«Yo nunca me eché atrás cuando se trataba de atestiguar la verdad. ¡Nunca reniegues de lo que has reconocido como verdad!» (Palabra interior).
Estas palabras se aplican, sin duda, a todos los hombres, pero de forma especial a nosotros, los católicos, porque «a todo el que se le ha dado mucho, mucho se le exigirá, y al que le encomendaron mucho, mucho le pedirán» (Lc 12,48).
Si nuestro Padre Celestial nos ha concedido la gracia de pertenecer a la Iglesia Católica, se trata de un privilegio inmerecido. Quizá ni siquiera estemos plenamente conscientes de lo que significa que se nos haya encomendado el gran tesoro de la recta doctrina y todo lo que de ella se deriva. A veces, necesitamos escuchar el testimonio de personas que han sido liberadas de la oscuridad del pecado o que han podido escapar de los errores de las falsas doctrinas para recordar cuán grande es este regalo.
El Señor llama a sus discípulos «luz del mundo» y «sal de la tierra» (Mt 5,13-14) y los hace partícipes de su autoridad. Así, son enviados al mundo por el Hijo de Dios para dar testimonio de la verdad.
Sin embargo, tanto en el ejemplo del mismo Señor como en la vida de los profetas, de sus apóstoles y discípulos hasta el día de hoy, vemos que la verdad a menudo es rechazada. Probablemente hoy en día es aún peor, en una época en la que se busca cada vez menos la verdad.
Precisamente en estas circunstancias se requiere de nuestro testimonio íntegro de la verdad. Nuestra fe atraviesa una «situación de emergencia» y tenemos la oportunidad de demostrar nuestra fidelidad al Señor poniéndonos al servicio de la verdad. Y la verdad, que nunca debe negarse, pide nuestro testimonio. A eso nos exhorta el Señor con su propio ejemplo.
