“EN CASA, EN LA FAMILIA DE DIOS”

«Deseo que, en mí, te sientas en casa, como en una familia que te quiere mucho y en la que siempre te sientes aceptado» (Palabra interior).

Si los hombres lo supieran, muchas cosas podrían cambiar en sus vidas. Incluso si hemos tenido la gracia de crecer en una buena familia, la certeza que nos transmite la frase de hoy puede ampliar aún más nuestra perspectiva, y podremos decir: «Si YA fue una gran dicha crecer en una buena familia, ¡cuánto más maravillosa debe de ser entonces la familia celestial, de la que procede todo lo bueno que nos ha sucedido!». Con esta perspectiva, incluso se puede estar dispuesto a dejar atrás la familia natural para seguir la llamada del Rey que busca la belleza del alma (cf. Sal 45,12).

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Pecado, justicia y juicio

Jn 16,5-11

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Pero ahora me voy donde aquel que me ha enviado, y ninguno de vosotros me pregunta: ‘¿Adónde vas?’ Es que, por haberos dicho esto, estáis embargados de tristeza. Pero yo os digo la verdad: os conviene que me vaya, porque, si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito; pero si me voy, os lo enviaré; y cuando él venga, convencerá al mundo en lo referente al pecado, en lo referente a la justicia y en lo referente al juicio. En lo referente al pecado, porque no creen en mí; en lo referente a la justicia, porque me voy al Padre, y ya no me veréis; y en lo referente al juicio, porque el Príncipe de este mundo ya está juzgado.”

Escuchamos hoy nuevamente una de esas afirmaciones del Señor que los discípulos primero deben aprender a comprender. Su corazón está lleno de tristeza, pero ninguno de ellos se atreve a preguntar adónde Jesús piensa ir. Tal vez temen una respuesta que incremente aún más el dolor en el que están inmersos.

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