Santa Juana de Arco: “La misión de la santa”

 

Juana nació el 6 de enero de 1412 en Domrémy (Francia), siendo la cuarta hija de Jacques d’Arc y su esposa, Isabelle. Creció en un entorno rural sencillo. No sabía leer ni escribir, pero aprendió a hilar y a coser, y a veces se ocupaba de las tareas del hogar. Sus padres eran cristianos devotos. Su madre le inculcó la fe desde su más tierna infancia.

En el proceso de rehabilitación llevado a cabo en 1456 por orden del rey Carlos VII, con el fin de esclarecer su proceso de condenación por parte de un tribunal eclesiástico, se interrogó a diversos testigos de su aldea natalicia, Domrémy. Todos ellos dieron un testimonio unánime sobre Juana: la describieron como una niña piadosa que acudía gustosamente a la iglesia y ayudaba a los demás. Como ejemplo de muchos otros, escuchemos el testimonio del campesino Simonin Musnier:

«Crecí junto a Juana, a quien llamaban la doncella. Yo vivía cerca de la casa de su padre. En verdad, sé cuán buena era, ¡cuán sencilla y piadosa! Adoraba a Dios y veneraba a sus santos. Iba a menudo y con gusto a la iglesia y a los lugares santos, consolaba a los enfermos y daba limosna a los pobres. Yo mismo pude experimentarlo: una vez, cuando era pequeño, no me encontraba bien y Juana vino a consolarme».

Cuando Juana tenía trece años, se le apareció el arcángel Miguel. Ella misma relató el suceso cuando, durante el juicio que se celebró en su contra en Rouen, el maestro Beaupère le preguntó acerca de las voces celestiales que oía. Juana declaró bajo juramento:

«Cuando tenía trece años, oí una voz enviada por Dios para guiarme. La primera vez sentí un gran temor. La voz me habló al mediodía; era verano y yo estaba en el jardín de mi padre. El día anterior había ayunado. Oí la voz a mi derecha (…). Me pareció sublime. Creo que fue enviada por Dios. Al tercer intento lo supe: era la voz de un ángel. Esta voz siempre me ha guiado correctamente y siempre la he entendido».

A la pregunta del magistrado sobre lo que la voz le había dicho en relación con su salvación eterna, Juana contestó:

«Que me portara bien y fuera a la iglesia. Sobre todo, me dijo que fuera una buena niña y que Dios me ayudaría. Entre otras cosas, me dijo que debía acudir en ayuda del rey de Francia, y el ángel me habló de la gran miseria en la que se encontraba sumida Francia».

Gracias al interrogatorio —por muy penoso que fuera para ella—, llegamos a enterarnos de muchas cosas que habían comenzado a partir de la aparición del ángel, ya que todo quedó documentado durante el proceso en su contra.

Así, Juana relata que primero se le apareció el arcángel san Miguel, acompañado de otros ángeles celestiales. Este encuentro fue tan hermoso para ella que declaró: «Cuando se marcharon, lloré porque deseaba que me hubieran llevado consigo».

También escuchamos de su propia boca que Dios le envió a dos santas para que la acompañaran: «Cuando se me apareció san Miguel, me dijo que santa Catalina y santa Margarita vendrían a mí y que yo debía hacer lo que ellas me aconsejaran, que ellas habían recibido la orden de guiarme y aconsejarme, que debía creer en ellas y que todo eso ocurría por orden de nuestro Señor».

Con la aparición del Arcángel y la guía espiritual de las dos santas, comenzó para Juana la etapa de preparación para la misión que el Señor tenía prevista para ella. Los santos que Dios escogió para que la acompañaran ya nos permiten intuir de qué se trataba la tarea que le encomendaba.

San Miguel Arcángel es el patrono de Francia. Sabemos que fue él quien se opuso a los ángeles rebeldes y, como comandante de la milicia celestial, lideró a los que permanecieron fieles a Dios en la «gran guerra»: «Se entabló un gran combate en el cielo: Miguel y sus ángeles lucharon contra el dragón. También lucharon el dragón y sus ángeles» (Ap 12,7).

Así pues, Dios le asigna a su hija Juana un «ángel guerrero». Aunque más adelante ella tendría que librar una guerra en el plano terrenal, siempre hay que tener en cuenta la dimensión celestial, ya que, a su manera, los santos ángeles luchan del lado de los hombres que realizan la obra de Dios.

Las dos santas vírgenes designadas para acompañar a Juana de Arco son santa Catalina de Alejandría y santa Margarita de Antioquía. Ambas fueron mártires.

Cabe destacar una particularidad sobre santa Catalina, quien, evidentemente, se convirtió en la principal consejera de Juana. Se cuenta que Catalina de Alejandría profesó y defendió su fe cristiana ante cincuenta filósofos paganos congregados por el Emperador de la época, quien le exigía que ofreciera un sacrificio a las deidades paganas. Lo hizo con tanta sabiduría e inspiración que los filósofos terminaron convirtiéndose a la fe cristiana y sufrieron el martirio junto a ella.

Anticipándonos a su historia, vemos que Juana también tendría que defender su misión frente a los eruditos que la interrogaban y que, para ello, el Señor puso a su lado a la compañera celestial adecuada.

Pero no nos adelantemos a los acontecimientos y, por hoy, detengámonos aquí.

A través del arcángel San Miguel y de las dos santas, Dios irá guiando con delicadeza a Juana de Arco, de apenas trece años, desde su aldea de Domrémy hacia la gran misión que le tiene preparada. En ella había encontrado un corazón que le amaba y que estaba dispuesto a seguirle. A ella podría encomendarle una tarea tan inusual que, hasta el día de hoy, sigue intentándose representar y comprender una y otra vez los acontecimientos de entonces.

NOTA: Hemos creado una audionovela sobre la vida y el martirio de Santa Juana de Arco. Quien quiera conocerla mejor, puede escucharla en este enlace: https://www.youtube.com/watch?v=dE3SJZIdmJs

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