MEDITACIONES SOBRE EL ESPÍRITU SANTO: “La alegría”

Amado Espíritu Santo, uno de los más bellos frutos que Tú haces crecer en nosotros es la alegría. Es aquella alegría que, al igual que el amor, hace que todo sea más fácil y vence el peso que tantas veces trae consigo la vida; una alegría que es espiritualmente contagiosa, y puede darle un rayo de luz y algo de consuelo a la otra persona, siempre y cuando ella no se cierre.

Tu amigo San Pablo nos exhorta a estar siempre alegres (cf. Fil 4,4). Entonces, la alegría no se limita a aquellas situaciones en que recibimos agradables bienes terrenales o a las circunstancias en las que el corazón se regocija. Más bien, San Pablo nos la presenta como un estado constante, como la “tónica básica” del corazón, que permanece aun cuando las circunstancias se vuelven difíciles y el alma tendería a turbarse.

Entonces, oh Espíritu Santo, no puede tratarse de aquella alegría que va y viene, y que es tan volátil. Tampoco puede referirse al estado de ánimo propio de un temperamento optimista y alegre por naturaleza.

¿Cuál es, entonces, la alegría que Tú concedes?

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“NUEVAMENTE LA MISERICORDIA”

«Todo lo que hacéis para glorificarme —oraciones, ayunos, vigilias y otras obras de disciplina espiritual— lo contemplo con benevolencia. Sin embargo, aunque a los de poca fe les cueste creerlo, me complazco aún más en permanecer junto a mis elegidos, que, en su debilidad y fragilidad humanas, buscan refugio confiadamente en mi misericordia» (Palabras de Jesús a Santa Gertrudis de Helfta).

Una vez más, nos encontramos con el tema de la debilidad y fragilidad humanas, que atraen de manera especial la amorosa atención del Señor. Sin restar importancia a las buenas obras ascéticas, que Dios ve con benevolencia, su amor se inclina aún más hacia aquellos que, en medio de su aflicción interior, buscan su misericordia y confían en ella.

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