«Todos los que quieran seguirme experimentarán la hostilidad del infierno y la de aquellos que prestan oído al demonio» (Palabra interior).
Cuando emprendemos el camino de seguimiento de Cristo, es inevitable que nos enfrentemos a esta hostilidad. Puede manifestarse de diversas formas, pero siempre estará presente. Nuestro Padre nos lo mostró claramente en la vida de su propio Hijo, así como en el testimonio de sus discípulos a lo largo de la historia.
Por eso, es importante que seamos conscientes de ello y aprendamos a lidiar con esta hostilidad. Para ello, nuestro Padre nos provee de las armas necesarias.
En las Sagradas Escrituras encontramos frecuentes advertencias y exhortaciones para que, en nuestro seguimiento de Cristo, no vivamos en ilusiones. Como buen Padre, nos señala los peligros y, al mismo tiempo, nos alienta y fortalece para que podamos resistir. Además, podemos tener por seguro que Dios nunca permitirá que nos sobrevengan tentaciones que superen nuestras fuerzas (1Cor 10,13), sino solo aquellas que sean inevitables en nuestro combate.
Los ataques no solo consisten en tribulaciones exteriores. Probablemente, la mayoría de las dificultades provienen del interior y pretenden desanimarnos o quebrantarnos. Pueden manifestarse en forma de pensamientos infructuosos y malos sentimientos, con la intención de distraernos e incluso, lo cual resulta particularmente doloroso, provocarnos cierta aversión a la oración, resistencia hacia las cosas espirituales o religiosas y muchas otras aflicciones.
Sin embargo, las intenciones del Maligno se ven frustradas cuando permanecemos unidos al Señor, cuando lo buscamos e invocamos, cuando renunciamos al mal e intentamos vivir cada día con vigilancia. Entonces, veremos que nuestro Padre se vale de todas esas tribulaciones para fortalecernos y darnos la oportunidad de demostrarle nuestra fidelidad. Al mismo tiempo, los poderes del infierno se ven debilitados y el Padre se sirve de nuestra participación en el combate espiritual e incluso nos lo atribuirá como mérito. ¡Así es nuestro Padre!
