“LA MIEL DE LA ETERNA DULZURA”

«Cuando derramo mi gracia sobre los hombres y la recibo de vuelta de ellos, preparo en mi corazón la miel de la eterna dulzura» (Palabras de Jesús a Santa Matilde de Hackeborn).

Un alma que ama se pregunta una y otra vez cómo podría devolverle a su Señor algo de todo lo que Él, en su prodigalidad, le concede. Sin embargo, siempre tendrá que constatar: «¿Cómo podría agradecerte lo suficiente por tanta bondad?». Siempre nos quedaremos cortos en relación con lo que Dios nos da. Y es bueno que así sea, porque Él da de manera divina y nos recuerda que Él mismo es la fuente de la que mana inagotablemente el amor.

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MEDITACIONES SOBRE EL ESPÍRITU SANTO: “La mansedumbre”

Amado Espíritu Santo, dulce huésped de las almas,
infunde en nosotros el espíritu de mansedumbre;
aquel espíritu que todo lo penetra,
que transforma el corazón y lo hace dócil,
que lo purifica de toda dureza,
que es tan suave y dulce como Tu Amada Esposa, nuestra Madre María.

“Dichosos los mansos, porque ellos heredarán la tierra” (Mt 5,5)

En lugar de forzarnos, Tú, Espíritu Santo, nos seduces con tu amor.

Prefieres darnos a saborear tu amor como miel, antes que ofrecernos hierbas amargas, aunque a veces las mereceríamos.

A tu amigo, el profeta Elías, te manifestaste como una suave brisa, mientras él creyó encontrarte en la tormenta. Pero una vez que percibió tu afable presencia, se cubrió el rostro (cf. 1Re 19,11-13).

¡Se requiere valentía para ser manso! En efecto, la mansedumbre no es sentirse indefenso y expuesto, ni tampoco ser cobarde y evitar toda confrontación. ¡Ésta no es la verdadera mansedumbre! Ella es firme en su interior y está enraizada en la verdad. Por eso, no necesita recurrir a la violencia.

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