Me alegro por y con cada uno de los oyentes que han seguido esta serie de doce meditaciones sobre la Doncella de Orléans. No es la primera vez que escribo sobre ella y, si Dios quiere, tampoco será la última. De hecho, cada vez que relato su historia es como si fuera la primera vez. Sin duda, esto se debe a que Juana de Arco es una mujer de fe que llevó a cabo una misión encomendada por Dios. Por ella, ¡nunca se terminará de agotar! Invito a todos mis oyentes a consultar mis publicaciones previas sobre ella y a escuchar la radionovela que creamos en su honor: https://www.youtube.com/watch?v=dE3SJZIdmJs
El título de esta serie –“En honor a Santa Juana de Arco”– deja clara mi intención: honrar a la Doncella, que sufrió la deshonra y la terrible muerte en la hoguera por defender su misión. Por desgracia, a menudo se ha malinterpretado su figura y no se ha tenido en cuenta que la gloria corresponde en primer lugar a Dios, quien intervino en la historia de Francia a través de ella y llevó a cabo esta obra con su cooperación. Si lo olvidamos o lo dejamos en un segundo plano, entonces no habremos entendido lo esencial y permaneceremos atrapados en la dimensión meramente humana al reflexionar sobre los acontecimientos relacionados con Juana de Arco.
Sin embargo, al escuchar las palabras de la propia Juana, se adquiere la perspectiva correcta de su historia. Hasta la hora de su muerte, dio testimonio de que había recibido el encargo de Dios y de que todo lo que hizo lo hizo por orden suya. Al igual que nuestro Señor, que afirmó que todo lo hacía por encargo de su Padre, Juana se remitía a Dios, que la guiaba a través de sus santas y al que ella amaba con todo su corazón.
Son precisamente las circunstancias inusuales de su intervención en la historia de Francia las que demandan fe por nuestra parte. Dios puede intervenir en una situación que parece no tener salida, como la que se vivía en Francia en esa época, y puede hacerlo de una manera totalmente inesperada. No debemos olvidarlo en la situación actual del mundo, que en tantos ámbitos parece descarriado y sometido a una ocupación extranjera.
Hemos escuchado las terribles acusaciones por las que fue condenada a muerte en Rouen. Apenas hubo nada que no se utilizara en su contra y, durante el proceso, se manifestó una tergiversación diabólica de su misión. Horroriza la crueldad con la que se llevó a cabo este «infame juicio». Gracias a Dios y a la guía de sus santas, ella siempre habló con valentía, y al menos disponemos de las actas originales de los interrogatorios. Así, podemos formarnos una imagen más clara de Juana, ya que podemos leer sus propias palabras.
Muchos aspectos de la vida de la Doncella de Orléans recuerdan a nuestro Señor Jesucristo: las acusaciones injustas de los fariseos se repiten en las del tribunal eclesiástico; la humillación y crucifixión pública del Señor se reflejan en la muerte pública de Juana en la hoguera ante la multitud congregada en la plaza del mercado de Rouen. El tiempo del ministerio público de nuestro Redentor fue breve. Del mismo modo, Juana tuvo poco tiempo para llevar a cabo su misión. Al Hijo de Dios, que resucitaba a los muertos, liberaba a los poseídos y sanaba a los enfermos, los líderes religiosos hostiles lo acusaron de hacer todos esos portentos con la ayuda del diablo (cf. Mt 12,24). ¿Y Juana? Ya hemos escuchado en su historia que también la acusaron de haber logrado el giro en la situación de Francia por influencia del diablo.
Empecé esta serie de meditaciones el 30 de mayo, el día de su martirio, y en la primera reflexión escribí que, después de quemar a Juana, sus enemigos arrojaron su corazón al río Sena para borrar cualquier rastro de su existencia. Sin embargo, también añadí que quien se ponga en camino para buscar el corazón de santa Juana de Arco lo encontrará y recordará las palabras del Cantar de los Cantares:
«Ponme cual sello sobre tu corazón, como un sello en tu brazo. Porque es fuerte el amor como la Muerte, implacable como el seol la pasión. Saetas de fuego, sus saetas, una llama del Señor. Grandes aguas no pueden apagar el amor, ni los ríos anegarlo. Si alguien ofreciera todos los haberes de su casa por el amor, se granjearía desprecio» (Ct 8, 6-7).
¿Dónde encontramos el corazón de nuestra santa, que es indestructible por estar encendido de amor por Dios? Aunque se intentó aniquilarlo físicamente, nunca se pudieron extinguir sus llamas.
El corazón de la Doncella de Orléans sigue vivo en aquellos que aman a Dios por encima de todo. Sigue vivo en aquellos que están dispuestos a dejarlo todo por Él. Sigue vivo en aquellos que tienen sed de justicia y no se dejan intimidar por la injusticia. Sigue vivo en aquellos que están dispuestos a luchar por la verdad. Sigue vivo en aquellos que anhelan cumplir su misión en la tierra y que vuelven a levantarse cuando han flaqueado en el camino. Sigue vivo en aquellos que están dispuestos a morir por el Señor. Sigue vivo en aquellos que saben que todo procede de Dios y se compadecen de los pobres.
Es el corazón de Dios el que late en ellos. Por tanto, su corazón ya no les pertenece, sino que se ha convertido en templo de Dios. Así sucedió con nuestra Doncella de Orléans, quien, al morir entre las llamas, invocó siete veces el nombre de nuestro Salvador.
El cantor Jean Roquier, de Rouen, dio testimonio sobre el momento de su muerte diciendo: «El maestro Jean Alespée, que por entonces era canónigo de Rouen, estaba a mi lado. Le oí decir entre lágrimas: “Ojalá, Dios mío, mi alma estuviera donde creo que está la suya”».
Me uno a las palabras del canónigo y espero que, en la eternidad, ella reciba a aquellos en quienes su corazón seguía ardiendo.
