«¡Ven, hijo mío, ven! ¡Ve, hijo mío, ve, pero no vaciles!» (Palabra interior).
Siempre está vigente la invitación a acudir a Dios y buscarle con el corazón. Aunque nuestro Padre ya haya establecido su morada en nuestro interior, desea que nuestra unión con Él se profundice cada día más al cultivar la relación de amor con el Señor.
Por otro lado, aún tenemos por delante el conocimiento pleno del amor y la gloria de Dios, tal y como atestigua el apóstol san Pablo: «Ahora vemos como en un espejo, borrosamente; entonces veremos cara a cara. Ahora conozco de modo imperfecto, entonces conoceré como soy conocido» (1Cor 13,12).
En el Mensaje a la Madre Eugenia Ravasio, nuestro Padre Celestial lo expresa así: «Hijos míos, no os describiré toda la magnitud de mi infinito amor, porque basta con abrir los Libros Sagrados, contemplar el Crucifijo, el Sagrario y el Santísimo Sacramento para comprender hasta qué punto os he amado».
Será en la eternidad cuando se nos revele plenamente el amor de Dios, cuando le contemplemos cara a cara. El anhelo de la eternidad nos impulsará a acelerar nuestros pasos para alcanzarla.
Al mismo tiempo, nuestro Padre nos incorpora al servicio del amor, pues todas las personas están llamadas a conocer su amor y esperan el testimonio de sus mensajeros. Ni el venir ni el ir admiten vacilaciones. Nada debe detenernos cuando se trata de ir en busca del amor del Padre y anunciarlo de palabra y de obra: ni los respetos humanos, ni una falsa humildad que nos haga sentirnos incapaces, ni el temor a lo que pueda sobrevenirnos…
En contraste con la vacilación, ¡no hay tiempo que perder! «Comportaos sabiamente ante los de fuera, aprovechando bien el tiempo», nos exhorta san Pablo (Col. 4,5). ¿Acaso hay mayor sabiduría en el mundo que convertirnos en testigos del amor de nuestro Padre, unidos a Él?
