En honor a Santa Juana de Arco: “Reflexión final”  

Me alegro por y con cada uno de los oyentes que han seguido esta serie de doce meditaciones sobre la Doncella de Orléans. No es la primera vez que escribo sobre ella y, si Dios quiere, tampoco será la última. De hecho, cada vez que relato su historia es como si fuera la primera vez. Sin duda, esto se debe a que Juana de Arco es una mujer de fe que llevó a cabo una misión encomendada por Dios. Por ella, ¡nunca se terminará de agotar! Invito a todos mis oyentes a consultar mis publicaciones previas sobre ella y a escuchar la radionovela que creamos en su honor: https://www.youtube.com/watch?v=dE3SJZIdmJs

El título de esta serie –“En honor a Santa Juana de Arco”– deja clara mi intención: honrar a la Doncella, que sufrió la deshonra y la terrible muerte en la hoguera por defender su misión. Por desgracia, a menudo se ha malinterpretado su figura y no se ha tenido en cuenta que la gloria corresponde en primer lugar a Dios, quien intervino en la historia de Francia a través de ella y llevó a cabo esta obra con su cooperación. Si lo olvidamos o lo dejamos en un segundo plano, entonces no habremos entendido lo esencial y permaneceremos atrapados en la dimensión meramente humana al reflexionar sobre los acontecimientos relacionados con Juana de Arco.

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Santa Juana de Arco: “La mayor victoria de Juana”  

¿Qué había sucedido con la heroica Juana de Arco, que se había mantenido firme en tantas pruebas y nunca había dudado de su misión?

Pensemos, en este contexto, en san Pedro: ¿acaso no le había demostrado una y otra vez su amor a Jesús? ¿No lo había dejado todo para seguirlo (Mt 19,27)? ¿No había asegurado que estaba dispuesto a morir por Él (Mt 26,35)? Pero, ¿qué sucedió? Ya lo sabemos: en el momento del peligro, negó tres veces al Señor y luego lloró amargamente (Lc 22,55-62).

¿Y qué pasó con Juana de Arco tras su retractación?

El obispo Cauchon acudió a su prisión unos días después, acompañado de otros prelados. Le preguntó si, desde el jueves, el día en que se había retractado, había vuelto a oír las voces de sus santas. Juana respondió afirmativamente y exclamó:

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“UNA AUTÉNTICA CONVERSIÓN”

«¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan abundante mientras yo aquí me muero de hambre! Me levantaré e iré a mi padre y le diré: ‘Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo; trátame como a uno de tus jornaleros» (Lc 15,17-19).

Este es un pasaje clásico que describe la conversión de una persona. A veces sucede que, solo a través de la necesidad que Dios permite que nos sobrevenga, nos percatamos de cuán bajo hemos caído. Se dice que la miseria enseña a orar. Así sucedió con el hijo pródigo, que, como sabemos, reclamó a su padre la herencia y luego la despilfarró con ligereza. Las consecuencias eran evidentes, pero primero tuvo que experimentarlas en carne propia para admitirlo.

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 “LA VERDADERA VIDA”

«El que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la encontrará» (MT 16,25).

 Al igual que habíamos meditado ayer, la frase de hoy nos habla de la verdadera vida. Desde la perspectiva de Dios, la auténtica vida es aquella que se desarrolla en unión con Él y conforme a su voluntad. Solo entonces se revela el sentido más profundo de la existencia, en el que también las obligaciones naturales ocupan el lugar que Dios les ha asignado. En cambio, si no se ha producido un verdadero encuentro con el Señor, la vida se limita a su dimensión natural y no llega a despertar realmente. Por tanto, no logra captar el sentido más profundo de la existencia. leer más

Santa Juana de Arco: “La retractación de Juana”  

Juana había soportado las terribles penurias de los interrogatorios, los degradantes acosos de los guardias ingleses, las duras condiciones de reclusión y los diversos intentos de los jueces por acusarla de hereje. Ni siquiera la amenaza de tortura la había doblegado. Con el apoyo de las santas que la acompañaban, se mantuvo inconmovible y dijo a quienes amenazaban con torturarla: «En verdad, aunque me rompierais los miembros y separaseis el alma del cuerpo, no podría deciros otra cosa. Y si me obligaseis a hablar, siempre diría que me habéis hecho hablar por la fuerza».

A medida que aumentaba la presión, al escuchar los cargos que se le imputaban y al exigírsele una y otra vez que se sometiera al juicio de la Iglesia, ella apeló a Dios como último Juez y pidió que la llevaran ante el Papa.

Juana testificó: «He pedido consejo a mis voces para saber si debo someterme a la Iglesia, pues los clérigos me presionaban con vehemencia. Me han respondido que, si quiero que Nuestro Señor me ayude, debo confiarme a Él en todo».

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“SEGUIR AL SEÑOR CON CONFIANZA”

«Si alguno quiere venir detrás de mí, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz y que me siga» (Mc 8,34).

Seguir a Cristo significa hacer realidad el plan que Dios ha trazado para nuestra vida. Este plan brota del corazón de un Padre amoroso. Quizás, al oír esta exhhortación del Señor, se nos venga a la mente la idea de que es perder la alegría de vivir y la libertad para elegir por nuestra cuenta lo que creemos que nos haría felices. Sin embargo, esta idea se basa en una imagen errónea de Dios.

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Santa Juana de Arco: “El infame juicio”  

Con su traslado a Rouen, las condiciones de reclusión de la Doncella se volvieron más severas. Aunque debería haber sido encarcelada en una prisión eclesiástica y custodiada por mujeres, la pusieron bajo la vigilancia de soldados ingleses. El padre Jean Massieu de Rouen describió sus condiciones de reclusión en estos términos:

«Juana estaba encerrada en el castillo de Rouen, en una habitación situada en el piso intermedio de la torre, a la que se accedía subiendo ocho tramos de escaleras. Allí había una cama donde dormía y un gran bloque de madera al que estaba sujeta una cadena de hierro que servía para encadenarla. Tenía los pies atados. Se la encadenaba con un candado que se encontraba sobre el bloque de madera. La custodiaban cinco ingleses despreciables, que deseaban fervientemente la muerte de Juana y se burlaban de ella sin cesar».

Durante el proceso, Juana se quejó en repetidas ocasiones de esta situación y acusó al obispo Cauchon de ser el responsable. Además, a menudo tenía que defenderse —especialmente por la noche— de abusos por parte de sus guardias.

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RECOMPENSA AL CIENTO POR UNO

« En verdad os digo que vosotros, los que me habéis seguido, recibiréis el ciento por uno y heredaréis la vida eterna» (cf. Mt 19,28-29).

He aquí la gran promesa dirigida a aquellos que están dispuestos a dejarlo todo para seguir al Señor. Lo que para algunos puede ser «olor de muerte» (cf. 2Cor 2,16), es en realidad una invitación a vivir más plenamente en la presencia de Dios. Quienes han sido llamados y han respondido a su vocación entregándose sin reservas a Dios se convierten en los hijos de su amor, tal y como nuestro Padre celestial nos hace entender en el Mensaje a sor Eugenia Ravasio. Esto no significa que las personas que, a nivel externo, no dan este paso de «abandonar el mundo», no sean sus hijos amados. Sin embargo, un resplandor especial brilla sobre los apóstoles de Jesús, a quienes se dirige en primer lugar esta palabra, así como sobre todos aquellos que han seguido su llamado a lo largo de los siglos. leer más

Santa Juana de Arco: “Un plan diabólico: Juana es trasladada a Rouen”  

Con la captura de Juana, pronto quedó claro lo que los ingleses pretendían con ella. Juana no era simplemente una importante prisionera de guerra, sino su enemiga más temible, ya que con su intervención había llegado a su fin la supremacía inglesa en la guerra contra Francia. Sabían muy bien cuál era la causa de sus derrotas. La interpretación que hicieron fue que Juana era una bruja y que, por la influencia del diablo, había logrado provocar este giro en su contra.

Con la derrota de Juana en París —como se interpretó en todas partes—, sus adversarios creyeron que había perdido su aura de invencibilidad. Su captura en Compiègne no hizo más que confirmarlo. A cambio de una elevada suma de dinero, los borgoñones la entregaron al rey inglés. Así se cumplió lo que Juana había temido: ahora estaba en manos de sus enemigos.

De inmediato quedó claro cuál era la intención de los ingleses. No les bastaba con tratarla como prisionera de guerra, sino que querían que un tribunal eclesiástico la condenara como bruja. Con ello, pretendían poner en duda la autoridad del rey francés. Si la Iglesia la condenaba como bruja y hereje, todas sus hazañas, incluida la coronación del rey y las victorias de los franceses, se habrían llevado a cabo con la ayuda del diablo. Así que se pusieron manos a la obra para hacer realidad este maligno plan. Sin embargo, necesitaban para ello la colaboración de la Iglesia, ya que solo un tribunal eclesiástico podía condenar a Juana como bruja y hereje.

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