La resurrección de la carne (III)

En las dos últimas meditaciones ya abordamos el tema de la resurrección corporal y pudimos constatar cuán maravilloso es el futuro que Dios ha previsto para nosotros. Los cuerpos resucitados ya no estarán sujetos a la corrupción. Tanto el alma como el cuerpo de los fieles, una vez que el Señor los haya vuelto a unir al final de los tiempos, podrán gozar para siempre de la visión beatífica de Dios.

Nuestro cuerpo resucitado poseerá cuatro gloriosas cualidades, tal y como nos enseña el Catecismo Romano de san Pío V:

«Los cuerpos resucitados de los santos tendrán ciertas propiedades maravillosas, que los harán inmensamente más nobles y espléndidos que fueron antes de la resurrección. Los Padres, apoyándose en la doctrina de San Pablo, señalaron cuatro, llamadas dotes:

  1. Impasibilidad: Es una cualidad por la que los cuerpos resucitados no podrán sufrir en modo alguno y se verán libres de todo dolor y molestia. Ni el frío, ni el calor, ni las lluvias podrán dañarlos. Pues así será en la resurrección de los muertos: se siembra en corrupción y resucita en incorrupción (1Cor 15,42).

Los escolásticos llamaron a esta dote impasibilidad, y no incorrupción, para significar una cualidad exclusiva de los cuerpos gloriosos. Los de los condenados son también incorruptibles, mas no impasibles, y estarán sujetos a los rigores del frío, del calor y de cualquier otra molestia.

2. Claridad: En virtud de esta dote, los cuerpos de los santos resplandecerán como el sol. Entonces los justos —dice Jesucristo en San Mateo— brillarán como el sol en el reino de mi Padre (Mt 13,43). Y, para que nadie dudase de su palabra, lo confirmó con el ejemplo de su transfiguración.

San Pablo llama a esta dote unas veces gloria, y otras, claridad. Reformará el cuerpo de nuestra vileza conforme a su cuerpo glorioso, en virtud del poder que tiene para someter a sí todas las cosas (Fil 3,21). Y en otro lugar: “Se siembra en ignominia y se levanta en gloria. Se siembra en flaqueza y se levanta en poder” (1Cor 15,43).

El pueblo de Israel vio en el desierto una pálida imagen de esta gloria, cuando Moisés, después de haber hablado con Dios en el Sinaí, apareció tan resplandeciente en su rostro, que los hebreos no podían sostener la mirada (2Cor 3,7; Ex 34,29).

Consiste esta claridad en un resplandor que de la suma felicidad del alma redundará en el cuerpo; una especie de comunicación de esa misma felicidad que goza el alma, del mismo modo que el alma será bienaventurada por una comunicación de la felicidad de Dios.

Pero no todos los santos poseerán en igual medida esta propiedad: todos serán igualmente impasibles, pero no igualmente esplendorosos. Uno es el resplandor del sol -dice San Pablo-, otro el de la luna y otro el de las estrellas; y una estrella se diferencia de la otra en el resplandor. Así mismo será en la resurrección de los muertos (1Cor 15,41-42).

3. Agilidad: Es una dote por la que el cuerpo quedará libre del peso que ahora le oprime y podrá moverse con suma rapidez y facilidad extraordinaria hacia donde el alma quisiere. Exponen ampliamente esta propiedad del cuerpo resucitado San Agustín en La ciudad de Dios y San Jerónimo en su Comentario a Isaías. A ella alude también el Apóstol: “Se siembra en ignominia y se levanta en gloria. Se siembra en flaqueza y se levanta en poder” (1Cor 15,43).

4. Sutileza: En virtud de esta propiedad, el cuerpo estará sometido en todo al imperio del alma y le servirá y obedecerá perfectamente. San Pablo la expresaba con aquellas palabras: “Se siembra cuerpo animal y se levanta un cuerpo espiritual” (1Cor 15,44).»

Vemos, pues, con qué incomparable bondad el Señor lo ha preparado todo para nuestra vida eterna en su gloria, y no debemos tener reparos en dar testimonio del futuro que nos espera. Esta enseñanza puede ser un gran consuelo, especialmente para aquellos que padecen diversos sufrimientos. Por ejemplo, ¡qué reconfortante debe resultar para un creyente saber que, si su cuerpo ha sido desfigurado por una enfermedad, lo recuperará totalmente restablecido y con las maravillosas cualidades de las que hemos hablado!

Pero no es solo eso. El conocimiento de la doctrina de nuestra Iglesia glorifica a Dios, pues ¿quién, sino solo Él, podría ser el autor de todas estas maravillas? Alabarle y darle las gracias es la respuesta debida de nuestra parte.

A partir de mañana, meditaremos sobre la gloria de la resurrección espiritual.

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Meditación sobre la lectura del día: https://es.elijamission.net/la-envidia-destructiva-3/

Meditación sobre el evangelio del día: https://es.elijamission.net/la-luz-vino-a-las-tinieblas-2/

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