–«Oh, amabilísimo, si te complace tanto que los hombres crean en ti, dime, por favor, ¿qué debo creer respecto a tu inefable bondad?»
–«Con esperanza certera debes creer que, tras tu muerte, te acogeré como un padre a su hijo más querido, y que nunca un padre ha legado tan fielmente la herencia a su único hijo como yo te compartiré todos mis bienes e incluso a mí mismo» (Diálogo entre Santa Matilde de Hackeborn y el Señor).
Es propio de nuestro Padre Celestial dirigirse a cada alma que le ama de tal modo que esté completamente segura de su amor, y atraer hacia sí con insuperable amor a cada corazón que ha escogido. Dios no puede sino amar al hombre. Solo el hombre puede cerrarse a su amor y, en consecuencia, perderse. Con todas sus palabras, nos invita a creer en Él, a creer que nos busca y que quiere colmarnos de este amor sin igual.
Algo similar le asegura el Señor a santa Matilde en lo referente a su amistad: «Además, te recibiré como un amigo recibe a su más querido amigo y te mostraré una amistad como nadie jamás la ha recibido de un amigo. Porque nunca se ha encontrado un amigo tan fiel que no haya engañado jamás a su amigo o que no haya podido hacerlo. Pero yo, que soy fiel y soy la fidelidad misma, soy incapaz de engañar de forma alguna a mis amigos».
No hay nada que Dios no quiera impregnar con su amor. Es imposible encontrar una sola cosa que nuestro Padre no posea en sobreabundancia y de la que no quiera hacernos partícipes. Por tanto, debemos estar seguros de su amor y abandonarnos sin reservas a nuestro Señor con una fe inquebrantable. ¡Eso es lo que Dios quiere hacernos comprender y eso le encanta!
