«El Espíritu Santo es luz y fortaleza. Es Él quien nos permite distinguir lo verdadero de lo falso y el bien del mal. Al igual que los binoculares agrandan los objetos, el Espíritu Santo nos permite reconocer el bien y el mal a lo grande. Con el Espíritu Santo, todo se observa a gran escala: se aprecia la grandeza de los actos más pequeños realizados por Dios, así como la magnitud de los errores más mínimos» (San Juan María Vianney).
Para alcanzar un conocimiento veraz y profundo, necesitamos la ayuda del Espíritu Santo. Aunque mediante el entendimiento podemos comprender y distinguir las cosas naturales, solo el Espíritu Santo puede concedernos una visión sobrenatural, iluminando al mismo tiempo nuestra razón.
En su luz, reconocemos con mayor precisión las cosas desde la perspectiva de Dios y, por tanto, contamos con un criterio auténtico. Así, aprendemos a reconocer la gravedad del pecado, pero también la magnitud de su misericordia. Incluso nuestras faltas más mínimas tienen peso. Sin embargo, cuando las admitimos y nos arrepentimos, quedan bajo la suave guía del Espíritu Santo. Él no solo nos las muestra, sino que también nos señala el camino para cambiarlas y superarlas.
Al reconocer la misericordia de Dios, podemos hacernos una idea de la grandeza de su amor. A través del Espíritu Santo, también sabemos que las obras realizadas en Él adquieren un gran valor. Esta certeza puede convertirse en una fuente de alegría, sabiendo que así podemos aportar nuestra humilde contribución al Reino de Dios, en la que Él se complacerá grandemente.
Tras escuchar estas palabras del santo Cura de Ars, no nos queda más que pedir al Espíritu Santo que, mediante su amorosa guía, podamos conocer mejor a nuestro Padre y también a nosotros mismos.
