en un calabozo… En la prisión y en el proceso, la doncella demostró que verdaderamente pertenecía al séquito del Cordero, no solo habiendo preservado a todo precio su virginidad, sino también en cuanto que “no se halló mentira en su boca” y la veracidad resplandecía en cada una de sus palabras.

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En la escuela de los padres del desierto (IV): “El combate por la pureza”

Durante las tres últimas meditaciones, desarrollamos un consejo indirecto que nos da San Antonio Abad, un sabio padre del desierto. En este contexto, reflexionamos sobre el combate en lo que escuchamos, hablamos y miramos, y vimos cuán necesario es colocar estos importantes ámbitos de la vida humana bajo el dominio de Dios y defenderlos contra múltiples ataques.

“El que está sentado en el desierto y procura tener el corazón calmado, ha quedado a salvo de tres combates: el de la escucha, el del habla y el de la vista. Sólo le queda un combate por librar: la lucha contra la impureza.”

Entonces, nos queda ahora por tratar la lucha contra la impureza, que es uno de los combates más difíciles para el hombre. No sólo se refiere a la impureza a nivel corporal; sino también a las inclinaciones desordenadas a nivel espiritual y psicológico. Pero en esta ocasión nos enfocaremos en la dimensión corporal.

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“LLEVAR EN EL CORAZÓN A TODAS LAS PERSONAS”  

«Lleva en el corazón a todas las personas y tráelas a mí» (Palabra interior).

¿Cómo hacer realidad esta palabra?

Pensemos en nuestro Padre celestial. Él lleva en su corazón a todas las personas, sin excepción, y conoce a cada una por su nombre. Sin duda, quiere salvar a todas y conducirlas de regreso a su hogar eterno. Para ello, envió a su propio Hijo al mundo.

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“LA HUMILDAD ES LA VERDAD”  

«La humildad es la verdad; nos sitúa de nuevo en nuestra condición real, porque, en realidad, ¿qué somos ante Dios?» (Santa Francisca Saverio Cabrini).

La humildad es la verdad y, por tanto, nos despierta a una visión real de nuestra vida. ¡Qué absurda es la soberbia, que empaña nuestra mirada y, con el tiempo, nos ciega! Basta con pensar en el ángel caído, que se embriagó de su propia belleza y, en su delirio, se rebeló contra nuestro Padre Celestial.

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En la escuela de los padres del desierto (III): “El combate en lo que miramos”

Retomemos una vez más la meditación de estas palabras de San Antonio Abad:

“El que está sentado en el desierto y procura tener el corazón calmado, ha quedado a salvo de tres combates: el de la escucha, el del habla y el de la vista. Sólo le queda un combate por librar: la lucha contra la impureza.”

Los dos últimos días, habíamos reflexionado acerca del combate contra lo que escuchamos y contra lo que hablamos. Hoy nos dedicaremos a la lucha en relación con lo que miramos.

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