«Te ofrezco una amistad divina y la unión de voluntades» (Palabra interior).
¿Una amistad divina? ¿No suena un poco ajeno a la realidad? Pues bien, nuestro Padre mismo ha expresado en el Mensaje a la Madre Eugenia que quiere ser nuestro amigo. Y no olvidemos las palabras de Jesús a sus discípulos: «Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que os mando. Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; a vosotros, en cambio, os he llamado amigos, porque todo lo que oí de mi Padre os lo he hecho conocer» (Jn 15,14-15).
Por tanto, la oferta de Dios sigue en pie y, una vez más, vemos aquí un gesto de delicadeza al hablarnos con términos que podemos entender en el plano humano. Sabemos cuánto vale un verdadero amigo, aunque no sea perfecto y cometa errores. En todo caso, un verdadero amigo quiere lo mejor para nosotros. Está lleno de un amor benevolente.
Ahora bien, una amistad divina va mucho más allá. Tiene en cuenta tanto el tiempo como la eternidad y deposita su confianza en nosotros. Dios quiere tratarnos de tú a tú, compartirnos su corazón, sus deseos y su preocupación por la humanidad.
Sobre todo, con su incomparable amistad y benevolencia, quiere introducirnos en el misterio de la unión de voluntades. Nuestro Amigo divino quiere llegar a ser «uno» con nosotros hasta el punto de que actuemos con una misma voluntad. Cuanto más lo conozcamos, más anhelaremos sintonizar con Él en todas las cosas.
