«No te fijes tanto en tus debilidades y limitaciones; sino en mí, que te he llamado y te sostengo, pase lo que pase» (Palabra interior).
En nuestro camino de seguimiento, esta frase constituye una orientación significativa. A veces puede suceder que nos desanimemos cuando nos enfrentamos a nuestras debilidades y limitaciones. En efecto, no es fácil soportar nuestra propia incapacidad. En esos momentos, difícilmente podemos sacar fuerzas de nosotros mismos y puede que incluso nos sintamos paralizados.
Pero es entonces cuando debemos fijar la mirada en nuestro Padre Celestial, teniendo presente que es Él quien nos ha llamado y que hará todo lo necesario para conducirnos a salvo por el camino hacia la eternidad. Esta certeza nos sostiene cuando nos sentimos profundamente insatisfechos con nosotros mismos. Al mismo tiempo, nos ayuda a reorientar el enfoque de nuestra vida, ya que tanto la seguridad excesiva en nosotros mismos como la inseguridad terminan atándonos a nuestra propia persona.
En cambio, cuando fijamos la mirada en nuestro Padre, obtenemos esa serena seguridad que brota de su amor. Vivimos porque Él está ahí. Vivimos porque Él nos ha llamado a la vida. Vivimos porque su amor por nosotros no cesa jamás. ¡Dios sigue creyendo en nosotros! Su amor no vacila ni nos abandona, ni siquiera cuando nos cuesta soportarnos a nosotros mismos.
Así es como cambia nuestra vida y nuestro Padre se convierte en nuestro enfoque. Ya no nos colocamos a nosotros mismos en el centro de atención, pues Dios ha ocupado ese lugar y guía nuestros pasos. Quizá no hayamos superado aún todas nuestras debilidades y limitaciones, pero estas ya no nos llevan a centrarnos constantemente en nosotros mismos, sino que la sabiduría del Padre puede incluso valerse de ellas para que le miremos más a Él que a nosotros mismos.
