El cielo: la vida eterna con Dios (II)

Como vimos en la meditación de ayer, el bien supremo que nos espera en el Cielo es la visión beatífica de Dios, que nos hará infinitamente dichosos. Algunos Padres de la Iglesia han intentado, en cierta medida, hacernos accesible lo inaccesible. Quisiera citar a continuación una de esas voces para acrecentar nuestro anhelo por lo que nos espera. San Agustín, maestro de la palabra, escribe en La Ciudad de Dios:

«¡Qué grande será aquella felicidad donde no habrá mal alguno, donde no faltará bien alguno y donde toda ocupación consistirá en alabar a Dios, que será todo en todos! No sé qué otra cosa se podría hacer allí, donde ni por pereza cesará la actividad, ni se trabajará por necesidad (…).

Todos los miembros y partes internas del cuerpo incorruptible, que ahora vemos desempeñando diversas funciones por necesidad, se ocuparán entonces en la alabanza de Dios, ya que allí no habrá necesidad alguna, sino una felicidad plena, cierta, segura y eterna. (…) Todas las demás cosas grandes y admirables que allí se verán, encenderán las mentes racionales con el deleite de la hermosura racional en la alabanza de tan excelente artífice» (Libro XXII, capítulo 30).

Detengámonos en dos de los elementos mencionados por san Agustín. Por un lado, habla de una «vida distinta», que ya no estará marcada por las necesidades terrenales. En la eternidad, lo haremos todo con alegría y facilidad. Ciertamente, también aquí en la Tierra hay cosas que realizamos de buen grado, sobre todo cuando las hacemos por amor a Dios. Pero en estas afirmaciones de san Agustín se percibe lo «paradisíaco», en el sentido de que la carga habrá desaparecido. Ya no será necesario labrar la tierra con el sudor de nuestra frente para asegurar nuestra subsistencia. Nuestros órganos ya no tendrán las huellas de la muerte, que conducen a enfermedades y dolencias de todo tipo. San Agustín alaba la agilidad del cuerpo glorioso, una de las propiedades de las que hablamos hace tres días, así como todos los privilegios que gozaremos gracias a la resurrección de nuestro cuerpo.

Sin embargo, es aún más sublime el segundo aspecto descrito por san Agustín. Se trata de la alabanza de los espíritus con quienes viviremos en plena comunión: los ángeles y los santos, que son nuestros verdaderos hermanos. La profunda y perfecta comunión entre todos aquellos que cumplen la voluntad de Dios sin obstáculo alguno corresponde al anhelo inscrito en nuestros corazones y, al mismo tiempo, supera con creces cualquier expectativa. ¿No experimentamos ya aquí, en la Tierra, la profunda comunión con aquellos que aman a Dios de todo corazón, a pesar de todas las limitaciones humanas? ¡Cuánto más será así en el cielo, donde cada uno le contará al otro cuánto nos ama el Señor y alabará el esplendor celestial con que Él nos habrá dotado!

San Agustín sigue exponiendo que allí, en la eternidad, «habrá verdadera gloria, donde la alabanza no estará expuesta al error ni se verá empañada por la adulación. Habrá verdadero honor, que no se negará a nadie digno ni se concederá a nadie indigno. En efecto, ningún indigno rondará por allí, porque nadie sino los dignos estarán allí. Habrá paz verdadera, donde nadie sufrirá contrariedad alguna, ni por su parte ni por la de otro».

A continuación, el obispo de Hipona reflexiona sobre el libre albedrío en la vida eterna:

«La voluntad libre será, pues, inseparable en cada uno de aquella ciudad, liberada de todo mal, rebosante de todos los bienes, disfrutando indeficientemente de la alegría de los gozos eternos, olvidada de sus culpas y olvidada de las penas; sin olvidarse, no obstante, de su liberación de tal manera que no se mostrase agradecida al Liberador (…).

Aquella ciudad no tendrá otro cántico más agradable que ése para la glorificación del don gracioso de Cristo, por cuya sangre hemos sido liberados (…). Ese será realmente el sábado supremo que no tiene ocaso, el que recomendó Dios en las primeras obras del mundo al decir: “Y descansó Dios el día séptimo de toda su obra. Y bendijo Dios el día séptimo y lo santificó, porque ese día descansó Dios de toda la obra que hizo” (Gén 2, 2-3).

Porque nosotros mismos seremos ese día séptimo cuando hayamos llegado a la plenitud y hayamos sido restaurados por su bendición y santificación. Allí, con tranquilidad, veremos que Él mismo es Dios, que es lo que nosotros quisimos llegar a ser cuando nos apartamos de Él dando oídos a la boca del seductor: “Seréis como dioses” (Gén 3,5), y apartándonos del verdadero Dios, que nos había de hacer dioses participando de Él, y no abandonándole».

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Meditación sobre la lectura del día: https://es.elijamission.net/hechos-de-los-apostoles-hch-61-7-la-eleccion-de-los-siete-diaconos-y-la-persecucion-de-esteban/

Meditación sobre el evangelio del día: https://es.elijamission.net/aun-en-la-oscuridad-jesus-esta-con-nosotros-3/

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