NOTA: Siguiendo el calendario tradicional, se celebra hoy la Solemnidad de la Preciosa Sangre del Señor. Escucharemos, pues, el Evangelio previsto para esta ocasión.
Jn 19,30-35
Jesús, cuando probó el vinagre, dijo: “Todo está consumado”. E inclinando la cabeza, entregó el espíritu. Como era la Parasceve, para que no se quedaran los cuerpos en la cruz el sábado, porque aquel sábado era un día grande, los judíos rogaron a Pilato que les rompieran las piernas y los retirasen. Vinieron los soldados y rompieron las piernas al primero y al otro que había sido crucificado con él. Pero cuando llegaron a Jesús, al verle ya muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados le abrió el costado con la lanza. Y al instante brotó sangre y agua. El que lo vio da testimonio, y su testimonio es verdadero; y él sabe que dice la verdad para que también vosotros creái
En la solemnidad de la Preciosa Sangre de Nuestro Señor Jesucristo, que se celebra cada 1 de julio según el calendario tradicional, nuestra mirada y nuestro corazón se dirigen una vez más hacia el inolvidable suceso del Calvario, que se actualiza día a día en el sacrificio de la Santa Misa. Aunque nunca podremos abarcarlo del todo con nuestro entendimiento, sí podemos maravillarnos ante el amor que se nos revela en la cruz y adorarlo.
¿Puede acaso haber un amor más grande? ¡Desde luego que no!
Al contemplarlo desde la perspectiva del amor, podremos comprender lo más profundamente posible el acontecimiento de la cruz y adentrarnos íntimamente en el misterio del amor de Dios. La cruz es el camino que el Padre celestial escogió, movido por su amor hacia nosotros. Al mismo tiempo que era el medio para liberar a los hombres de las cadenas de la culpa, fue también la manifestación más clara de hasta dónde llega el amor que Dios nos tiene. El hecho de que descendiera de la gloria del cielo a la tierra y asumiera nuestra condición humana ya es sobrecogedor. La venida del Hijo de Dios al mundo, aun sabiendo que el hombre le rechazaría, perseguiría y crucificaría, supera todo lo que podríamos imaginar.
Si nos preguntamos por qué Dios asumió todo esto, no podremos pasar por alto el amor. ¿Por qué, amado Dios, lo hiciste? ¿Por qué asumiste tanto sufrimiento? Él ya nos ha dado la respuesta: ¡el amor le instó a hacerlo! Dios quería salvar al género humano y no dejarlo a merced de Satanás, para que no quedaran privados de su amor y perdieran para siempre la comunión con Él.
Pero este amor conllevaba un gran sufrimiento. En el Huerto de Getsemaní vemos cómo nuestro Señor Jesucristo acepta una vez más el sufrimiento que tendría que sobrellevar por amor a los hombres y por su salvación. La Sagrada Escritura es muy realista y para nosotros es muy provechoso tomar conciencia de ello. No debemos pensar que, por haber decidido seguir al Señor, uno es capaz de aceptar todos los sufrimientos con una sonrisa en el rostro. En Getsemaní, Jesús pidió tres veces al Padre que, si era posible, el cáliz pasara sin tener que beberlo (Mt 26,39-44). Sin embargo, inmediatamente sometió su voluntad a la del Padre, que le había enviado.
El «sí» de Jesús a la voluntad del Padre, que le hizo capaz de recorrer el camino de la Cruz hasta el final, es inconmensurable. Este «sí» brotó de la fuente más profunda: el amor al Padre. Al mismo tiempo, se nos revela aquí el amor del Padre, que envió a su propio Hijo para la salvación del mundo. Para nosotros, es el ejemplo de cómo afrontar el peso de una cruz: decir «sí» a la voluntad del Padre. Entonces Él enviará a sus ángeles para reconfortarnos (cf. Lc 22,43).
Al contemplar el «sí» de Jesús, puede despertar en nuestro corazón la gratitud y darnos fuerzas para seguir a Aquel que derramó su Preciosa Sangre por nosotros. Tenemos la gracia de poder recibir los sacramentos de la Iglesia y dejarnos rociar siempre con la sangre de Jesús. Ésta tiene el poder de limpiarnos de nuestros pecados, pues comprendemos que la sangre de Cristo es su amor redentor, que se derrama sobre nosotros y quiere liberarnos de todas las manchas de nuestras almas. Al recordárnoslo hoy con una gran fiesta, la Iglesia nos lleva al origen de nuestra Redención para despertar nuestra gratitud y mostrarnos el infinito valor de la sangre del Salvador.
La epístola que la Iglesia ha escogido para este día dice así: «Cristo, al presentarse como Sumo Sacerdote de los bienes futuros a través de un Tabernáculo más excelente y perfecto -no hecho por mano de hombre, es decir, no de este mundo creado- y a través de su propia sangre -no de la sangre de machos cabríos y becerros-, entró de una vez para siempre en el Santuario y consiguió así una redención eterna (…). Y por esto es mediador de una nueva alianza, de modo que, al haber muerto para redimir las transgresiones cometidas bajo la primera alianza, los que han sido llamados reciban la herencia eterna prometida» (Hb 9,11-15).
Del mismo modo que el ángel exterminador pasó por alto las casas de los israelitas y no mató a sus primogénitos cuando encontraba los dinteles untados con la sangre del cordero (cf. Ex 12,7), así también el ángel exterminador pasará por alto a quienes encuentre cubiertos por la sangre del Cordero de Dios.
