Parte XIII: Reflexiones conclusivas

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A lo largo de las últimas semanas, he tratado dos temas muy serios en las meditaciones diarias. En la primera serie, hablé sobre el autoengaño y otros engaños que se han dado recientemente en el mundo y en la Iglesia. En la segunda serie, que en cierto sentido podría considerarse una prolongación de la primera, hemos hablado sobre el advenimiento de un Anticristo concreto, cuyo espíritu, desde mi punto de vista, ya está actuando intensamente para preparar su toma de poder.

Está claro que el espíritu del Anticristo no es otro que Lucifer, que quiere engañar a la humanidad para lograr su objetivo: usurpar el lugar de Dios entre los hombres y llevar así a su culmen su ciega rebelión contra Él.

El ángel caído sabe muy bien cuánto ama Dios a los hombres y qué glorioso futuro les ha preparado. Por eso, quiere arrastrarlos a su lado, engañarlos y privarlos de la salvación eterna. En él no queda ni un rastro de amor. Todo su ser se ha pervertido. En lugar de ser un portador de luz para los hombres y anunciarles la gloria de Dios, según la misión que le había sido encomendada, ahora, en su delirio, quiere establecer su propio reino en la Tierra. Para ello, se valdrá del Anticristo, pues necesita una persona visible que esté totalmente bajo su control. El dominio del Anticristo será una perversión del Reinado de Cristo. Él vino al mundo para cumplir la voluntad del Padre y establecer el Reino de su amor. El otro vendrá por encargo de Satanás y estará al servicio de aquel que quiere instaurar un reino de arbitrariedad y engaño.

¿Quién lo reconocerá? Muchas personas no se darán cuenta. Si el Anticristo se presenta hábilmente como un portador de paz y un benefactor de la humanidad, si les promete libertad y logra fascinarlos, la mayoría aceptará su dominio casi a ciegas y como si fuera lo más natural.

Por lo general, solo aquellos que tienen el espíritu de discernimiento y están firmemente arraigados en Dios podrán reconocer los engaños y las maquinaciones del Anticristo. Al igual que el apóstol san Juan advirtió en su tiempo del Anticristo y de muchos anticristos (1Jn 2,18), también deberían hacerlo hoy, en primer lugar, los pastores de la Iglesia. La Sagrada Escritura y la auténtica doctrina de la Iglesia constituyen una base sólida para identificar, con discernimiento, el espíritu anticristiano y advertir a los fieles sobre él. Pero aquí es donde nos encontramos con un gran problema: por lo general, tales advertencias ya casi no se oyen.

En el ámbito político, apenas encontraremos a alguien que, arraigado profundamente en la fe, se oponga con determinación a las corrientes anticristianas. Muchos se han dejado llevar por estas corrientes y basan su política en ellas. Podemos afirmar con el apóstol san Juan: «Sabemos que somos de Dios, mientras que el mundo entero yace en poder del Maligno» (1Jn 5,19).

Pero, ¿dónde queda la voz profética de la Iglesia para advertir al pueblo de Dios a través de sus pastores? Desde el pontificado de Francisco, las voces que advierten al rebaño se han reducido considerablemente y, a menudo, han guardado silencio. La creciente mundanización de la Iglesia y su debilitamiento interior debido a las falsas doctrinas no solo han acallado las tan necesarias advertencias de los pastores, sino que, por desgracia, tenemos que constatar que, en muchos niveles, la jerarquía eclesiástica coopera con el espíritu anticristiano.

En este contexto, recordemos las palabras de Don Gobbi sobre la infiltración de la masonería eclesiástica en la jerarquía. Aunque eso no necesariamente significa que los líderes de la Iglesia sean miembros registrados de esta asociación, lo cierto es que, con sus tendencias modernistas, han adoptado la mentalidad y los objetivos de la masonería y de otras corrientes similares inspiradas por el mismo espíritu hostil a Dios.

¿Qué podemos esperar entonces?

León XIV lleva adelante el rumbo nefasto de Francisco y lo consolida como si fuera algo natural para la Iglesia. Sin embargo, se trata de un camino erróneo que allana el terreno para el advenimiento del Anticristo. Algunos fieles se dan cuenta de que la Iglesia se está desviando, pero eluden el hecho evidente de quién es, en última instancia, el responsable de tales desviaciones. Pero no se puede simplemente cerrar los ojos, pues si no, corremos el riesgo de pasar por alto el «elefante en la habitación», como se dice en una expresión rusa para referirse a algo evidente que nadie quiere mencionar. Esto, a su vez, lleva a no sacar las conclusiones debidas.

He tratado estos temas en las dos últimas series con el fin de brindar a los fieles criterios de discernimiento y hacerles ver el peligro que ya está ahí y que puede intensificarse aún más para quienes quieran permanecer firmes en el Señor. Puesto que, en mi opinión, el advenimiento del Anticristo podría estar muy cerca, intentaré ayudar a los fieles mientras el Señor me lo permita[1].

En cualquier caso, ¡debemos permanecer fieles al Señor y a su Iglesia! Cuando el «hombre inicuo» se manifieste en la Tierra, habrá que ofrecerle resistencia con armas espirituales.

Concluidos estos temas serios, pero necesarios, empezaremos mañana la Novena a Dios Padre, quien ciertamente nos guiará de su mano a través de las tribulaciones de estos tiempos si nos dejamos conducir por Él.

[1] He publicado varias conferencias y artículos sobre este tema. Quienes estén interesados en profundizarlo, pueden consultar los siguientes enlaces:

https://www.youtube.com/watch?v=xzGrEYm-kfA

https://es.elijamission.net/blog-post/por-que-tematizo-el-anticristo-en-mi-blog/