“PEDIR EL ESPÍRITU SANTO”

«Si vosotros, siendo malos, sabéis dar a vuestros hijos cosas buenas, ¿cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan?» (Lc 11,13).

Con estas palabras, Jesús quiere hacernos entender cuán natural es que Dios escuche nuestras oraciones cuando le pedimos el Espíritu Santo. Y el Señor utiliza una excelente comparación: incluso nosotros, los hombres, inclinados al mal, no hacemos oídos sordos a las peticiones de nuestros hijos, cuando nos piden algo bueno.

¿Y qué petición podría ser más importante que la del Espíritu Santo? Este don infinito no solo se nos concede para nuestro camino de salvación personal, sino que, en su prodigalidad, nuestro Padre quiere derramarlo sobre toda la humanidad. Esto es lo que vemos en la solemnidad de hoy, en la que celebramos el descenso del Espíritu Santo, que convirtió a los apóstoles del Señor en pregoneros del mensaje de salvación para todos los hombres. Y este mismo Espíritu Santo, procedente del Padre y del Hijo, nos ha sido dado como memoria viva que nos recuerda todo lo que Jesús dijo e hizo (cf. Jn 14, 26).

Derramado en nuestros corazones, el Espíritu clama: «Abbá, amado Padre» (cf. Rm 8,15) y nos invita así a la comunión más íntima con nuestro Padre divino. El Dios grande, santo y vivo quiere que nos dirijamos a Él con el nombre más tierno, para que captemos más profundamente nuestra vocación de hijos suyos. Él mismo nos dará todo lo necesario para que podamos vivir como tales, y lo hace con toda naturalidad. El Espíritu Santo pronuncia el santo nombre de Padre en nosotros y se vuelve eficaz cuando le abrimos la puerta de nuestro corazón.

Sin duda, podemos acudir a nuestro Padre y pedirle que el Espíritu Santo actúe con poder en nuestras vidas. Dios no desoirá tal petición, pues Él mismo ha sembrado en nuestros corazones el anhelo del Consolador.