Santa Juana de Arco: “Carlos VII presta oído a Juana”  

Con convicción y valentía, Juana emprende el arduo viaje hacia Chinon, que se prolongará durante once días. Sabe que ha recibido una misión de Dios, por lo que no teme ser detenida por nada ni por nadie. Además, anima constantemente a sus acompañantes. Durante el proceso de rehabilitación de la santa, dos de ellos darán testimonio de este viaje.

El caballero Bertrand de Poulengy relata:

«Fue una emocionante travesía, pero Juana nos animaba diciéndonos que no tuviéramos miedo, pues el noble heredero nos recibiría amablemente cuando llegáramos a Chinon. Os aseguro que sus palabras me encendieron, pues realmente me parecía una enviada de Dios. Nunca pude ver en ella el más mínimo mal. Era tan buena como una santa […]. Así llegamos juntos y sin obstáculos a Chinon, donde se encontraba el rey, que por entonces aún era delfín (heredero al trono). Allí presentamos a la Doncella a los nobles y a la comitiva real».

Otro de los caballeros que la acompañaron, Jean de Metz, atestiguó:

«Por miedo a los ingleses y a los borgoñones, que ocupaban los territorios circundantes, cabalgábamos solo de noche y tardamos once días en completar el trayecto. Durante el camino, le pregunté si realmente haría lo que había dicho. Ella siempre respondía: “No temas nada, pues tengo la misión de llevarlo a cabo y mis santos me dicen lo que debo hacer”.

Cada noche, Bertrand y yo dormíamos a su lado. Ella yacía junto a mí, vestida con un jubón y pantalones. Me inculcó tal respeto que nunca me habría atrevido a desearla. Juro que nunca sentí ningún deseo ni lujuria hacia ella.

Yo creía en las palabras de la Doncella. Me entusiasmaban sus palabras y su amor por Dios. Creía que había sido enviada por Dios: nunca maldecía, le gustaba ir a misa y, cuando juraba, se santiguaba. Así la llevamos ante el rey en Chinon, con el mayor sigilo posible.»

El rey recibió a Juana y habló a solas con ella. Quedó muy impresionado por su presencia y quiso cerciorarse de que realmente había sido enviada por Dios. La Doncella le dijo muchas cosas que no podía saber de ninguna fuente humana y le confirmó que era el rey legítimo. Así, le quitó esa duda que le afligía profundamente. Aunque, a nivel personal, Carlos VII ya estaba convencido de que Juana había sido enviada por Dios en su auxilio, quería obtener una confirmación por parte de la Iglesia.

El caballero Raoul de Gaucourt relató durante el proceso de rehabilitación cómo fue la llegada de Juana a la corte real:

«Yo estaba en Chinon cuando la doncella llegó allí y me encontraba en la corte cuando se presentó ante su Majestad Real. En su humildad y sencillez, era una simple pastora. Pude oír las palabras que le dirigió al delfín: “Ilustre señor delfín, he sido enviada por Dios para traeros ayuda a Vos y al reino de Francia”.»

También relató que el rey ordenó que Juana fuera examinada por clérigos, prelados y doctores para averiguar si debía y podía creer en sus palabras. Así sucedió: el interrogatorio por parte del clero duró más de tres semanas, tanto en Poitiers como en Chinon. Una vez que los clérigos la hubieron sometido a las pruebas pertinentes, certificaron finalmente que no había nada maligno en ella ni en sus palabras. Tras diversos interrogatorios, se le pidió a Juana una señal para creerle. Ella respondió: «La señal que os daré es el levantamiento del asedio de Orléans».

Juana había logrado convencer tanto al rey como a los inquisidores eclesiásticos, que vieron que esa joven no era en absoluto presuntuosa. Sus respuestas eran sencillas y claras, y su testimonio de vida, sincero y convincente para todos aquellos que tenían el corazón abierto. A partir de entonces, muchas personas consideraban la llegada de la Doncella como un signo de Dios y de esperanza.

Detengámonos un momento en este punto.

No solo es conmovedor ver la intervención tan extraordinaria de Dios en la desastrosa situación de Francia, escogiendo a una mujer joven y sencilla para cambiar su suerte, sino que también lo es la dulzura y determinación de la Doncella para cumplir su voluntad. También resulta conmovedor ver la fe de las personas de aquella época, dispuestas a prestar oído a una mensajera de Dios. Incluso los inquisidores eclesiásticos que la interrogaron en Poitiers y Chinon terminaron por allanarle el camino para que pudiera cumplir su misión.

A Juana le urgía partir hacia Orléans, y tenía motivos de sobra para ello. Orléans seguía siendo un obstáculo para la expansión del dominio inglés en Francia. Estaba claro que, si esta ciudad caía, sería casi imposible defender los territorios del sur. Las tropas inglesas ya habían iniciado el asedio de Orléans y habían construido las fortificaciones necesarias. Cada vez era más difícil abastecer la ciudad, lo que afectaba al estado de ánimo de la población.

Sin embargo, Dios intervino justo a tiempo y de una manera que solo podía provenir de Él. Envió a su mensajera, Juana, desde la región de Lorena. En aquella hora, el rey escuchó a su enviada y el plan de Dios pudo cumplirse.

La noticia de la inminente llegada de la Doncella a Orléans ya se había adelantado, por lo que la población de la ciudad la esperaba como a un ángel salvador: ¡la esperanza volvía a surgir!

¿Y Juana? ¡No veía la hora de partir para liberar Orléans!

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