El que recibe a un niño como éste, a mí me recibe

Siguiendo el calendario tradicional, se celebra el 15 de mayo la fiesta de San Juan Bautista de la Salle, a quien dedicaremos la meditación de hoy. Con este motivo, se ha escogido el siguiente pasaje evangélico:

En aquella ocasión se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron: “¿Quién piensas que es el mayor en el Reino de los Cielos?” Entonces llamó a un niño, lo puso en medio de ellos tres y dijo: “En verdad os digo: si no os convertís y os hacéis como los niños, no entraréis en el Reino de los Cielos. Pues todo el que se humille como este niño, ése es el mayor en el Reino de los Cielos; y el que reciba a un niño como éste en mi nombre, a mí me recibe” (Mt 18,1-5).

El Señor nos presenta aquí dos aspectos en relación con los niños. En primer lugar, su sencillez y sinceridad. Esa es la actitud con la que debemos acercarnos a nuestro Padre celestial. En los niños que aún conservan su pureza encontramos una maravillosa inocencia, que recibe de buen grado lo que les ofrecemos. Al vivir una relación así con nuestro Padre, nos volvemos receptivos al amor de Dios, que puede trasmitírsenos de forma directa. De ahí se deriva la verdadera grandeza, pues en el Reino de los Cielos es grande quien ama y sirve a los demás. Si nuestro corazón es tan abierto como el de un niño, no solo acogemos el amor de Dios por el camino más directo, sino que, además, este se convierte en la motivación para actuar, ya que el amor nos empuja a realizar las obras de Dios. En definitiva, es el Espíritu Santo, el amor entre el Padre y el Hijo, quien nos impulsa a hacer el bien e ilumina nuestro corazón.

A esta apertura se suma la actitud de verdadera humildad. De hecho, si nos sometemos a nuestro Padre a la manera de un niño, nunca nos consideraremos grandes. Por el contrario, sabremos que somos receptores y que todo lo grande debe atribuirse a Dios. Nuestra participación consiste en permitir que Dios realice obras grandes a través de nosotros.

En este contexto, Jesús habla incluso de conversión. Eso significa que no traemos esta actitud de humildad de forma innata, como ocurre con un niño pequeño, sino que debemos adquirirla con la gracia de Dios. Esto sucede cuando recorremos el camino espiritual siguiendo a Cristo, en el que aprendemos a recibirlo todo del Señor y a atribuírselo a Él, considerándolo un regalo de su bondad. Esta actitud puede ayudarnos a superar la vanidad y el falso orgullo con la ayuda del Señor, trabajando en todos aquellos hábitos que obstaculizan la acción sencilla del Espíritu Santo.

El segundo aspecto que Jesús nos enseña en relación con los niños es el siguiente: «El que reciba a un niño como éste en mi nombre, a mí me recibe».

En este punto, resulta fácil establecer una conexión con el santo de hoy. El destino de los niños y jóvenes pobres de Reims (Francia) conmovía profundamente al joven clérigo Jean-Baptiste, procedente de una familia noble. Por ello, tras su ordenación sacerdotal, asumió la dirección de las «Hermanas del Niño Jesús», que se dedicaban a la educación de niñas pobres, creando escuelas gratuitas y formando maestras. Poco después, él mismo fundó una escuela gratuita para niños pobres en Reims. A diferencia de lo que era habitual en la época, la enseñanza allí se impartía en francés y no en latín.

El método educativo del santo se centraba en la formación integral de la personalidad, con el objetivo de formar a los jóvenes no solo en lo intelectual, sino también en lo moral y espiritual. En su dedicación a los jóvenes pobres, a menudo marginados por la sociedad, se reflejaba un verdadero amor y una profunda comprensión del sufrimiento humano. Por ello, su enseñanza no se limitaba a la transmisión de conocimientos, sino que trataba a cada uno de sus alumnos con la misma misericordia que Cristo había mostrado a los hombres. Para ello, era preciso reconocer la dignidad y el valor de cada persona en particular.

San Juan Bautista de La Salle dedicó toda su vida a esta obra. A su alrededor se formó un instituto religioso conocido como los «Hermanos de las Escuelas Cristianas». El santo se había dejado conmover por la necesidad de los niños y los pobres, y puso en práctica la palabra del Señor acogiendo a los más pequeños en su Nombre. Las siguientes palabras que san Juan Bautista dirigió a sus maestros nos permitirán comprender el espíritu con el que quería educar a las personas confiadas a su cuidado:

«Considerad en vuestro corazón, queridos hermanos, lo que dice el apóstol Pablo: Dios ha instituido en su Iglesia apóstoles, profetas y maestros (1Cor 12,28), y estad convencidos de que Dios también os ha instituido a vosotros en vuestro ministerio. Así os lo atestigua el mismo santo cuando explica que hay diversos ministerios y diversos dones, y que el mismo Espíritu Santo se manifiesta en cada uno de estos dones para el bien común, es decir, para el bien de la Iglesia (cf. 1Cor 12,5.11). No dudéis, pues, de la gran gracia que habéis recibido: enseñar a los niños, anunciarles la Buena Nueva y educarlos en el espíritu de la religión. Es un gran don de Dios que os haya llamado a una tarea tan santa.

Por tanto, que vuestro esmero y celo conmuevan a los alumnos. Que sientan que Dios les amonesta a través de vosotros, pues sois enviados de Cristo.

Además, debéis mostrar a la Iglesia cuánto la amáis y debéis darle pruebas de vuestra diligencia. Porque trabajáis a través de la Iglesia, el Cuerpo Místico de Cristo. Mediante vuestro celo en el trabajo, demostrad que amáis a las personas que Dios os ha confiado, tal como Cristo amó a la Iglesia».

¡Dichosos aquellos que tienen tales educadores!

NOTA: A partir de mañana, las meditaciones nos prepararán para el gran acontecimiento de Pentecostés y nos familiarizarán más profundamente con el Espíritu Santo. También podréis seguirlas a través de vídeos que grabamos hace varios años y que os iremos compartiendo día a día.

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