«Quien ama al Redentor con un amor valeroso, no deja de amarlo en medio de las tentaciones, la sequedad y la desolación» (San Alfonso María de Ligorio).
Querido san Alfonso, ¡cuán ciertas son tus palabras y cuánto quisiéramos demostrar así nuestra fidelidad al Señor! Entonces, ¿cómo podemos amarle en tales circunstancias, cuando nuestro corazón parece frío, cuando nos sentimos sin fuerzas y desconsolados o cuando incluso nos vemos asaltados por grandes tentaciones? En esos momentos, una declaración de amor al Señor casi podría parecernos una hipocresía, porque no estaría sustentada en ningún sentimiento. Quizá nos encontremos sumidos en una oscuridad interior y sintamos aversión hacia su Palabra y hacia cualquier práctica religiosa. En esta situación, querido Alfonso, no nos sentimos valientes en absoluto, sino más bien indecisos y perezosos. ¿Y entonces qué?
Ciertamente, nuestro santo no nos dejaría sin respuesta. Tal vez nos recordaría que el Redentor nunca dejó de amar, ni siquiera en las horas de mayor humillación, y lo hizo con hechos: ¡se trata de amar con la voluntad! Seguramente, san Alfonso nos consolaría y nos diría que, en tales circunstancias, lo único que Dios quiere es que confiemos en Él, sin darle más vueltas al asunto. Nos diría que podemos derramar ante el Señor toda nuestra miseria y la oscuridad que nos rodea. Tal vez añadiría que, en esta situación, solo podemos demostrar nuestro amor con la «última punta» de nuestra voluntad. Esa sería precisamente una muestra de valentía.
Por tanto, si atravesamos horas de oscuridad, oremos simplemente a nuestro Padre Celestial: «Pase lo que pase, por más débil e imperfecto que sea, sé por fe que Tú me amas, amado Padre, ¡y esa es mi fuerza!».
