Hoy concluimos la serie sobre los «grandes engaños». En las meditaciones anteriores, he señalado repetidamente que el autoengaño empaña la luz del discernimiento espiritual. Así, uno se vuelve más propenso a caer en los engaños que se nos presentan en el mundo e incluso en la Iglesia.
Ayer mencioné que la superación del autoengaño no solo es importante en el ámbito personal y para nuestro testimonio cristiano, sino también para hacer frente a los engaños de un anticristo. Si nos volvemos ciegos espiritualmente, no estaremos preparados para resistir. También sobre el tema del Anticristo recomiendo escuchar esta conferencia que he preparado al respecto: https://www.youtube.com/watch?v=xzGrEYm-kfA
En mi opinión, uno de los engaños más graves que se han extendido en la Iglesia es la idea de que todas las religiones son caminos hacia Dios. Así lo expresó literalmente el predecesor de León XIV, Francisco. Esta postura también se transmitió indirectamente en el «Documento sobre la Fraternidad Humana» firmado en Abu Dabi. Asimismo, se refleja en las repetidas afirmaciones de que los judíos tienen su propio camino de salvación y, por tanto, no sería necesario predicarles el evangelio, entre otras declaraciones similares.
Un caso especialmente doloroso de engaño se produjo cuando se creyó que se podía venerar públicamente una figura de la Pachamama en los Jardines Vaticanos, y esta fue introducida con muestras de reverencia en la Basílica de San Pedro.
Es evidente que un «espíritu de engaño» está intentando relativizar el mensaje de salvación de Cristo y despojar a la Iglesia de su identidad más profunda. Ciertamente, Dios puede y quiere salvar a aquellas personas que, sin culpa alguna de su parte, no hayan llegado a conocer suficientemente el mensaje del Señor. La Iglesia nunca ha enseñado nada distinto al respecto. Sin embargo, al mismo tiempo, ha enfatizado que en la Persona de Jesucristo se ofrece la salvación a todos los hombres y que es tarea de la Iglesia anunciarlo a todos los pueblos. Este es el mandato del Señor Resucitado a sus discípulos (Mt 28,19-20), que incumbe a todo aquel que ha abrazado la fe en la verdad.
En los ejemplos mencionados, ya nos encontramos con formas de apostasía, es decir, el alejamiento de la fe revelada. Si se cree que todas las religiones están al mismo nivel y que todas conducen a Dios, entonces ya no se está anunciando el mensaje del Evangelio ni se puede apelar a la doctrina de la Iglesia. Más bien, se ha caído en ideologías, fábulas y otros errores, adaptándose al espíritu del mundo. La aceptación de tales afirmaciones erróneas también conduce al autoengaño, si es que no ha sido propiciada por un autoengaño preexistente.
En el marco de esta meditación sobre los engaños en la Iglesia, que por desgracia son muy numerosos, me gustaría citar un pasaje bíblico que describe con precisión gran parte de lo dicho:
«Pero tú, permanece firme en lo que has aprendido y creído, ya que sabes de quiénes lo aprendiste, y porque desde niño conoces la Sagrada Escritura, que puede darte la sabiduría que conduce a la salvación por medio de la fe en Cristo Jesús. Toda la Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para argumentar, para corregir y para educar en la justicia, con el fin de que el hombre de Dios esté bien dispuesto, preparado para toda obra buena. En la presencia de Dios y de Cristo Jesús, que va a juzgar a vivos y muertos, por su manifestación y por su reino, te advierto seriamente: predica la palabra, insiste con ocasión y sin ella, reprende, reprocha y exhorta siempre con paciencia y doctrina. Pues vendrá un tiempo en que no soportarán la sana doctrina, sino que se rodearán de maestros a la medida de sus pasiones para halagarse el oído. Cerrarán sus oídos a la verdad y se volverán a los mitos. Pero tú sé sobrio en todo, sé recio en el sufrimiento, esfuérzate en la propagación del Evangelio, cumple perfectamente tu ministerio» (2Tim 3,14-17; 4,1-5).
Para afrontar lo que estamos viviendo y lo que aún está por venir, es necesario estar profundamente arraigados en el amor y en la verdad. Esto significa llevar nuestra vida con sinceridad y transparencia ante Dios y no engañarnos a nosotros mismos. Siempre tenemos la oportunidad de cambiar o de mejorar, pues un Padre amoroso nos espera cuando hemos fallado. Él sale a nuestro encuentro con su inefable misericordia, pero espera confianza y sinceridad por nuestra parte. Si le pedimos que coloque todo bajo su luz, Dios nos hará ver nuestras faltas y actitudes erróneas. No hay razón alguna para tener miedo de Él, pues siempre tiene en vista nuestra salvación. Con nosotros mismos, en cambio, debemos estar atentos para no sucumbir a nuestras inclinaciones humanas, justificarlas y, con el tiempo, hacer como si no existieran.
En lo referente a la situación del mundo y de la Iglesia, debemos aprender a ver la realidad con los ojos de Dios. Lo normal sería que, ante los peligros actuales, la jerarquía eclesiástica acudiera en ayuda de los fieles brindándoles orientación y consejo. Lamentablemente, esto no está sucediendo porque, al parecer, muchos responsables han caído ellos mismos en un engaño y, por tanto, son cada vez menos capaces de distinguir a los lobos de las ovejas.
Aquí viene en nuestra ayuda la acertada exhortación de san Pablo a Timoteo: «Pero tú, permanece firme en lo que has aprendido y creído.»
Para nosotros, esto significa permanecer fieles a la Sagrada Escritura y a la auténtica doctrina de la Iglesia, «pues vendrá un tiempo en que (…) cerrarán sus oídos a la verdad y se volverán a los mitos».
Si lo ponemos en práctica y no decaemos en el camino de la santidad, el Señor, en su gracia, nos sostendrá en estos tiempos oscuros y mantendrá nuestros ojos y oídos abiertos para ver y escuchar, de modo que podamos rechazar los engaños, tanto interiores como exteriores.
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Meditación sobre el evangelio del día: https://es.elijamission.net/el-rechazo-del-evangelio-y-sus-consecuencias-3/
