«Si conociéramos el poder que tienen las benditas almas del purgatorio sobre el Corazón de Dios y cuántas gracias se pueden obtener por su intercesión, no las tendríamos tan olvidadas. Hay que orar mucho por ellas para que oren mucho por nosotros» (San Juan María Vianney).
¿Podría uno imaginar una hija del Padre Celestial más encantadora que tú, amada Virgen María?
Una hija que embelesa tanto a su Padre que Él le confía lo más precioso: su amado Hijo.
No, no puede haber alguien que se te iguale.
Tú eres aquella a la que el Señor ha elegido. Sólo Dios, el Santo, conoce toda tu belleza, con la que Él mismo te adornó; y sabe con cuánta alegría y ternura colmaste Su Corazón, viéndote en el esplendor de Su gracia.
Tota pulchra… ¡Toda hermosa eres, oh Hija del Padre!
En ti resplandece sin mancha la belleza del primer día, cuando Dios nos creó a Su imagen.