“LA MIEL DE LA ETERNA DULZURA”

«Cuando derramo mi gracia sobre los hombres y la recibo de vuelta de ellos, preparo en mi corazón la miel de la eterna dulzura» (Palabras de Jesús a Santa Matilde de Hackeborn).

Un alma que ama se pregunta una y otra vez cómo podría devolverle a su Señor algo de todo lo que Él, en su prodigalidad, le concede. Sin embargo, siempre tendrá que constatar: «¿Cómo podría agradecerte lo suficiente por tanta bondad?». Siempre nos quedaremos cortos en relación con lo que Dios nos da. Y es bueno que así sea, porque Él da de manera divina y nos recuerda que Él mismo es la fuente de la que mana inagotablemente el amor.

Sin embargo, no es que no podamos ofrecer a Dios nada que le agrade y le demuestre nuestro amor. La frase de hoy, tomada del Liber specialis gratiae, que narra las gracias especiales que Dios concedió a santa Matilde, nos permite echar un vistazo profundo al corazón del Redentor. Cuando acogemos la gracia del Señor ―y con ello nos referimos a su amor― y le correspondemos, brindamos un dulce manjar al Corazón del Señor. Así pues, podemos deleitar a Dios cada día, pues su gracia siempre está ahí, esperándonos, ya desde el momento en que despertamos.

Es el espíritu de piedad —uno de los siete dones del Espíritu Santo— el que nos mueve a preguntarle a nuestro Padre qué podemos hacer para agradarle.

A través de santa Matilde, Jesús nos responde con gran ternura. Ninguna respuesta de amor que demos a nuestro Salvador cae en el olvido, sino que permanecerá impresa para siempre en su corazón divino. Ciertamente, en la eternidad veremos que nuestra respuesta de amor fue una dulce alegría para el Señor, ¡y eso nos llenará de inmenso gozo!