El santo que conoceremos hoy —y no me refiero a Santo Domingo de Guzmán— nos traslada a Inglaterra en una época de grandes tensiones políticas. Bajo el reinado de Enrique VIII comenzó un período particularmente difícil para los católicos que querían permanecer fieles a su fe.
Enrique VIII había subido al trono de su padre en 1509, a la edad de 17 años. Al principio, sus súbditos estaban entusiasmados, ya que el joven rey parecía destacar positivamente en comparación con su padre. Sin embargo, con el paso de los años, fue instaurando un régimen opresivo. Luego se produjo la fatal ruptura con la Iglesia Católica. El rey quería separarse de su esposa, Catalina de Aragón, que no le había dado un heredero al trono, y anular su matrimonio para desposarse con otra mujer. Pero el papa no dio su consentimiento a tal pretensión. Su pasión por aquella mujer, Ana Bolena, era tan grande que optó por la ruptura con Roma. En 1543, Enrique y Ana Bolena fueron excomulgados por el Papa. Ese mismo año, Enrique se autoproclamó «jefe supremo en la tierra de la Iglesia de Inglaterra». Así nació el anglicanismo.
