TODO LO RECIBIMOS POR GRACIA

«En virtud de la gracia, puedo concederte todo aquello que mi Hijo posee en virtud de su naturaleza divina»(Palabra interior).

En lo que respecta a la naturaleza, somos y seguiremos siendo seres humanos, tal y como nos creó el Padre celestial. Cuando recibamos un cuerpo resucitado y seamos considerados dignos de pasar la eternidad en la contemplación de la Santísima Trinidad, en comunión con todos los elegidos, entonces nuestra naturaleza humana resplandecerá en toda su belleza.

Por ahora, seguimos peregrinando por la Tierra como mensajeros de Dios, llamados a ser luz del mundo (Mt 5,14) y a dar testimonio de su amor. Nuestro Padre celestial nos dota de todo lo necesario para cumplir esta misión y para afrontar todos los combates que se nos presenten en este camino. Podemos superar todas las penurias y todas las pruebas mediante la gracia divina. Lo que nuestro Señor Jesucristo hacía en virtud de su naturaleza divina, nosotros podemos hacerlo en virtud de la gracia. En la Carta a los Corintios, san Pablo declara: «Poderoso es Dios para colmaros de toda gracia, para que, teniendo siempre en todas las cosas todo lo necesario, tengáis abundancia en toda obra buena» (2Cor 9,8).

La gracia, es decir, el auxilio que procede de Dios mismo, siempre estará a nuestra disposición si vivimos y permanecemos en estado de gracia. Sin embargo, también debemos pedir fervientemente la gracia divina. Por supuesto, nuestro Padre es infinitamente generoso y nos concede sus buenas dádivas por iniciativa propia. No obstante, le encanta que se las pidamos. A través de este sencillo acto de pedir, nuestra relación con Él se vuelve más natural y nuestro Padre se complace simplemente en cumplir aquellas peticiones de sus hijos que son para su propio beneficio y el de los demás.