Santa Juana de Arco: “Juana cumple su predicción: La liberación de Orléans”

Desde que Juana de Arco entró en escena, el panorama de la guerra cambió a favor de la Corona francesa. Lo decisivo había sucedido: el heredero Carlos VII había recibido a Juana y se había convencido de que había sido enviada por el Rey del Cielo; también las autoridades eclesiásticas habían dado su aprobación. Así, Dios pudo llevar a cabo sus planes.

Juana no solo era esperada con ansias por la población sitiada en la ciudad de Orléans, sino que, sobre todo, fortaleció a los soldados del rey. La presencia de la Doncella, con su inagotable confianza, infundió nuevas fuerzas al ejército francés y lo sacó de la desesperanza.

Juana, por su parte, nunca llevaba armas ni mató a nadie. Sin embargo, su valentía y determinación al permanecer frente al ejército, incluso en situaciones aparentemente desesperadas, alentaban una y otra vez a los soldados. Esto ocurría incluso cuando, en un principio, la campaña militar parecía abocada al fracaso, pero finalmente llegaba a buen término.

El confesor de Juana, Jean Pasquerel —quien, a petición de ella, la acompañó hasta el momento de su captura en Compiègne—, relata que, en lugar de un arma, la Doncella siempre llevaba consigo un estandarte. Así declaró el clérigo:

«Siguiendo la orden de sus consejeros celestiales, Juana mandó confeccionar un estandarte en el que estaba pintada la imagen del Salvador sentado en las nubes del cielo para juzgar y un ángel que llevaba en las manos un lirio que Dios bendecía. A mí me pidió que hiciera otro estandarte y que mandara pintar en él la imagen del Señor en la cruz, cosa que hice. Cuando el estandarte estuvo listo, Juana hizo que los sacerdotes se reunieran por la mañana y por la tarde. Cantaban antífonas e himnos. Solo podían estar presentes los soldados que se hubieran confesado ese mismo día. Cuando Juana partió de Blois hacia Orléans, hizo que los sacerdotes, reunidos bajo este estandarte, caminaran al frente del ejército. En este orden, marchamos por La Solagne cantando el ‘Veni Creator Spiritus’ y otros cánticos».

Juana no solo era profundamente creyente a nivel personal, sino que también quería animar a todo su ejército a practicar la fe. Debían considerarse soldados de Dios y abandonarse plenamente a Él. Por eso les prohibía maldecir y, de hecho, este vicio tan común en el ámbito militar quedó erradicado, al menos en presencia de la Doncella. Animaba tanto a los soldados como a los generales a confesarse. Los sacerdotes que acompañaban al ejército celebraban Santas Misas. Juana no dudaba en ahuyentar de las tropas a las mujeres de mala vida.

La presencia de la Doncella no solo era importante para fortalecer a los soldados y preservar la moral de las tropas, sino que también asumía sus responsabilidades frente a sus jefes. No pocas veces intervenía con convicción cuando, en su opinión, las deliberaciones entre los mandos militares se prolongaban demasiado y no se ajustaban a lo que le habían aconsejado sus voces celestiales.

El Bastardo de Orléans, el conde de Dunois, a quien se había encomendado la defensa de Orléans, nos ha atestiguado un ejemplo de ello. Cuando él le impidió marchar hacia donde se encontraba el enemigo inglés y se excusó diciendo que había seguido el consejo de otros, Juana se disgustó y le dijo textualmente: «En nombre de Dios, el consejo de Nuestro Señor es más seguro y sabio que el vuestro. Habéis creído que podíais engañarme. Os habéis engañado a vos mismos, pues yo os traigo una ayuda mejor que la que jamás haya recibido ningún capitán o ciudad: la ayuda del Rey del Cielo. Pero esta ayuda no viene por mi propio mérito, sino porque Dios, en respuesta a las oraciones de san Luis y san Carlomagno, se ha apiadado de la ciudad de Orléans y no quiere permitir que los enemigos del Señor se apoderen de ella».

El conde continúa relatando que, gracias a un cambio meteorológico —lo que para él fue una señal del cielo—, pudieron transportar a Orléans las provisiones tan necesarias. Así declara:

«En ese instante, el viento, que hasta entonces había impedido que las barcas que transportaban las provisiones navegaran río arriba, cambió y se volvió favorable. Inmediatamente se izaron las velas y ordené que se embarcaran. A partir de ese momento, deposité en la Doncella una gran esperanza, aún mayor que antes. Le rogué encarecidamente que cruzara el Loira y viniera a Orléans, donde se la esperaba con impaciencia (…) Juana me acompañó enarbolando su estandarte blanco con la imagen del Salvador sosteniendo un lirio; La Hire cruzó con nosotros el Loira y juntos entramos en Orléans para alegría de la población agradecida».

Las predicciones de Juana se cumplían ante los ojos de todos, confirmando así la misión que Dios le había encomendado. Con cada victoria, su autoridad se afianzaba. Ella recurría a esa autoridad, sobre todo cuando los comandantes se mostraban vacilantes a la hora de lanzar el ataque. Tras la conquista de las primeras fortificaciones inglesas, las tropas francesas lograron en poco tiempo expulsar a los enemigos de todos sus bastiones alrededor de Orléans. El 8 de mayo de 1429 terminó el asedio de la ciudad de Orléans, y la llegada de la Doncella quedó grabada de forma indeleble en la historia de esta ciudad.

Lo que para los franceses fue una intervención divina se convirtió en una pesadilla para los ingleses. La temían tanto que, en ocasiones, ni siquiera se atrevían a enfrentarse a su ejército o abandonaban voluntariamente sus posiciones en cuanto se percataban de su presencia.

Juana había cumplido su predicción y había dado la señal anunciada. La ciudad de Orléans fue liberada y, con ello, cambió el curso de la guerra a favor de la corona francesa.

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