Tras la coronación de Carlos VII en Reims, comenzaron las negociaciones entre el rey y los borgoñones. Como escuchamos en la meditación de ayer, Juana había escrito el mismo día de la coronación una carta al duque de Borgoña, Felipe el Bueno, suplicándole en nombre de Dios: «Que el rey de Francia y vos selléis una paz buena y estable que perdure por mucho tiempo. Perdonaos mutuamente de todo corazón, como cristianos».
En realidad, Juana anhelaba la paz, aunque al mismo tiempo advirtiera al duque de que no pretendiera luchar contra el rey. Su deseo era lograr una reconciliación cristiana entre los gobernantes y, con ello, la unión entre los franceses, después de que los borgoñones se habían aliado con los ingleses tras la devastadora derrota en la batalla de Azincourt (1415). Fue así como surgió la alianza anglo-borgoñona.
En la carta dirigida al duque de Borgoña, se puso de manifiesto una vez más la autoridad que Dios había otorgado a Juana. Ella quería sellar una paz buena y sólida, cimentada en la fe común. Al mismo tiempo, era consciente de la potencia del ejército francés, que, gracias a su intervención, había alcanzado la superioridad en la guerra. Esa habría sido la postura necesaria en las negociaciones para que estas no frenaran la obra que Dios había iniciado a través de la Doncella de Orléans. La victoria contra los ingleses y la posterior coronación de Carlos VII eran señales que todos podrían haber leído para sacar las conclusiones correctas.
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