La sabiduría de Dios en todo

Rm 11,33-36

¡Qué abismo de riqueza, de sabiduría y de ciencia hay en Dios! ¡Cuán insondables son sus designios e inescrutables sus caminos! En efecto, ¿quién conoció el pensamiento del Señor?; ¿quién fue su consejero?; ¿quién le dio primero, que tenga derecho a la recompensa? Porque todas las cosas provienen de él, y son por él y para él. ¡A él la gloria por los siglos! Amén.

Esta exclamación brota de lo más profundo del corazón de San Pablo, al reconocer los maravillosos designios de Dios a pesar de la obstinación del Pueblo de Israel, que en su mayoría no reconoció al Mesías. A Pablo se le concedió un profundo conocimiento de Dios, y para evitar que cayera en presunción el Señor permitió que tenga que padecer un cierto sufrimiento, que él mismo describe como una “espina” en su carne (cf. 2Cor 12,7).

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“OTRA CLASE DE MARTIRIO” 

«El martirio no consiste únicamente en morir por la fe. También consiste en servir a Dios con amor y pureza de corazón cada día de nuestra vida» (San Jerónimo).

Estas palabras de san Jerónimo nos exhortan a todos a padecer —o, mejor dicho, a consumar— día a día el martirio del amor. No solo brilla con gran esplendor el martirio de sangre, tan apreciado en la Iglesia desde siempre, sino también la vida oculta en Cristo, que denominamos el camino de la santidad. Irradia su luz incluso cuando nadie se entera, pues nuestro Padre celestial ve cada uno de nuestros esfuerzos, los apoya y los estimula con su gracia.

Es un camino que requiere perseverancia y ánimo constante, sobre todo cuando percibimos los límites de nuestra capacidad de amar. Es provechoso tomar conciencia de nuestra limitación, pero es un error quedarse estancado en la decepción.

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