Solemnidad de la Ascensión del Señor: “Jesús vuelve al Padre”  

Los cuarenta días durante los cuales el Resucitado había instruido a sus discípulos y les había introducido aún más profundamente en su misión han llegado a su fin. Para el Señor llega la hora de regresar a su Padre en toda su gloria. Ha culminado la obra que Él le había encomendado realizar en la tierra y ha colocado los cimientos para que el mensaje de la salvación sea anunciado en todo el mundo. No hay nada más importante que el cumplimiento de la misión que el Señor encomendó a sus apóstoles para que los hombres lleguen a conocer al Redentor de todos los pueblos y le sigan. Jesús es el único camino al Padre (Jn 14,6).

Durante los últimos días, las lecturas y el Evangelio nos han hablado una y otra vez del Espíritu Santo, absolutamente indispensable para la expansión auténtica del Evangelio. Sin Él, el fuego del amor se apagaría pronto y la verdad sería sustituida por fábulas humanas y engaños de los ángeles caídos. Hoy, en la Solemnidad de la Ascensión del Señor, escuchamos el pasaje de los Hechos de los Apóstoles que narra este acontecimiento:

Hch 1,1-12

Escribí el primer  libro, querido Teófilo, sobre todo lo que Jesús comenzó a hacer y enseñar hasta el día en que, después de haber dado instrucciones por el Espíritu Santo a los apóstoles que él había elegido, fue elevado al cielo. También después de su Pasión, él se presentó vivo ante ellos con muchas pruebas: se les apareció durante cuarenta días y les habló de lo referente al Reino de Dios. Mientras estaba a la mesa con ellos les mandó no ausentarse de Jerusalén, sino esperar la promesa del Padre: “La que oísteis de mis labios: que Juan bautizó con agua; vosotros, en cambio, seréis bautizados en el Espíritu Santo dentro de pocos días”.

 Los que estaban reunidos allí le hicieron esta pregunta: “Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar el Reino de Israel?” Él les contestó: “No es cosa vuestra conocer los tiempos o momentos que el Padre ha fijado con su poder, sino que recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que descenderá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra”. Y después de decir esto, mientras ellos lo observaban, se elevó, y una nube lo ocultó a sus ojos. Estaban mirando atentamente al cielo mientras él se iba, cuando se presentaron ante ellos dos hombres con vestiduras blancas que dijeron: “Hombres de Galilea, ¿qué hacéis mirando al cielo? Este mismo Jesús, que de entre vosotros ha sido elevado al cielo, vendrá de igual manera a como le habéis visto subir al cielo”. Entonces regresaron a Jerusalén desde el monte llamado de los Olivos, que está cerca de Jerusalén a la distancia de un camino permitido el sábado.

En este relato, san Lucas nos revela lo que Jesús habló con sus discípulos durante los cuarenta días posteriores a su Resurrección: «les habló de lo referente al Reino de Dios», les transmitió la nueva etapa que había comenzado con su venida al mundo, con su muerte y resurrección, y les instruyó sobre cómo debía continuar. Podemos imaginarnos cómo el Señor se sentaba con sus discípulos y, con paciencia y perseverancia, les explicaba lo que las Escrituras ya habían dicho sobre Él. Sin embargo, no basta con tener un conocimiento teórico de la Sagrada Escritura, sino que se necesita la iluminación del Espíritu Santo. Por eso, Jesús insistió en que los discípulos debían permanecer en Jerusalén hasta que el Espíritu prometido descendiera sobre ellos. De lo contrario, su predicación no habría estado llena del Espíritu Santo y, por tanto, no habría sido capaz de tocar los corazones de los hombres, que el mismo Espíritu debía preparar para hacerlos receptivos a su luz.

En la pregunta de los discípulos a Jesús sobre cuándo restauraría el Reino de Israel, podemos notar que, en ese momento, aún les faltaba esa luz del Espíritu Santo y que probablemente seguían atrapados en sus propias concepciones sobre dicho Reino. Jesús les responde claramente que no les corresponde a ellos conocer los tiempos o momentos. Esta es una lección no solo para los discípulos, sino también para nosotros: no nos corresponde preguntarle al Señor cuándo sucederá esto o aquello. A esto se suma el hecho de que, no pocas veces, nuestras preguntas pueden estar influenciadas por nuestras propias ideas e interpretaciones. Por tanto, contentémonos con lo que el Señor nos revela.

En efecto, en lugar de responder a su pregunta, Jesús insiste una vez más en lo esencial para sus discípulos y para todos los que le siguen: «Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que descenderá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra». 

Esta es la promesa que dejó a los discípulos y, por tanto, también a todos los que le seguimos hasta el día de hoy: Él, junto con el Padre Celestial, nos enviará al Espíritu Santo.

Cuando nuestro Señor hubo cumplido todo, llegó la hora de volver al Padre. Ante los ojos de los discípulos, se elevó al cielo. Mientras ellos lo miraban asombrados, se les presentaron dos hombres vestidos de blanco, que sin duda eran ángeles, y les anunciaron: «Este mismo Jesús, que ha sido elevado al cielo, vendrá de igual manera que le habéis visto subir al cielo».

Comienza entonces una nueva etapa en la historia de la salvación. El Hijo de Dios ya no se encuentra físicamente en la Tierra, sino que ha vuelto a la gloria del Padre. Ha preparado a sus discípulos para que asuman la responsabilidad de difundir el mensaje del Evangelio. Cuando les envíe al Espíritu Santo, recibirán todo lo necesario para cumplir su misión. Además, el Señor recuerda una vez más a sus discípulos, por medio de los dos ángeles, que Él volverá. No nos ha revelado ni el día ni la hora (Mt 24,36), pero nos ha indicado las señales que nos permitirán identificar que su Retorno está próximo. Hasta entonces, sabemos lo que nos corresponde hacer.

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