«Cuando derramo mi gracia sobre los hombres y la recibo de vuelta de ellos, preparo en mi corazón la miel de la eterna dulzura» (Palabras de Jesús a Santa Matilde de Hackeborn).
Un alma que ama se pregunta una y otra vez cómo podría devolverle a su Señor algo de todo lo que Él, en su prodigalidad, le concede. Sin embargo, siempre tendrá que constatar: «¿Cómo podría agradecerte lo suficiente por tanta bondad?». Siempre nos quedaremos cortos en relación con lo que Dios nos da. Y es bueno que así sea, porque Él da de manera divina y nos recuerda que Él mismo es la fuente de la que mana inagotablemente el amor.
