Existe una gran variedad de santos sobre los que se podría hablar y, cada vez que se leen sus historias, resulta conmovedor percibir cómo la gracia de Dios transforma a una persona y la lleva más allá de sí misma.
Los santos nos muestran lo que se puede lograr cuando se escucha el llamado de Dios y se le sigue. No debemos pensar que ellos no tuvieron que librar combates en los que experimentaron su propia debilidad. Sin embargo, se aferraron a Dios y así Él pudo guiarlos y glorificarse en ellos. Resulta particularmente conmovedor cuando una persona que ocupa una alta posición social se siente tan atraída por la fe que no tiene reparos en prestar los servicios más sencillos —y a menudo tan difíciles— en favor del prójimo. La reina santa Radegunda recorrió ese camino de humildad y se convirtió en un modelo a seguir para muchos otros nobles, que imitaron su seguimiento de Cristo y la entrega de su vida.
Radegunda fue la primera reina que renunció al trono para retirarse a una humilde celda monástica y seguir en la pobreza a Jesús Pobre. Fue la primera princesa alemana en la que la vida monástica ejerció su maravillosa influencia, de tal manera que muchos miembros de la realeza se sintieron impulsados a imitarla. Nacida en el año 519, era hija del rey de Turingia, Berthar, y quedó huérfana de padre a temprana edad, pues este fue cruelmente asesinado por su propio hermano Hermanfried, que ambicionaba el poder.
El rey franco Clotario I le declaró la guerra por incumplimiento de su palabra, lo mató en la batalla del Unstrut en el año 529 y se llevó, entre otros prisioneros, a la joven Radegunda. Su extraordinaria belleza cautivó su corazón a tal punto que ordenó que la prepararan para el bautismo mediante una esmerada instrucción y que la formaran en las ciencias, con la intención de ascenderla al trono como su esposa. Radegunda mostró un gran entusiasmo por los estudios académicos, pero un interés aún mayor por la piedad cristiana. Lejos de aspirar a compartir algún día el trono franco con aquel hombre que había devastado su patria y asesinado a su familia, Radegunda anhelaba la corona del martirio por amor a Jesús.
Sin embargo, el rey, que seguramente desconocía su deseo, preparó todo para la boda. El día antes del desposorio, Radegunda huyó, pero fue hallada y no tuvo otra alternativa que contraer matrimonio con Clotario. Encontró un consuelo cada vez más profundo en su fe y aprovechó su alta posición para practicar las obras de misericordia.
Cuando el rey, por razones desconocidas, asesinó a su hermano, Radegunda le suplicó que le permitiera abandonar la corte. Tras un largo tiempo, Clotario terminó accediendo. Entonces ella se refugió con un obispo y le rogó encarecidamente que la consagrara monja. Al darse cuenta de su inquebrantable voluntad, este accedió. A partir de entonces, Radegunda vivió como ermitaña con gran austeridad. Sin embargo, aún no había encontrado su lugar definitivo. El rey se arrepintió de haberla dejado marchar y quiso traerla de vuelta por la fuerza. Así, de nuevo se vio obligada a huir.
En esta ocasión, se refugió en Poitiers, amparándose en el derecho de asilo en la tumba de san Hilario. El rey no se atrevió a violar este derecho; más bien, le concedió el permiso y los medios para construir allí un convento e ingresar ella misma en él.
Ahora ya no tenía impedimentos.
Entonces, Radegunda concentró todos sus esfuerzos en garantizar la solidez y la continuidad, tanto interna como externa, de su querido convento, en el que viviría otros cuarenta años hasta su muerte. La familia monástica creció rápidamente. Transcurridos pocos años, ya estaba rodeada de doscientas hijas de distintos rangos y condiciones sociales, incluso de la más alta nobleza. Sin embargo, en su humildad, no se dejó convencer para asumir ella misma el gobierno del convento.
Siguiendo su consejo, eligieron como abadesa a Inés, una joven destacada por su espíritu y su corazón, a quien Radegunda misma había educado. La Iglesia la venera como santa y celebra su memoria el 13 de mayo. Por su parte, Radegunda cumplió estrictamente con las tareas propias de una simple monja: según el turno, se ocupaba de cocinar, limpiar las celdas y los retretes, y llevar leña y agua, como el resto de monjas. Continuó con fervor el estudio de las Sagradas Escrituras y de los Padres de la Iglesia y siguió siendo una incansable madre y protectora de los pobres y enfermos.
Sin embargo, su humildad no impidió que todos, dentro y fuera del convento, la quisieran y la honraran como a la verdadera superiora, y ella misma también amaba a aquella familia de vírgenes con todo el ardor de una tierna madre. Cuando las numerosas monjas jóvenes se reunían a su alrededor, a menudo se escapaban de sus labios palabras dulces que brotaban de su corazón: «Os quiero tanto, mis preciosas hijas, que ya ni siquiera pienso en tener otros parientes ni en haber estado casada con un rey. Solo vivo para vosotras, mis hijas; vosotras, mis elegidas; vosotras, mis florecillas que yo misma he plantado; vosotras, la luz de mis ojos, mi vida, mi reposo, mi felicidad».
Una alegría celestial inundó a la santa reina cuando el emperador Justiniano II de Constantinopla, atendiendo a su súplica, le obsequió con un fragmento de la Santa Cruz de Nuestro Salvador engastado en oro y piedras preciosas, junto con un evangeliario y otras reliquias. Con una fastuosa ceremonia, recibió las reliquias y, a partir de entonces, bautizó a su monasterio con el nombre de «El Convento de la Santa Cruz». Para esta solemne ocasión, el famoso poeta y santo sacerdote Fortunato, capellán y limosnero de Radegunda, compuso el magnífico himno Vexilla Regis prodeunt, que se cantó por primera vez en la procesión que trasladó la preciosa reliquia y que, desde entonces, forma parte de los himnos de la Santa Iglesia durante el tiempo de Pasión en el culto público.
Santa Radegunda concluyó su vida con la misma austeridad con la que había vivido durante todos esos años. Falleció el 13 de agosto del año 587 y se reportaron muchos milagros en su tumba. Sin duda, se trata de una gran santa, cuya intercesión pedimos en estos tiempos para que aquellos que ocupan altos cargos en la sociedad se sometan con humildad a Dios y tomen así las decisiones acertadas en beneficio de las personas.
______________________________________________________
Meditación sobre el evangelio del día: https://es.elijamission.net/el-ultimo-paso-3/
