El autoengaño (IV): Consecuencias del autoengaño a la hora de reconocer y defender la verdad  

Consecuencias del autoengaño a la hora de reconocer y defender la verdad

El autoengaño, sobre el que hemos reflexionado en las tres últimas meditaciones, puede repercutir negativamente en el discernimiento de los espíritus en general. Ya en el ámbito natural, podemos observar que, cuando las personas sobreestiman sus capacidades, pasan por alto sus debilidades y no aceptan ciertas limitaciones, su visión para juzgar correctamente las cosas se ve empañada e, incluso, puede desaparecer por completo. Están cegadas por una imagen errónea de sí mismas.

Al igual que les cuesta verse a sí mismas tal y como son, también resulta difícil que vean a los demás y las cosas y circunstancias que se presentan con una mirada sobria y clara.

Recordemos que estamos llamados a examinarnos a nosotros mismos y todo lo que nos rodea a la luz de Dios y a actuar en consecuencia. Esto también se aplica a los acontecimientos que tienen lugar en el mundo. A continuación, me gustaría señalar dos ejemplos de prácticas que se han vuelto habituales en el mundo, e incluso se fomentan, pero que no pueden resistir ante Dios. Lo trágico es que gran parte de la jerarquía eclesiástica ya no brinda el debido apoyo a los fieles para afrontar las confusiones que se les presentan en el mundo, sino que, en parte, incluso contribuye a dicha confusión.

Veamos dos ejemplos.

Como católicos, sabemos que el matrimonio es un sacramento y que solo se puede contraer un nuevo vínculo si el cónyuge ha fallecido o se ha declarado la nulidad del primer matrimonio.

Lo sabemos gracias a las Sagradas Escrituras y a la doctrina de la Iglesia, así como a nuestra percepción interior. Esto nos proporciona un criterio de discernimiento claro al que debemos aferrarnos en la fe. Sin embargo, esto se complica cuando vivimos en un entorno que no reconoce esta verdad o que no la considera vinculante, una postura que incluso ha empezado a extenderse en ámbitos católicos. Es posible que incluso afecte a nuestros familiares más cercanos o a nuestro círculo de conocidos.

En estos casos, se necesita una gran firmeza y claridad para mantenerse fiel a la fe aun frente a las dificultades, tribulaciones y opiniones contrarias. Pero, si vivimos en un autoengaño, aunque sea solo parcial, nuestra integridad personal se ve debilitada y la luz de la verdad no puede iluminarnos con todo su esplendor. En su lugar, aparecen fuegos fatuos que nos ciegan y debilitan.

Recordemos que, cuando caemos en el autoengaño, en lugar de reconocer nuestra pecaminosidad y debilidad, y de recibir la fuerza que necesitamos a través de la misericordia y la gracia de Dios, una niebla invade nuestra vida. En consecuencia, podemos vernos privados de la fuerza y la voluntad necesarias para aferrarnos a la verdad. En el peor de los casos, podríamos llegar a dejarnos engañar por el entorno y por el espíritu del mundo. Sabemos que hoy en día se tiende a relativizar también los otros pecados que atentan contra el sexto mandamiento, como las relaciones sexuales prematrimoniales o la masturbación. Existe un claro peligro de que se les quite gravedad o incluso se consideren como «comportamientos normales».

Nuevamente, lo trágico es que hoy en día puede suceder que ni siquiera en la Iglesia se enseñe y proclame la moral de forma inequívoca, conforme a las Sagradas Escrituras y la recta doctrina. En este caso, lamentablemente, hay que asumir que el espíritu del engaño se ha infiltrado incluso en la Iglesia y que quienes siembran confusión viven ellos mismos sumidos en un autoengaño.

Esto se manifiesta claramente en lo referente a la homosexualidad practicada. Como sabemos, hay países en los que, desde hace algún tiempo, se intenta fomentar la homosexualidad y otras formas desordenadas de sexualidad. Se ha llegado al punto de celebrar «bodas gay» y de permitir la adopción de niños por parte de parejas homosexuales, entre otras cosas. En algunos países, especialmente en aquellos que anteriormente estaban marcados por la fe cristiana, se ha creado un ambiente en el que la lucha por los derechos de los homosexuales se concibe como una lucha por la libertad. Cualquier opinión que lo ponga en duda es objeto de un creciente rechazo social.

Al mismo tiempo, en la Iglesia católica tenemos que presenciar cómo muchos de sus líderes ya no se adhieren sin reservas y con toda claridad a la revelación bíblica y a la doctrina católica que se deriva de ella. Con la premisa de incluir a todos en la Iglesia, se está dejando de guiar a las personas homosexuales para que sometan sus inclinaciones desordenadas a Dios y vivan conforme a sus mandamientos. Incluso se escuchan pretensiones por parte de la jerarquía de considerar la homosexualidad practicada como una expresión legítima de la sexualidad.

Sin embargo, se trata de un gran engaño, pues las Sagradas Escrituras y la doctrina de la Iglesia afirman inequívocamente que la práctica homosexual no corresponde al plan de Dios. Por muy cierto que sea que hay que tratar con amor cristiano a las personas con tales inclinaciones, sin menospreciarlas ni hablar de ellas de forma despectiva, resulta devastador relativizar o incluso justificar una práctica contraria a la voluntad de Dios. Eso sería una gran ofensa contra la verdad y, por tanto, contra Dios, y también una falta contra la persona que tiene esas inclinaciones.

¡Qué confusión!

Mañana seguiremos hablando sobre los grandes engaños…

______________________________________________________

Meditación sobre la lectura del día: https://es.elijamission.net/dios-permanece-fiel-a-si-mismo/

Meditación sobre el evangelio del día: https://es.elijamission.net/obreros-para-la-mies-4/

Descargar PDF