MEDITACIONES SOBRE EL ESPÍRITU SANTO: “La bondad”

Espíritu Santo, con los dones que Tú infundes en nuestra alma, quieres hacer surgir todos aquellos frutos sobre los cuales estamos meditando en estos días previos a la Fiesta de tu descenso. Son verdaderos frutos que hacen resplandecer nuestra vida, son expresión de tu amor y nos ayudan a nosotros, los hombres, a tratarnos los unos a los otros así como Jesús quiso:

“Que todos sean uno; como Tú, Padre, en mí y yo en Ti, que así ellos estén en nosotros, para que el mundo crea que Tú me has enviado. Yo les he dado la gloria que Tú me diste, para que sean uno como nosotros somos uno. Yo en ellos y Tú en mí, para que sean consumados en la unidad, y conozca el mundo que Tú me has enviado y los has amado como me amaste a mí.” (Jn 17,21-23)

Oh Espíritu Santo, nosotros, los hombres, hemos de vivir en verdadera unidad contigo y también los unos con los otros. Pero si abrimos los ojos y no vivimos en una ilusión, resulta evidente que no seremos capaces de ello por nuestras propias fuerzas. Por eso debemos recurrir a la fuente del amor y de la bondad, y beber de ella. ¡Esa fuente eres Tú mismo, Espíritu Santo!

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“LLAMADOS A SER LUZ DEL MUNDO”

«Vosotros sois la luz del mundo (…). Alumbre así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre, que está en los cielos» (Mt 5,14a.16).

Esta maravillosa palabra va dirigida a los discípulos del Señor, es decir, ¡a cada uno de nosotros! A través de la unión con Jesús, no solo somos iluminados por su luz, sino que nosotros mismos nos convertimos en luz del mundo al transmitir la Palabra de Dios y realizar sus obras. Y, puesto que quien nos lo dice es el Divino Maestro, el Hijo de Dios, no se trata de presunción por nuestra parte.

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“YO SOY LA LUZ DEL MUNDO”

NOTA: Hoy comienzo una serie con los “3 Minutos para Abbá” que se relaciona estrechamente con una obra musical que está realizando Harpa Dei. Su intención es poner a las personas en contacto con las palabras de Nuestro Señor Jesucristo a través de cantos gregorianos que entonan dichas palabras. Con este fin, publicarán pequeños vídeos en su canal, que al final de la serie se recopilarán en un solo vídeo con «sus mismísimas palabras». Me complace mucho apoyar este proyecto con breves meditaciones en el marco de los «3 minutos para Abbá», en las que tematizaré una por una las palabras de Jesús que han escogido. Puesto que el Señor dijo: «El que me ha visto a mí, ha visto al Padre» (Jn 14, 9b) y «Yo hablo lo que he visto en mi Padre» (Jn 8, 38), escuchamos a través de sus palabras la voz del Padre mismo. Empecemos hoy con la primera palabra:

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MEDITACIONES SOBRE EL ESPÍRITU SANTO: “La castidad”

Espíritu Santo, hoy vengo ante ti con una intención especial y te presento un problema que oscurece la vida de tantas personas. Se ha perdido la sensibilidad por la castidad, y a muchos les parece ser solamente una reliquia del pasado. Si se habla sobre la pureza, frecuentemente uno se choca con una total incomprensión, e incluso en círculos de la Iglesia podremos encontrarnos con personas que nos miran con lástima y nos consideran anticuados porque aún creemos en la castidad… ¡Pero en realidad es un fruto que brota de la vida contigo, oh Espíritu Santo, y es un maravilloso regalo que realza sobremanera la dignidad de la persona!

Oh Espíritu Santo, ¿por qué será que somos tan poco sensibles a la belleza de la castidad? ¿Acaso ya no tenemos ojos para reconocer la dignidad de la pureza? ¿Es que estamos a tal punto “sexualizados” que nos hemos vuelto incapaces de percibir la nobleza de la castidad, la fuerza interior y la integridad de una virgen?

La castidad no es una actitud tensa y escrupulosa frente a la sexualidad; ni tampoco es una temerosa represión de cualquier reacción natural; ni es la ausencia de atracción frente a este campo vital… Antes bien, es la capacidad de manejar con sensibilidad esta esfera.

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MEDITACIONES SOBRE EL ESPÍRITU SANTO: “Pentecostés: el gran suceso”

¡Ahora has descendido, Amado Espíritu Santo! En esta ocasión, llegaste en la tormenta, en una “impetuosa ráfaga de viento” (cf. Hch 2,2); y no en una “suave brisa” como cuando te manifestaste a tu amigo, el Profeta Elías (cf. 1Re 19,11-13). A él te mostraste más escondida y suavemente, así como sueles actuar en las almas de aquellos que te dejan entrar. Pero hoy, en el acontecimiento de Pentecostés, fue distinto… ¡Cuán maravilloso y convincente fue tu actuar! Los apóstoles hablaban y anunciaban en su propia lengua; pero todos los allí presentes los entendían cada cual en su propio idioma.

“Al producirse aquel ruido, la gente se congregó y se llenó de estupor porque cada uno les oía hablar en su propia lengua. Estupefactos y admirados, decían: ‘¿Acaso no son galileos todos estos que están hablando? Pues ¿cómo cada uno de nosotros les oímos en nuestra propia lengua nativa? Aquí estamos partos, medos y elamitas; hay habitantes de Mesopotamia, Judea, Capadocia, el Ponto, Asia, Frigia, Panfilia, Egipto y la parte de Libia fronteriza con Cirene; también están los romanos residentes aquí, tanto judíos como prosélitos, cretenses y árabes. ¿Cómo es posible que les oigamos proclamar en nuestras lenguas las maravillas de Dios?’” (Hch 2,6-11)

¡Un verdadero y gran milagro!

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“PEDIR EL ESPÍRITU SANTO”

«Si vosotros, siendo malos, sabéis dar a vuestros hijos cosas buenas, ¿cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan?» (Lc 11,13).

Con estas palabras, Jesús quiere hacernos entender cuán natural es que Dios escuche nuestras oraciones cuando le pedimos el Espíritu Santo. Y el Señor utiliza una excelente comparación: incluso nosotros, los hombres, inclinados al mal, no hacemos oídos sordos a las peticiones de nuestros hijos, cuando nos piden algo bueno.

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MEDITACIONES SOBRE EL ESPÍRITU SANTO: “Luz en la oscuridad”

Ven, Espíritu Santo, ilumínanos, pues Tú eres la luz que esclarece nuestra oscuridad. Aparta de nosotros toda ceguera espiritual, para que podamos reconocerte mejor y sepamos percibir la realidad a tu luz. Y es que hay una gran diferencia entre ver la realidad simplemente en su dimensión natural, o saber reconocer tu obra en todo.

¿Sabes, Espíritu Santo? En realidad, entendemos muy poco…

Para nosotros, la vida se compone de distintas impresiones, con las que tratamos de construir una imagen coherente de la realidad. A veces descubrimos algo como un “hilo interior”, y en fe sabemos que éste realmente existe. Pero fácilmente perdemos este hilo a lo largo del día, cuando estamos ocupados en diversos quehaceres y éstos nos absorben demasiado.

¿Cómo podemos entonces, oh Espíritu Santo, permanecer en contacto contigo y percibirte aún mejor en nuestra vida?

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“PUEDES HACERLO TODO”

«Si permaneces unido a tu Padre a través de la oración, puedes hacerlo todo» (Palabra interior).

¡Qué maravillosa invitación! Nos recuerda a la exhortación de San Pablo a orar sin desfallecer:

«[Permaneced] siempre en oración y súplica, orando en todo tiempo movidos por el Espíritu» (Ef 6,18).

La Sagrada Escritura nos exhorta una y otra vez a la oración perseverante, y los santos y maestros de la vida espiritual no se cansan de hablar sobre su importancia.

Para nuestro Padre, es un camino maravilloso para realizar su obra junto a nosotros. Pero no siempre se trata de obras extraordinarias, sino que la unión con nuestro Padre puede llegar a ser tan íntima que todo lo que hagamos esté impregnado por su luz.

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“DESHAZTE DE TODAS TUS CADENAS”

«Deshazte de todas tus cadenas, que hace tiempo fueron soltadas, y avanza conmigo» (Palabra interior).

¿Cuáles son los obstáculos que nos impiden avanzar en el seguimiento del Señor? A menudo pareciera que aún estamos atados por cadenas invisibles. Puede que sean cosas que hace tiempo entregamos al Señor, pero que siguen afectándonos y queriendo frenarnos. Tal vez solo sean pensamientos confusos y temores los que dificultan nuestro caminar.

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MEDITACIONES SOBRE EL ESPÍRITU SANTO: “La paz”

Amado Espíritu Santo, uno de tus maravillosos frutos es la paz. Es una paz que el mundo no puede dar (cf. Jn 14,27), pero tampoco puede arrebatar. Se trata, entonces, de una paz distinta a la que usualmente conocemos; una paz que permanece.

¡Cuánto habla el mundo de paz, pero no consigue hallarla! Hay guerras por doquier, y la paz que se logra suele ser frágil e inestable. En efecto, ¿de dónde procederá una verdadera paz? Con toda nuestra buena voluntad, no alcanzaremos por nosotros mismos aquella dimensión de paz que promete Jesús:

“La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo. No se turbe vuestro corazón ni se acobarde.” (Jn 14,27)

La paz no es solamente ausencia de guerra, aunque esto sería tan deseable para el mundo. La verdadera paz va más allá: es la coherencia de nuestra vida con la verdad del ser, y de ahí le viene su fuerza creadora.

Al reflexionar sobre esto, oh Espíritu Santo, necesariamente se nos plantean cuestionamientos más profundos… En efecto, ¡la paz ha de empezar por nosotros!

Entonces, ¿de dónde procede la paz?

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