En una época en la que, lamentablemente, la confusión moral prolifera en el mundo y ni siquiera se detiene ante nuestra Santa Iglesia, de modo que muchas personas se han apartado del camino de la virtud o ni siquiera lo han emprendido, es importante no olvidar a los santos, en particular a los de la Iglesia primitiva, que nos ofrecen un brillante ejemplo de castidad.
Estos santos, que dieron su vida para preservar su castidad, no solo hicieron brillar su luz en medio de la oscuridad de su época, sino que obtuvieron de Dios una gran gracia para la Iglesia de todos los tiempos. Son un vivo recuerdo y un ejemplo de cuán importante es anteponer los preceptos de Dios a todo lo demás.
Una de estas mujeres radiantes es santa Susana. No se trata de aquella Susana del Antiguo Testamento, en la que quizá pensemos en primer lugar al escuchar este nombre, a la que Dios salvó de la muerte y devolvió su honor ante todo el pueblo por medio de Daniel. No, la santa de hoy es Susana de Roma.
