“AFERRÉMONOS SIEMPRE AL SEÑOR” 

«Aférrate siempre a mí y adéntrate en lo más profundo de tu ser» (Palabra interior).

Pase lo que pase, por muchas tribulaciones que nos sobrevengan a nivel exterior e interior, y aunque no seamos capaces de percibir la presencia de Dios en medio de ellas, la frase de hoy nos exhorta a aferrarnos siempre a nuestro Padre. En efecto, no son los sentimientos los que pueden darnos seguridad en nuestro camino con Dios a lo largo del tiempo, sino su palabra y su voluntad de guiarnos. De ellas podemos fiarnos sin cuestionamientos ni dudas.

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¡Que nadie se engañe!

1Cor 3,18-23

¡Que nadie se engañe! Si alguno de vosotros se cree sabio según los criterios de este mundo, mejor es que se vuelva necio, para llegar a ser sabio. Pensad que, para Dios, la sabiduría de este mundo no es más que necedad. En efecto, dice la Escritura: “El que enreda a los sabios en su propia astucia.” Y también: “El Señor conoce cuán vanos son los pensamientos de los sabios”. Así que nadie se gloríe en las personas, pues todo es vuestro; ya sea Pablo, Apolo, Cefas, el mundo, la vida, la muerte, el presente, el futuro…, todo es vuestro. Y vosotros sois de Cristo, y Cristo, de Dios.

En las primeras palabras de esta lectura, San Pablo nos da una importante indicación, con la que introduce sus posteriores reflexiones: “¡Que nadie se engañe!” –nos dice. ¡Éste es, en efecto, un tema muy importante para la vida espiritual!

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“LO MÁS ÍNTIMO DEL CORAZÓN” 

«La raíz del amor debe ser lo más íntimo de tu corazón; de esa raíz no puede brotar sino el bien» (San Agustín).

En un primer momento, esta afirmación de san Agustín puede sorprendernos. Se nos vienen a la mente las palabras de Jesús:

«Del interior del corazón de los hombres proceden los malos pensamientos, las fornicaciones, los robos, los homicidios, los adulterios, los deseos avariciosos, las maldades, el fraude, la deshonestidad, la envidia, la blasfemia, la soberbia y la insensatez. Todas estas cosas malas proceden del interior y hacen impuro al hombre» (Mc 7,21-23).

El santo hace alusión al corazón nuevo que Dios quiere concedernos y se refiere a un corazón purificado en el que el Señor mismo ha puesto su morada. Una vez que nuestro Padre habite en nosotros, sucederá realmente lo que describe san Agustín y el Espíritu clamará en nosotros: “¡Abbá, Padre!” (Gal 4,6).

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Vencer la actitud terrenal

1Cor 3,1-9

Yo, hermanos, no pude hablaros como a personas espirituales, sino como a carnales, como a niños en la fe de Cristo. Os di a beber leche, y no alimento sólido, pues todavía no lo podíais soportar. Y ni siquiera ahora lo soportáis, pues seguís siendo carnales. Porque, mientras haya entre vosotros envidia y discordia, ¿no creéis que seguís siendo carnales y vivís a lo humano? Cuando dice uno: “Yo soy de Pablo”, y otro: “Yo soy de Apolo”, ¿no estáis procediendo según criterios humanos? ¿Quién es, pues, Apolo? ¿Y quién es Pablo?… ¡Servidores, por medio de los cuales habéis creído! Cada uno trabajó según el designio del Señor: yo planté y Apolo regó, mas fue Dios quien proporcionó el crecimiento. De modo que el que planta y el que riega nada son, sino Dios, que proporciona el crecimiento. Además el que planta y el que riega son una misma cosa, si bien cada cual recibirá el salario según su propio trabajo. Nosotros somos colaboradores de Dios, y vosotros, el campo que Dios cultiva, el edificio que Dios construye.

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“LA GRACIA DEL RETORNO” 

«Alejarse de ti es MORIR. Volver a ti es RESUCITAR. Morar junto a ti es VIVIR» (San Agustín).

Nuestra vida espiritual muere cuando abandonamos el camino de Dios y volvemos a aferrarnos a las promesas de este mundo. La vida de la gracia que antes nos había sostenido comienza a extinguirse. La cercanía directa, tierna y natural de Dios, que otorga verdadero sentido a la vida, se desvanece.

En cierta medida, esto también sucede cuando descuidamos la vocación que nuestro Padre nos ha concedido y acabamos perdiéndola. Entonces, el impulso de la gracia que acompaña al llamado de Dios se va debilitando y, aunque nos mantengamos fieles a sus mandamientos por el resto de nuestra vida, queda algo insatisfecho en nuestra alma.

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Resistencia contra el mal

Lc 4,31-37

En aquel tiempo, Jesús bajó a Cafarnaún, población de Galilea, y los sábados les enseñaba. La gente quedaba asombrada de su doctrina, porque hablaba con autoridad. Había en la sinagoga un hombre que tenía el espíritu de un demonio impuro y se puso a gritar a grandes voces: “¡Ah! ¿Qué tenemos nosotros contigo, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a destruirnos? Sé quién eres: el Santo de Dios.” Jesús entonces le conminó: “Cállate y sal de él.” Y el demonio, arrojándole en medio, salió de él sin hacerle ningún daño. Todos quedaron pasmados y se decían unos a otros: “¡Qué palabra ésta! Da órdenes con autoridad y poder a los espíritus impuros, y los hace salir.” Así que su fama se extendió por todos los lugares de la región.

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