Durante su adolescencia, Juana guardó en su interior el secreto entre Dios y ella. No se lo contó a nadie, ni siquiera a su párroco, sus padres o sus amigos. Poco a poco, sus santos le fueron revelando más detalles sobre la misión que se le encomendaba y, bajo su guía, orientó toda su vida hacia su cumplimiento.
La joven Juana era consciente de la difícil situación militar en la que se encontraba su patria, pues la Guerra de los Cien Años entre Francia e Inglaterra incluso se hacía sentir en su pequeña aldea. La desunión política del país, con sus distintas facciones y las bandas que merodeaban y saqueaban, constituía una amenaza constante y no había perspectivas de paz. Sin duda, la desastrosa situación de Francia era el tema de conversación y la preocupación diaria de los habitantes de Domrémy y sus alrededores.
A lo largo de la guerra, los ingleses habían ido conquistando poco a poco amplios territorios de Francia. Se habían aliado con los borgoñones franceses, por lo que todo apuntaba a que pronto toda Francia quedaría sometida al rey inglés.
La corona francesa, que aún controlaba la mayor parte de los territorios del sur del país, se encontraba debilitada. A nivel militar, los franceses eran inferiores a los ingleses y varias derrotas devastadoras habían minado la moral de las tropas. El heredero, Carlos VII, hijo del rey Carlos VI, que era mentalmente débil, y de la inmoral y malquerida reina Isabel, parecía haber perdido casi toda esperanza. Además, le afligían las dudas sobre la legitimidad de su origen, lo que le quitaba la fuerza de voluntad necesaria para actuar con resolución como rey.
Cuanto más se acercaba Juana a los diecisiete años, más clara tenía la misión que Dios le había encomendado a través de sus santos. Debía acudir a Carlos VII, cuya sede se encontraba en Chinon en aquel momento, y comunicarle que había sido enviada en su ayuda por el Rey de los Cielos, que liberaría la ciudad de Orleáns y lo conduciría a Reims para que allí fuera coronado rey.
Llegados a este punto de la historia, nos encontramos ante un misterio que trasciende las explicaciones meramente humanas. Solo es posible comprender los acontecimientos en torno a Juana de Arco si se reconoce la obra de Dios y se cree que esta joven campesina de Domrémy fue elegida como instrumento del Padre Celestial.
La figura de Juana de Arco y su misión constituyen un testimonio tan elocuente del amor de Dios que solo es posible acercarse a este misterio con gran respeto y con un corazón dispuesto a escuchar. La siguiente palabra de Jesús lo aclara: «Lo que es imposible para los hombres, es posible para Dios» (Lc 18,27). Su historia nos enseña mucho sobre Dios y sobre cómo Él incluye en su plan de salvación a los ángeles y santos, en este caso, a la doncella de Orléans, como se la llamará más tarde.
¿Cómo podría una joven campesina llevar a cabo una tarea que, según la lógica humana, sería imposible? No es necesario señalar todos los motivos razonables que impedirían el cumplimiento de una misión así a nivel humano. Son innumerables.
La única forma de llegar al fondo de la historia de Dios con Juana de Arco es la fe. Cualquier otro intento acabará fracasando, pues pretendería encasillar un acontecimiento sobrenatural dentro de criterios humanos. Como se puede ver en la amplia bibliografía sobre Juana de Arco, no pocas veces se ha transmitido una imagen distorsionada de ella y de los acontecimientos, que no hacía honor ni a Dios ni a la Doncella de Orléans y que, en ocasiones, incluso rayaba en lo absurdo.
Si queremos considerar ahora la partida de Juana de su aldea natal para emprender su misión, debemos tener presente desde el principio que ella no dio ningún paso sin las instrucciones de sus santos y sin buscar su consejo.
Ella misma lo atestiguará más adelante durante el interrogatorio en Rouen. Le preguntaron: «¿Vos las llamáis (a las santas) o vienen sin que las llaméis?», y ella respondió: «A menudo vienen sin que las llame. Pero, cuando no venían pronto, le pedía a Nuestro Señor que las enviara (…) Siempre que las he necesitado, han estado ahí.»
Entonces, le encomendaron que se dirigiera primero a Robert de Baudricourt, un capitán leal al rey que residía en Vaucouleurs. Este debía proporcionarle una comitiva que la acompañara hasta el rey.
Logró convencer a su tío, Durand Laxart, que vivía cerca de Vaucouleurs, para que la llevara ante el capitán. Al principio, este no se tomó en serio lo que Juana le decía y quiso enviarla de vuelta a casa de sus padres. El segundo intento de Juana tampoco tuvo éxito. Sin embargo, la gente de la ciudad empezó a confiar en ella. Existía una antigua profecía que afirmaba que una doncella de la región de Lorena cambiaría el destino de Francia.
El capitán Robert de Baudricourt terminó por convencerse y ceder cuando Juana afirmó con total seguridad que las tropas francesas habían perdido una batalla cuyo resultado ella no podía conocer por ningún medio humano. Poco después llegaron mensajeros que confirmaron la noticia. Entonces le dieron un caballo y una espada, la población le proporcionó ropa y el capitán le asignó una escolta de seis personas. Tenía por delante una cabalgata de varios días en territorio enemigo hasta llegar a Chinon, donde se encontraba el rey.
