“LA FUERZA DE LA VERDAD”

«La verdad tiene el poder de perdurar». (Palabra interior).

Todo pasa, pero la Palabra de Dios permanece. Así nos lo asegura el Señor en el Evangelio (Lc 21, 33). En medio de la agitación y los turbulentos cambios que nos rodean, hay algo que permanece para siempre: ¡nuestro Padre mismo! Por eso nos ha comunicado sus palabras imperecederas. Estamos llamados a vivir conforme a esta verdad inmutable. A partir de ella, debemos aprender a distinguir lo perecedero de lo imperecedero, lo importante de lo menos importante y de lo insignificante.

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El don de la fe

Tras el pasaje de la Epístola a los Filipenses que meditamos ayer, el Apóstol Pablo pasa a hablar con gran afecto de su colaborador Timoteo, a quien considera como un hijo en Cristo y a quien desea enviar a la comunidad de Filipos. Llama la atención la calidez de estos versículos (Fil 2,19-22), en los que se nos revela mucho del corazón del Apóstol. También tiene la intención de enviar a Epafrodito, que estuvo a punto de morir por el Evangelio. Sin embargo, se recuperó para alegría y consuelo de todos (vv. 25-27). En varios pasajes de la Epístola se percibe el anhelo de Pablo de visitar personalmente a la comunidad de Filipos (Fil 1,27; 4,1). «Confío en el Señor, que yo mismo pueda ir pronto» (Fil 2,24).

A continuación, el Apóstol vuelve a abordar algunos puntos para ayudar a la joven comunidad en su camino. En esta ocasión, se trata, en primer lugar, de una advertencia:

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