En el pasaje que meditamos ayer, san Pablo enfatizó que no fue la ley la que lo salvó, a pesar de que, siendo un ferviente judío, siempre la había observado estrictamente, sino el don inmerecido de la fe en Jesucristo. En los versículos siguientes vuelve a recalcarlo:
Fil 3,9-21
No mediante mi justicia, la que procede de la Ley, sino mediante la que viene de la fe en Cristo, justicia que procede de Dios, por la fe [busco] conocerle a él y la fuerza de su resurrección, y participar así de sus padecimientos, asemejándome a él en su muerte, con la esperanza de alcanzar la resurrección de entre los muertos. No es que ya lo haya conseguido, o que ya sea perfecto, sino que continúo esforzándome por ver si lo alcanzo, puesto que yo mismo he sido alcanzado por Cristo Jesús. Hermanos, yo no pienso haberlo conseguido aún; pero, olvidando lo que queda atrás, una cosa intento: lanzarme hacia lo que tengo por delante, correr hacia la meta, para alcanzar el premio al que Dios nos llama desde lo alto por Cristo Jesús. Así pues, los que somos perfectos tengamos estos sentimientos.
