«Todos pueden convertirse en hermanos y hermanas, si tan solo creen en mí» (Palabra interior).
Aquí se hace alusión a aquel parentesco que nuestro Señor nos mostró claramente en el Evangelio cuando le dijeron: «Mira, tu madre y tus hermanos están ahí fuera intentando hablar contigo. Pero él respondió al que se lo decía: -¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos? Y extendiendo su mano hacia sus discípulos, dijo: -Éstos son mi madre y mis hermanos. Porque todo el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre» (Mt 12,47-50).
Es un parentesco de otro nivel que el de la sangre, uno que trasciende la dimensión terrenal. Se trata del vínculo más íntimo que surge del amor a Dios. Por ello, también abarca a los ángeles y santos del Cielo, así como a aquellos que aún se encuentran en el purgatorio, pues también ellos aman a Dios y esperan con ansias la unificación con Él.
Este «santo parentesco» debe distinguirse de una fraternidad universal que se pretende proclamar hoy en día, sin que se cumplan las condiciones esenciales para ello. Una fraternidad de este tipo resulta engañosa, ya que pasa por alto la naturaleza caída del hombre a raíz del pecado.
Sin embargo, nuestro Padre no abandona a los hombres en esta condición desolada, sino que, a través de su Hijo, les ofrece su cercanía y paternidad. Aceptarla significa entrar en comunión con todos aquellos que también viven como hijos suyos. Significa estar rodeados de hermanos y hermanas cuya mayor alegría es que formemos parte de ellos. Significa encontrar un hogar en la familia espiritual de los redimidos, tal y como dispuso nuestro Padre. Todos estamos llamados a formar parte de esta familia y hay sitio suficiente para albergar a todos aquellos que acojan la invitación de Dios.
